Reimann, Shakespeare, Bieito y la premonición de la decadencia

Madrid

30 / 01 / 2024 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 4 min

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lear real Erika Sunnegårdh (Regan) y Bo Skovhus (El rey Lear) © Teatro Real / Javier DEL REAL
lear real Andrew Watts (Edgar) y Bo Skovhus (El rey Lear) © Teatro Real / Javier DEL REAL
lear real La producción de 'Lear' de Calixto Bieito © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Reimann: LEAR

Estreno en España

Bo Skovhus, Torben Jürgens. Derek Welton, Michael Colvin, Kor-Jan Dusseljee, Lauri Vasar, Andrew Watts, Andreas Conrad, Ángeles Blancas, Erika Sunnegårdh, Susanne Elmark y Ernst Alisch. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Asher Fisch. Dirección de escena: Calixto Bieito. 26 de enero de 2024.

Entre las deudas históricas que mantiene España con la cultura en general y con la ópera en particular estaba este Lear (ver previa en este enlace) de Reimann que París vio en el 82 y Londres en el 89. El Teatro Real lo quiso traer en 2020 y la prórroga forzosa que supuso la pandemia ha finalizado esta temporada. Ya visto en Madrid (o experimentado, si se prefiere), el hito que marcó en el 78 el trabajo de Reimann, Fischer-Dieskau y Ponnelle no solo no ha perdido vigencia, sino que ha ganado estatura y sentido de la premonición. Un poco como cualquier texto de Shakespeare, que hasta hace poco luchaba contra el estereotipo que desató aquella boutade cinéfila llamada Shakespeare in Love y que supuso la infantilización para un par de generaciones de uno de los autores con mayor hondura y tristeza enmascarada de la historia de la literatura.

En su traslado a la escena The Tragedy of King Lear trasciende las etiquetas estéticas y va más allá del expresionismo alemán, la pasión por el cluster y o el manierismo teatral. La avaricia y la miseria humanas que el dramaturgo inmortalizó se rodean de una música fantasmal, precisa, sórdida, difícil hasta el extremo: cuartos de tono, divisi a 24 partes, platos frotados por arcos, más de una treintena de instrumentos de percusión… Una selva. En lo vocal, Reimann parece conseguir lo imposible, resolver aquella ecuación de décimo grado en la cual la incógnita era qué hacer con la voz cuando la tonalidad, la melodía y el lucimiento de sobreagudos no monopolizan el discurso. Lear, Edgar o Cordelia responden, tienen momentos de hondo lirismo —sin ser obvios— contrapuestos a un paisaje sonoro aterrador.

"Un fantástico Bo Skovhus que sumaba exigencias actorales a las ya de por sí complejas de la partitura, con líneas de canto saturadas y no pocos matices en su camino a la locura"

La visión escénica de Calixto Bieito estrenada en 2015 se basaba en la construcción de espacios mediante lamas de madera negras, perfectamente alineadas cuando la acción transcurre en interiores, y balanceadas hacia la irregularidad (algunas hacia el público, otras hacia el fondo del escenario) cuando la acción transcurre en acantilados o páramos bajo la tormenta. Las transiciones hasta este mundo erizado se hacen lentamente, como una sociedad que se derrumba, lo que consigue que los escasos movimientos escénicos sean la encarnación del desasosiego, entre otros motivos por la magnífica iluminación de Franck Evin. La propuesta traslada los abismos intramuros con precisión de cirujano, donde la palabra original del poeta tiene su reflejo directo en el escenario (si dice desnudez, aparece desnudez) y con referentes visuales múltiples, desde los pliegues pictóricos de Mantegna a Buñuel y El perro andaluz.

El reparto estuvo encabezado por el mejor Lear posible, un fantástico Bo Skovhus que sumaba exigencias actorales a las ya de por sí complejas de la partitura, con líneas de canto saturadas y no pocos matices en su camino a la locura. El Edgar de Andrew Watts, mezclando registro natural con falsete, supo llevar al escenario la esquizofrenia del personaje, que lucha entre la cordura de Edgar (canta tenor) y la locura lúcida del Pobre Tom (canta contratenor). Magníficas las prestaciones de la española Ángeles Blancas, dando estilo concreto a lo escrito en su papel, una crueldad sutil que no explicita la violencia, sino que la provoca a su alrededor. El resto del reparto sin altibajos, contagiado de la catarsis sobre las tablas del escenario.

Pero Lear está en la orquesta. Aunque no se cantara una sola palabra la violencia de su música, la poética en los timbres, el peso de la manta sonora que de Reimann nos arroja sobre la cabeza es abrumador. La Orquesta Titular del Teatro Real sirvió de vehículo de todos es vértigo y se lució como pocas ocasiones, porque la dificultad era máxima, porque la batuta de Asher Fisch era necesaria en demasiados frentes simultáneos y porque el balance nunca se descuidó en una partitura de detalle. Gran éxito del Real, merecido por ser una partitura inolvidable, arriesgado por alejarse tanto del canon y necesario por recordarnos que la ópera es capaz de hablar, preguntar o descubrir lugares donde pocos se atreven a mirar.  * Mario MUÑOZ, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL