‘Parsifal’ a cámara lenta para celebrar el Domingo de Resurrección

Múnich

02 / 04 / 2024 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 3 min

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wagner munich La producción de 'Parsifal' de Pierre Audi © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL
wagner munich La producción de 'Parsifal' de Pierre Audi © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL
wagner munich La producción de 'Parsifal' de Pierre Audi © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL

Bayerische Staatsoper

Wagner: PARSIFAL

Christian Gerhaher, Bálint Szabó, Georg Zeppenfeld, Clay Hilley, Jochen Schmeckenbecher, Irene Roberts. Dirección musical: Constantin Trinks. Dirección de escena: Pierre Audi. 31 de marzo de 2024.

Tiempo de Pascua significa, para la escena operística de habla alemana, tiempo de Parsifal. Este año la Bayerische Staatsoper no ha querido ser menos y ha resucitado, el Domingo de Pascua, la producción firmada por Pierre Audi junto con el pintor alemán Georg Baselitz, estrenada en 2018 con un aclamado Jonas Kaufmann en el rol principal, y bajo la batuta de Kirill Petrenko, por aquel entonces todavía director titular del teatro. El encargado de oficiar fue en esta ocasión el joven Constantin Trinks, que sorprendió con una interpretación de ni más ni menos que de ¡seis horas y cuarto de duración! Su Parsifal dura más de lo que suele durar en Bayreuth, y eso que en la verde colina las pausas son de una hora. Aparte de escoger un tempo lento en general, en la línea de Barenboim, Trinks se regocija en las fermatas, casi como si dirigiera un oratorio con números cerrados.

La insistencia del tempo lento a lo largo de toda la ópera se cobra algunas víctimas de importancia: hasta una orquesta del nivel de la Bayerische Staatsorchester acaba teniendo problemas para generar tensiones tanto dinámicas como agógicas a esa velocidad, lo que provoca que se difumine el sentido dramatúrgico de la música, importantísimo para Wagner, lector atento de Bach. Sin embargo, la elección no es de por sí equivocada; un Parsifal a cámara lenta ofrece una interesante perspectiva sobre el texto de la obra. El espectador tiene más tiempo de digerir su extraña profundidad, fácil sobre todo cuando se cuenta con dos maestros de la dicción alemana como Georg Zeppenfeld y Christian Gerhaher.

"El encargado de oficiar fue en esta ocasión el joven Constantin Trinks, que sorprendió con una interpretación de ni más ni menos que seis horas y cuarto de duración"

Zeppenfeld conoce el papel de Gurnemanz como ningún otro cantante; ni la pesadez del tempo de Trinks, muy peligrosa para el personaje en las primeras escenas de la ópera, ni el sonido sobredimensionado de la orquesta bávara –un problema típico en la Bayerische Staatsoper– pudieron con el color de su voz, que hace entendedora cada palabra. Zeppenfeld no proyecta demasiado, pero no porque no pueda, sino porque no le interesa, y así su Gurnemanz no es el más potente, pero sí el más reflexionado y el más rico en dinámicas e inflexiones tímbricas. Memorable el «Karfreitaszauber», con el mi agudo sobre la palabra «Haupt» fundiéndose poco a poco con el clímax orquestal. Igual de convincente estuvo Gerhaher en el papel de Amfortas, como siempre dibujando su personaje desde la lírica sin olvidar la preponderancia de la interpretación; nada pegajoso estuvo por ejemplo «Ein wenig Rast», ese apunte de aria inicial que el alemán convierte en otra más de las sucesivas exclamaciones del atormentado rey. Gerhaher produce un Amfortas histérico, reminiscente, especialmente en el tercer acto, de otras figuras wagnerianas afectadas por la locura, como Sieglinde en el Anillo.

La referencia a la intertextualidad es también obligatoria a la hora de comentar el Klingsor de Jochen Schmeckenbecher: en un acertado gesto de dirección escénica, que por lo demás no se hace notar –el acento está puesto en la exposición de las inquietantes pinturas de Baselitz–, Klingsor se convierte en una evolución de Alberich. El dialecto que usa Schmeckenbecher, experto en la exploración de la estética de lo feo, apunta decididamente en esa dirección. El segundo acto fue el caramelo de la velada, con un casting excelente, como suele suceder en el coliseo bávaro. Clay Hilley trompeteó un Parsifal atrevido y versátil –en el tercer acto supo encontrar un tono más delicado para el Karfreitagszauber–, e Irene Roberts cantó una Kundry de ensueño. Su estrecho vibrato respecta la línea melódica y produce una transparencia más bien escasa en la interpretación wagneriana. Roberts no esquiva el reto del cromatismo, característico de la obra tardía de Wagner, sino que lo acepta, consiguiendo comunicar su relevancia al público.  * Lluc SOLÉS, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL