París: Ariadne en el siglo XXI

21 / 03 / 2019 - Jaume ESTAPÀ - Tiempo de lectura: 4 min

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© Théâtre des Champs-Élysées / Vincent PONTET
© Théâtre des Champs-Élysées / Vincent PONTET
© Théâtre des Champs-Élysées / Vincent PONTET
© Théâtre des Champs-Élysées / Vincent PONTET

Théâtre des Champs-Elysées

Richard Strauss: ARIADNE AUF NAXOS

Nueva producción

Camille Nylund, Roberto Saccà, Kate Lindsey, Olga Pudova, Huw Montague Rendall, Jonathan Abernethy, Emilio Pons, David Shipley, Beate Mordal, Lucie Roche, Elena Galitskaia, Jean-Sébastien Bou, Marcel Beekma, Petter Moen. Orchestre de Chambre de Paris. Dirección: Jérémie Rhorer. Dirección de escena: Katie Mitchell. 21 de marzo de 2019.

Katie Mitchell situó la acción de esta nueva producción de la ópera de Richard Strauss en la actualidad, poniendo como prueba el inevitable teléfono móvil. El salón en el que tuvieron lugar los acontecimientos –unico loco–, no era muy grande. Chloe Lamford lo dividió en tres partes: puso el tercio de la izquierda a disposición de los invitados al espectáculo y dedicó los dos de la derecha al escenario improvisado. Con gran sentido de la pedagogía, la directora de escena dio así al público del Théâtre des Champs Elysées (TCE) una visión de las bambalinas de una representación teatral: todo quedó a la vista, actores a la espera de entrar en escena, tramoya, cambios de vestuario…

Los dueños de la casa, Rainer Sievert y Anna Daria Fontane, él con barba y vestido de mujer, ella de esmoquin, participaron en la ópera mediante unos pocos diálogos añadidos. Todos los personajes del prólogo permanecieron durante la representación a la izquierda del escenario y, mudos, actuaron durante toda la “opera seria”, ya cada uno por su lado, ya interfiriendo con los arlequines o con los otros actores. Fue en aquel momento, previa la entrada de Bacchus, cuando Katie Mitchel logró un sublime momento de desconcierto, digno de Laurel y Hardy. En suma, fue una puesta en escena atrevida, con algún añadido discutible, pero de una gran verdad dramática y globalmente conforme con les exigencias del autor, aunque, ¡sorpresa!, el amor que redimió a Ariadne, el “nuevo dios” anunciado por Zerbinetta, no fue Bacchus sino el hijo de Teseo que Ariadne parió en el escenario, de espaldas al público. Al final el pobre Bacchus se tuvo que ir por el foro sin otro consuelo.

Jérémire Rhorer dirigió con arte y ciencia. Salieron del foso los bellísimos temas musicales de la obra con matices de gran calidad y en ningún momento los cantantes quedaron abandonados a su suerte o cubiertos por los decibelios instrumentales.

Mención especial merece el trío de ninfas –Beate Mordal, Lucie Roche, Elena Galitskaia– por los cálidos momentos de compasión que mostraron hacia la mujer desamparada, y el cuarteto de payasos –Huw Montague Rendall, Jonathan Abernethy, Emilio Pons, David Shipley– que con sus voces justas y de timbres masculinos hicieron reír con sus gracias. Convenció más todavía Olga Pudova –Zerbinetta– por su trabajo dramático que por su canto, puesto que alguna ayuda pidió al foso en el momento de la verdad de su actuación. Roberto Saccà se salió con bien de sus llamadas a “¡Circe!” e interpretó con Camilla Nylund –Ariadne de voz expresiva, emisión muy clara, timbre sonoro, excelente pronunciación– un dúo final de gran altura.