CRÍTICAS
NACIONAL
‘Rigoletto’, coherencia y musicalidad en el Principal
Palma
Teatre Principal
Verdi: PALMA
Damiano Salerno, Filip Filipovi, Génesis Moreno, Begoña Gómez, Niall Anderson, Toni Marso, Carlos Daza, Albert Casals, Irene Mas, Ainhoa Zubillaga, Vega Escribano, Cristòfol Romaguer, Alejandro Bals. Orquestra Simfònica de les Illes Balears. Cor del Teatre Principal. Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección de escena: Elena Barbalich. 17 de junio de 2026.
Una temporada lírica histórica en el Teatre Principal por su ampliación del repertorio y por el éxito obtenido (ver El holandés errante y La voix humaine) no podía terminar sin un colofón de rango aristocrático. Y así, este Rigoletto que ha compartido producción con los teatros de Pavia, Como, Brescia, Cremona, Bérgamo y Toulon alzó su telón en Palma, con un lleno absoluto. La puesta en escena puso de relieve, sobre todo, una coherencia exquisita entre todos sus elementos. Por una parte, los tres intérpretes principales demostraron la capacidad de interpretar un libreto desde una perspectiva artística conjunta, con un sentido del ensamblaje estilístico que otorgó un equilibrio acústico muy bien logrado. Buena parte de este trabajo se debió a la dirección musical de Óliver Díaz: fluida, flexible y muy empastada tímbricamente, con un concepto de la dinámica que favoreció una equilibrada proyección sonora conjunta de voces, coro y orquesta.
Filip Filipovic se hizo con un Duca de proyección potente y nítida que acometió con seguridad los retos de un papel comprometido. Génesis Moreno demostró conocer muy bien a una Gilda que dibujó con personalidad propia, aportando una protagonista que evoluciona desde la dulzura filial a la resolución de una mujer que encara su destino; y cabe destacar de ella su limpieza en los cambios de registro y un control vocal espléndido. Damiano Salerno cantó un Rigoletto con plenitud vocal y un rico balance en las dinámicas, pero mesurado en su conjunto y con una cierta nobleza dramática que pareció redimir, en parte, al bufón sardónico y de crueldad refinada que define la personalidad de Rigoletto.
Los demás intérpretes exhibieron, también, una excelente cohesión en su aproximación vocal, un factor que ayudó a mantener los puntos de tensión dramática de manera brillante. Begoña Gómez encarnó a una Maddalena apasionada y de corte casi contemporáneo, de límpida interpretación; Niall Anderson como Sparafucile y Toni Marsol como Monterone acometieron sus roles con solvencia, demostrando un sólido bagaje vocal que les permite dominar ampliamente este repertorio. Carlos Daza, Albert Casals, Irene Mas, Ainhoa Zubillaga, Vega Escribano, Cristòfol Romaguera y Alejandro Bals tuvieron a su cargo los roles más breves, pero igualmente competentes en una función que no mostró fisuras en la concepción artística global.
Ciertamente, algunos de los puntos fuertes de esta producción de Elena Barbalich, y en relación, precisamente, a esta concepción global, fueron su escenografía sofisticada y su extraordinario vestuario. Vitrinas gigantes de cristal presidían el escenario, conteniendo los cuerpos desnudos de mujeres, que podían ser contempladas como árboles o plantas exóticas; metáforas de las mujeres/objeto seducidas por la inmoralidad del Duca, como la de tantos poderosos que a lo largo de la historia han usado su posición como plataforma para el abuso y la humillación. Estas vitrinas permitían una transformación rápida de la escenografía, que cambiaba y se ampliaba visualmente de manera efectiva. Mención aparte merece el vestuario, que podría ser definido como una hibridación entre los trajes pintados por El Greco, los inspirados por el mundo galáctico de ficción y un cierto toque punk, de concepción absolutamente genial. Quizás solamente cabía apostar por un punto más en dramatismo y expresividad en cuanto a la dirección de actores, ciertamente un reto en una ópera muy amada por el público desde su estreno en 1851. * Bàrbara DURAN BORDOY, corresponsal en Palma de ÓPERA ACTUAL
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