Puccini en cuerpo pero sin alma

A Coruña

02 / 12 / 2024 - José Luis JIMÉNEZ - Tiempo de lectura: 3 min

puccini coruña Ewa Plonka protagonizó la gala de clausura de los Amigos de la Ópera de A Coruña © AAOC / Alfonso REGO

Amigos de la Ópera de A Coruña

Concierto de EWA PLONKA

Gala de clausura

Obras de Puccini y Curtis. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dirección: Fernando Briones. Teatro Colón, 29 de noviembre de 2024.

En el día en que se conmemoraba el centenario del fallecimiento de Giacomo Puccini, Amigos de la Ópera de A Coruña celebró la gala de clausura de su temporada lírica con un programa íntegramente dedicado al maestro de Lucca. Su grandeza, la que ha llevado a que su obra —cuestionada por la crítica de su época por los más diversos y aberrantes motivos— se encuentre en la actualidad entre las más representadas por todo el mundo, radica en esa confluencia de la belleza del canto lírico italiano tradicional con una expresividad dotada de mayor dramatismo. Por eso sus personajes son inolvidables, porque son capaces de emocionar, de conmover. Lamentablemente, Ewa Plonka no lo consiguió.

La soprano polaca posee un instrumento plenamente lírico, un timbre luminoso y brillante, una emisión bien apoyada y una facilidad innegable para el canto spianato. Sus medias voces y sus piani están articulados con precisión y es capaz de recoger la voz y modular la emisión para lograr momentos de gran belleza. Y así se exhibió en «O mio babbino caro» o «Senza mamma», arias en las cuales sus características se adecuaron con precisión a lo que demandaban las páginas. Fueron los pasajes más lucidos de la velada, con sus largas frases en las que lucir el seductor color de su voz, que, por otro lado, tampoco es excesivamente caudalosa (o esa impresión dio, viéndose superada por la orquesta en no pocos momentos). También encontró el punto en el vals de Musetta, de nuevo muy acorde a su línea de canto.

Pero Puccini no es solo estética, está lejos de esa superficialidad que le reprochaban los críticos de su tiempo. Hay hondura dramática, y a ella no se asomó Plonka. No se sintió el desgarro y la desesperación de Manon Lescaut en su «Sola, perduta, abbandonata», ni la frustración de Tosca en su preghiera «Vissi d’arte», donde coronó de manera muy discreta el Si natural del aria, cuando una soprano consolidada en el repertorio pucciniano —como es su caso— debería lucirse y enardecer al auditorio. Le ocurrió lo mismo con el «morir» de «Un bel dì vedremo». Faltó metal, un agudo en punta que recorriera la sala como un escalofrío. Absoluta corrección formal, pero sus personajes residen en el lado luminoso de la vida, ajenos al sufrimiento pucciniano. La sensación generalizada fue la ausencia de carácter, de falta de alma, como quien canta con el piloto automático, sin arriesgar. Baste añadir que el bis fue «Non ti scordar di me», y puestos a ver volar golondrinas, en su lugar habría redondeado la velada el aria de Magda, de La Rondine pucciniana. Pero no. Son esos pequeños detalles los que acaban siendo diferenciales.

"La sensación generalizada fue la ausencia de carácter, de falta de alma, como quien canta con el piloto automático, sin arriesgar"

Tampoco encontró ayuda en la batuta de Fernando Briones, incorporado en el último minuto después de que la soprano protestara al director inicialmente previsto, Gianluca Martinenghi, por discrepancias artísticas durante los ensayos. La Asociación se plegó a la intérprete y optó por una apuesta local de muy corta experiencia, pero a la que sería injusto evaluar dado el escaso margen de que dispuso para hacer suya a la orquesta, o si acaso podía caer en esa tentación tras ver cómo se las gasta la diva. A la Sinfónica de Galicia no hay que pedirle demasiado para que sepa extraer los colores y las atmósferas de las partituras puccinianas, un repertorio en el que despliega sus mejores virtudes, con la sección de viento madera acreditando su reputación. Es un gusto disfrutarla. A Briones, sin embargo, sí hay que apuntarle la falta de nervio en su batuta, ausencia de alma, de intensidad. Seguramente necesitaba más tiempo para imprimir —de tenerlo— un sello propio.

Y con esto remata una temporada lírica coruñesa que no acaba de remontar el vuelo y recuperar el prestigio nacional de la anterior dirección artística. Ni por el atractivo de sus títulos, ni por lo audaz de sus repartos, ni por lo sobresaliente de sus resultados. La mera corrección se ha instalado como denominador habitual, quedando por el camino los grandes nombres, las apuestas arriesgadas —aunque aquí las ha habido para mal, con controvertidos títulos contemporáneos que difícilmente pueden ser considerados como óperas— y la relevancia más allá del ámbito local. Una suerte de conformismo autocomplaciente en una Asociación que ya no se exige, que solo ve pasar el tiempo, presa de sus complejos. Sin ambición, solo queda la nostalgia. Oh, rimembranza…  * José Luis JIMÉNEZ, corresponsal en A Coruña de ÓPERA ACTUAL

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