Rachvelishvili maravilló al público abaísta

Bilbao

01 / 03 / 2021 - José Miguel BALZOLA - Tiempo de lectura: 3 min

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Anita Anita Rachvelishvili, en un momento del recital, junto al piano de Vicenzo Scalera © ABAO Bilbao Opera

ABAO Bilbao Opera

Recital de ANITA RACHVELISHVILI

ABAO On Stage

Obras de Chaikovsky, Rajmaninov, Falla, Tosti, Verdi y Saint-Saëns. Vincenzo Scalera, piano. Palacio Euskalduna, 26 de febrero de 2021.

Lo que más impresión causa de la formidable mezzosoprano georgiana Anita Rachvelishvili es sin duda el tremendo poderío de su voz; llena de resonancias y de brillantez de colores en su medio agudo, fina y limpia –aunque potente–, en los más agudos y sorprendentemente profunda, extraordinariamente carnosa, dura y con un timbre casi seco en los graves. Puede ser que tuviera  dificultades para recoger su enorme voz en las canciones de Chaikovsky con las que dio comienzo su recital; si bien estas piezas poseen mucho dramatismo y piden entrega, bien podría haberlas matizado un tanto, rebajado el volumen y cuidando más la expresión musical para hacer más íntimas algunas de ellas; claramente, por ejemplo, la bellísima melodía «El sueño» en la que el poeta pide a su ser amado que vuelva, aunque sea solo en su sueño.

Las canciones de Rajmaninov, más contundentes y poderosas, se ofrecieron espléndidamente bien. Rachvelishvili estaba en su medio. No así en las de Manuel de Falla. Sin duda cada artista traslada su propia visión de la intención del compositor en cada pieza, pero parece como si Anita Rachvelishvili haya interiorizado a Falla de una manera sin duda sorprendente. Si bien Falla dota sus Siete de un aparato pianístico de expresiva belleza armónica que da singular envoltorio a la voz de tal forma que cada canción puede considerarse un Lied (y el ciclo pueda lucir al lado de los de Schubert o Fauré, por ejemplo), no dejan de ser aires populares que requieren sencillez mezclada con salero, con intención, con gracia. Y fue eso lo que aquí faltó; sobró algo de voz en una interpretación potente, desgajada de su real color y sentido.

"Sin duda cada artista trasladará su propia visión o interpretación de lo que cree la esencia de la intención del compositor, pero parece como si Anita Rachvelishvili haya interiorizado a Falla de una manera que sorprendió"

Antes de entrar en arias de ópera, Rachvelishvili ofreció dos bellas canciones de Tosti, «Non t’amo piú» y «Tristezza», que cantó cómoda, segura, preciosamente y de manera muy expresiva, quizá con una vocalización poco cuidada, pero aun así, como ya antes había sucedido en Rajmaninov, espléndidamente.

Y llegó la ópera. Con esa voz, muy bella en general, llena de poderío y con una línea de canto sin tacha, esculpió en acero el aria «Stride la vampa» de la Azucena de Il Trovatore, de forma electrizante; y no fue menos con «Nel giardin del bello, saracin ostello» del Don Carlo. El público aplaudió con el desenfrenado entusiasmo que realmente merecían sendas interpretaciones. Y tras un breve interludio pianístico, Rachvelishvili  atacó «Mon coeur s’ouvre a ta voix» de Samson et Dalila de Saint-Säens, si cabe con más contundencia, más expresiva aún, soltando una voz realmente cautivadora. Lo mejor del recital, premiado con bravos y aplausos atronadores.

Fue generosa con el público: regaló tres bises entre los que evidentemente no podía faltar la Habanera de Carmen con la que demostró que el éxito estruendoso que aquí logró no es más que el reflejo del que está teniendo, merecidamente, en tantos teatros del mundo.