Ovación para la primera Turandot de Asmik Grigorian

Viena

11 / 12 / 2023 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 3 min

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turandot viena Jonas Kaufmann en su debut escénico como Calaf © Wiener Staatsoper / Monika RITTERSHAUS
turandot viena Jonas Kaufmann y Asmik Grigorian en la producción de 'Turandot' de Claus Guth © Wiener Staatsoper / Monika RITTERSHAUS
turandot viena Asmik Grigorian en su debut como Turandot en Viena © Wiener Staatsoper / Monika RITTERSHAUS

Wiener Staatsoper

Puccini: TURANDOT

Nueva producción

Asmik Grigorian, Jonas Kaufmann, Kristina Mkhitaryan, Martin Hässler, Norbert Ernst, Hiroshi Amako, Dan Paul Dumitrescu. Dirección musical: Marco Armiliato. Dirección de escena: Claus Guth. 10 de diciembre de 2023.

A medida que se acerca el centenario de la muerte de Giacomo Puccini, la presencia en las programaciones de las obras del compositor italiano, ya de por sí frecuente en lo que respecta a los títulos más habituales del repertorio, se incrementa de forma exponencial. Para su nueva producción de la última e inacabada obra del corpus pucciniano, Turandot, la Ópera Estatal de Viena ha reunido unos elementos artísticos que justifican el anuncio de entradas agotadas y la correspondiente presencia de aspirantes a espectador con el cartel de suche Karte: el debut en el rol protagonista de Asmik Gregorian, el primer Calaf escénico de Jonas Kaufmann y la primera colaboración entre dos de los artistas más aclamados del universo lírico.

En un momento pletórico de forma vocal y artística, Asmik Gregorian afronta un papel de dificultades extremas como Turandot desmintiendo con hechos lo que podía parecer sobre el papel una temeridad (lo que no obsta a que sea recomendable no frecuentar el rol). Por descontado, la soprano lituana no pretende jugar en la liga de los cañones vocales normalmente asociados a la principessa di gelo, lo que no implica que los retos no sean abordados y resueltos con una facilidad pasmosa. Más que con el volumen, Grigorian juega con una proyección penetrante, reforzada por la lámina metálica que recorre un instrumento de color personal, que le permite capear los asaltos orquestales. Si el grave y el centro tienen la adecuada consistencia, el agudo se despliega con la precisión de un láser, fácil y exultante hasta los diversos dos que aparecen en la partitura. Grigorian, por suerte, no es un mero fenómeno vocal, sino una intérprete que colorea las frases con una intensidad poco común, ofreciendo una infinitud de detalles en una Turandot que pasa de la evocación dolorosa de un trauma para nada lejano a la rabia vengativa y el veneno insidioso de los enigmas, hasta llegar a un deshielo emocional pocas veces tan creíble. Ayudaba no poco el hecho que Viena optara por el final original, más extenso, de Franco Alfano. La reacción del público ante este debut triunfal fue lógicamente entusiasta.

"Más que con el volumen, Grigorian juega con una proyección penetrante, reforzada por la lámina metálica que recorre un instrumento de color personal, que le permite capear los asaltos orquestales"

Jonas Kaufmann está en un estadio de la carrera en la que algunos parecen más obsesionados en buscar las grietas en la armadura vocal que en apreciar las virtudes del momento. Grietas, por supuesto, las hay, como algún sonido destemplado aquí y allá, y el tenor bávaro nunca ha poseído un caudal torrencial (en la culminación de “In questa reggia” fue superado por Grigorian y la orquesta). Ello no obsta a que la combinación de musicalidad exquisita y gallardía vocal (atacó, si no con la máxima brillantez, sí que con seguridad el Do opcional del segundo acto) hagan de su Calaf una interpretación más que notable, sobre todo en un efusivo “Non piangere, Liù”. Kaufmann dosificó con inteligencia sus fuerzas sabiendo que el dúo final era más arduo (es la versión de su integral discográfica con Antonio Pappano) y en el que estableció una bien graduada dialéctica con Grigorian. No hacía falta, sin embargo, que una complaciente batuta parara la orquesta tras un correcto “Nessun dorma” para forzar un aplauso previsible.

Kristina Mkhitaryan fue una Liù de exquisitos agudos en pianísimo y fraseo generoso en un conmovedor tercer acto, siendo, junto a los dos protagonistas, el elemento más destacado de un reparto discreto en el resto de papeles. Dan Paul Dumitrescu fue un inestable Timur, Attila Mokus un correcto Mandarín y Jörg Schneider un Altoum de voz inusualmente fresca en lugar del habitual tenor veterano (también asumió la parte del príncipe persa). Si Martin Hässler (Ping) sobresalía por altura y voz sobre Norbert Ernst (Pang) y Hiroshi Amako (Pong), este trío de ministros fue insípido, sin el punch necesario para la escena inicial del segundo acto.

Como en el Macbeth de Salzburgo, los problemas de salud de Franz Welser-Möst le han impedido realizar una nueva colaboración con Asmik Grigorian. Al rescate esta vez ha venido Marco Armiliato, conocedor como pocos de este repertorio (dirigió toda la obra de memoria). Sin ofrecer una lectura original ni explorar las múltiples posibilidades que la partitura de Puccini ofrece, Armiliato garantizó que todos los mimbres estuvieran en su sitio, primando la brillantez sonora (con la rutilante orquesta vienesa era una opción irresistible) y la efusión lírica. El coro también rindió a buen nivel, aunque era inevitable que sonara más potente en el primer acto, sentado delante del decorado, que en los otros dos, escondido y con impacto más diluido.

Para Claus Guth el trauma de Turandot no es una evocación de un pasado milenario, sino un dolor íntimo surgido de una terrible experiencia propia. De aquí que la princesa viva encerrada en su dormitorio, acompañada por cuatro figuras con cabeza de muñeca. El decorado de Etienne Pluss muestra en el primer acto la antesala de esta habitación, un espacio neutro, poblado por una burocracia de aspecto clónico (vestuario de Ursula Kudrna) y movimientos mecánicos en la que irrumpe Calaf, vestido de negro, como Timur y Liù (la esclava también está acompañada por cuatro dobles, y su gestualidad recuerda el hieratismo de Robert Wilson). Fascinado por la imagen proyectada de Turandot, gracias a los vídeos tan fantasmagóricos como inquietantes de Rocafilm-Roland Horvath, Calaf se libra de los hilos que intentan retenerlo y es conducido al otro lado de una puerta inspirada, detalle nada casual, en la que Sigmund Freud tenía en su estudio. Una Turandot vestida de novia, toda de blanco, incluido el cabello, se resistirá a entregarse al extraño, lo que crea el caos en el tercer acto. Guth añade toques de humor absurdo en la representación del rígido mundo de Turandot y algún detalle curioso (es la misma princesa la que tortura a Liù). Pero, dejando de lado la renuncia a mover la masa coral, el final muestra cierta pereza interpretativa. El final es feliz, como prescribe la partitura, pero ante este mundo rígido que la rodea, Turandot decide escapar con su príncipe.  * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL