CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Memorable estreno de 'Parsifal' en el campo inglés
Glyndebourne
Glybdebourne Festival
Wagner: PARSIFAL
Nueva producción
John Tomlinson, John Reylea, Audun Iversen, Daniel Johansson, Kristina Stanek, Ryan Speedo Green y otros. Orquesta Filarmónica de Londres. Dirección musical: Robin Ticciati, Dirección de escena: Jetske Mijnssen, 17 de mayo de 2025.
En la 91ª edición del Festival de Glyndebourne se estrenó por fin la obra de despedida de Richard Wagner, Parsifal. Este montaje marcó el primer encuentro de la directora holandesa Jetske Mijnssen con Wagner, así como su debut en Glyndebourne. El estreno fue, por tanto, un acontecimiento para el festival en muchos sentidos y no solo cumplió con todas las expectativas, sino que, en ciertos momentos, las superó con creces. Desde la apertura del telón, quedó claro que se trata de un drama familiar: la escena inicial sitúa la acción en una estancia que recuerda al Gran Salón de la Villa Wahnfried de Bayreuth —una escenografía de Ben Baur iluminada por Fabrice Kebour. Allí aparece Kundry caracterizada como Cosima Wagner: está presente ya en el primer acto y reaparece en el segundo, al igual que las muchachas-flor, todas vestidas y peinadas como Cosima (vestuario de Gideon Davey). Mijnssen sitúa Parsifal en el año de su estreno, 1882, y reduce la trama a la dinámica de una familia disfuncional. Es evidente la inspiración de la directora en autores como Chéjov e Ibsen para su enfoque escénico.
Esta apuesta audaz da frutos. Se presenta una familia profundamente rota en torno a Amfortas, que implora sin éxito la curación a través de la revelación del Grial, cuyo poder mantiene con vida a la comunidad. Gurnemanz, que aparece como un sacerdote sentado a la mesa familiar, concluye la escena con lágrimas amargas, símbolo de la trágica decadencia del entorno. El trato que recibe Parsifal también refleja esta fractura: invitado a la mesa, es brutalmente golpeado por los caballeros como castigo por negarse a alimentar al Grial. Parsifal encarna el arquetipo del forastero que irrumpe en ese biotopo cerrado, y que tal vez sea el único capaz de liberar a los atrapados de su sufrimiento y dependencia mutua.
Mijnssen plantea también una rivalidad entre Amfortas y Klingsor, comparable a la de Wotan y Alberich en El anillo del nibelungo, como una lucha entre luz y sombra. Pero esta oposición también abre la puerta a la reconciliación. Es Parsifal quien lo hace posible: en el segundo acto, gracias a una aparición conmovedora de los recuerdos de su madre Herzeleide y de Kundry, que alcanza la comprensión a través de la compasión. Su evolución personal lo lleva a perdonar a Klingsor —un ángel caído— y a llevarlo a Monsalvat para alcanzar la redención. La escena final despliega un efecto de profunda intensidad trágico-humana, realzada por la sublime música de Richard Wagner.
Un elenco excepcional logró una perfecta sintonía con la propuesta escénica, en una producción que, por momentos, resultó conmovedora hasta lo más hondo. John Tomlinson aportó una presencia imponente en el poco habitual y activo papel de Titurel en el primer acto. John Relyea fue un Gurnemanz magnífico, dotado de una gran empatía, claridad de dicción y un fraseo impecable con su sonoro timbre de bajo. Audun Iversen brilló como un Amfortas desgarradoramente humano, tanto por su actuación como por su adecuada voz de bajo-barítono, siempre teñida de sufrimiento. Kristina Stanek ofreció una interpretación muy versátil de Kundry con una voz poderosa, luminosa y de buenos agudos, a lo que sumó una entrega total. Daniel Johansson fue un Parsifal muy convincente en lo actoral; sin embargo, su voz de tenor careció por momentos de la calidez y plenitud deseadas en este papel fundamental del repertorio. Ryan Speedo Green compuso un Klingsor de gran impacto y las muchachas-flor destacaron tanto por su canto como por su actuación. El Coro de Glyndebourne, bajo la dirección de Aidan Oliver, cantó con fuerza tanto en escena como desde fuera de ella, según lo exigía el particular concepto escénico.
Robin Ticciati, director musical del Festival, escogió tiempos moderadamente amplios ante la London Philharmonic Orchestra, y no rehuyó cierto patetismo que, en este contexto teatral y musical, resultó plenamente justificado y efectivo. La orquesta ofreció una interpretación de altísima calidad: incluso en Bayreuth Wagner no suena mucho mejor. Un exitoso y memorable estreno. * Klaus BILLAND, colaborador de ÓPERA ACTUAL
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