Peralada: Una ‘Traviata’ joven y actual

06 / 08 / 2019 - Fernando SANS RIVIÈRE - Tiempo de lectura: 3 min

Print Friendly, PDF & Email
Escena final de ‘La Traviata’ en el Festival de Peralada © Festival de Peralada / Toti FERRER
‘La Traviata’ en el Festival de Peralada © Festival de Peralada / Toti FERRER

Festival Castell de Peralada

Verdi LA TRAVIATA

Nueva producción

Ekaterina Bakanova, René Barbera, Quinn Kelsey, Laura Vila, Marta Ubieta, Vicenç Esteve Madrid, Carles Daza, Guillem Batllori, Stefano Palatchi. Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Coro Intermezzo (Dir.: José Luis Basso). Dirección: Riccardo Frizza. Dirección de escena: Paco Azorín.

La nueva coproducción del Festival de Peralada con la Ópera de Oviedo, con dirección de escena de Paco Azorín y musical de Riccardo Frizza, modernizó la obra con un gran sentido del espectáculo pero sin salirse del libreto original, contando, además, con un destacado reparto joven. La propuesta juega con un gran suelo de parquet y varias mesas de billar en la casa de Violetta Valéry que en otras escenas se mantienen verticalmente como pared de fondo y por la que se mueven acróbatas suspendidos por cuerdas que recuerdan el pasado de la protagonista. Un vestuario, actual, en negro y rojo, del conocido modisto español Ulises Mérida, actualizaba la propuesta que contaba con una niña junto a Violetta que primero evocaba la juventud de la protagonista y en los últimos actos podría figurar como hija de los protagonistas.

Paco Azorín obligó a los cantantes y a los miembros del Coro Intermezzo -en gran forma musical y dramática- a trabajar muy intensamente la parte actoral, pero muy especialmente a Ekaterina Bakanova, quien realizó una labor excepcional como la joven descarriada, la mujer enamorada y la desesperada, al ver que no podrá vivir junto a su amado Alfredo según los designios de Germont père. La soprano, de registro lírico-ligero, con un espectro agudo de gran eficacia tanto en la afinación como en las agilidades y en los ataques en las notas sobreagudas, se reveló como una gran artista resultando ser la más aplaudida de una velada con un público poco entusiasta debido a un reparto joven y desconocido. El tenor estadounidense René Barbera, ganador del Concurso Operalia en Moscú, aportó una voz luminosa y homogénea, de agudos excelentes, pero a quien le faltó algo de emotividad y una mayor elegancia y eficacia a nivel actoral para obtener el triunfo que merecía y que los espectadores no acabaron de valorar ofreciéndole unos aplausos más bien corteses.

El Giorgio Germont del barítono Quinn Kelsey decepcionó por lo rudo de su caracterización y por un instrumento tosco y estentóreo, más cercano a Scarpia que al padre de la obra verdiana, aunque la propuesta de Azorín lo convertía en todo un villano. A pesar de ello gustó al público, que lo aplaudió generosamente.

Del resto del reparto hay que destacar su origen del país, con especial mención para el canto siempre elegante del barítono Carlos Daza como el barón Douphol, el doctor del experimentado Stefano Palatchi, la cuidada Annina de Marta Ubieta y el Gastone y el marqués de Obigny de Vicenç Esteve Madrid y Guillem Batllori.

Riccardo Frizza dirigió la partitura en su integridad y siguiendo siempre a los cantantes, sacando partido de la capacidad del coro y de una concentrada Simfònica del Gran Teatre del Liceu.

Esta Traviata terminó siendo muy moderna en cuanto al aspecto visual, con ese variado vestuario, las proyecciones, el trabajo en vertical de los acróbatas y la dirección de escena en general, pero en esencia seguía con fidelidad el libreto de Piave. Una propuesta musicalmente muy conseguida pero con una acogida algo distante por parte del público que abarrotaba el auditorio, ya que lo que se vio en el escenario buscaba más dar movimiento y modernidad a la historia que destacar las relaciones entre los personajes, aspecto que gustó sin entusiasmar.