Pesaro: Fantasmas menores

19 / 08 / 2019 - Mauro MARIANI - Tiempo de lectura: 2 min.

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Jessica Pratt en 'Demetrio e Polibio' en el Rossini en el Festival de Pesaro © Rossini Opera Festival / Amati BACCIARDI
Jessica Pratt y Cecilia Molinari en en 'Demetrio e Polibio' en el Rossini en el Festival de Pesaro © Rossini Opera Festival / Amati BACCIARDI
Jessica Pratt y Cecilia Molinari en en 'Demetrio e Polibio' en el Rossini en el Festival de Pesaro © Rossini Opera Festival / Amati BACCIARDI

Rossini Opera Festival

Rossini: DEMETRIO E POLIBIO

Jessica Pratt, Cecilia Molinari, Juan Francisco Gatell, Riccardo Fassi. Dirección: Paolo Arrivabeni. Dirección escénica: Davide Livermore. Teatro Rossini 12 agosto 2019

El Festival Rossini de Pesaro ha repuesto la producción de Demetrio e Polibio de 2010 dirigida escénicamente por Davide Livermore. Aunque solo se representó en 1812, esta ópera fue compuesta por Rossini en 1810 cuando tenía solo 18 años por lo que no es solo su primera ópera seria, es también la primera que escribió. De hecho, se reconoce en ella las características típicas de una obra de juventud: por un lado, la fuerte influencia de compositores anteriores, especialmente Paisiello y Cimarosa, y por el otro, las características aún tímidas que imprimirían sus futuras obras maestras. Pero el festival debe contribuir a ampliar el conocimiento de la obra de Rossini y, por lo tanto, es bueno representar también óperas menores como esta.

Sin embargo, el límite real de Demetrio e Polibio no es la música de Rossini, sino el absurdo y poco interesante libreto de Vincenzina Viganò-Mombelli. Los personajes apenas tienen sustancia, son casi evanescentes lo que originó que a Davide Livermore se le ocurriera convertirlos en fantasmas que de noche deambulan por un viejo teatro. Los cantantes se mueven en la penumbra como sombras, a veces aparecen simultáneamente en un lado del escenario y en el opuesto reflejados en un espejo o doblados por mimos. A menudo llevan en la mano una llama temblorosa, siempre a punto a apagarse, que puede interpretarse como el símbolo de la fragilidad de los sentimientos humanos: quizás esta sea precisamente la «moraleja» que se puede extraer de esta obra.

Para los cuatro intérpretes, Rossini ha escrito partes de dificultad comparables a las de sus óperas posteriores. Lisinga, la verdadera protagonista, fue Jessica Pratt, quien dio una prueba más de su extraordinario virtuosismo, pero probablemente no estaba en la mejor forma, su registro de centro era un poco débil y los agudos un poco tensos, pequeños detalles que, sin embargo, no afectaron demasiado su interpretación. Después de cantar en el festival papeles menores, la joven Cecilia Molinari interpretó un rol principal en esta ópera demostrando, tras un inicio ligeramente descentrada, que está capacitada para afrontar un papel importante. Más acostumbrado a las óperas cómicas de Rossini, Juan Francisco Gatell también posee el estilo noble y el acento dramático necesario para las óperas serias. El joven bajo Riccardo Fassi fue una agradable sorpresa.

La dirección de Paolo Arrivabeni pareció bastante gris, pero la culpa también fue de la modesta Filarmonica «Gioachino Rossini». – ÓA