Mucho ruido y poca nuez con 'Rigoletto'

París

02 / 11 / 2021 - Jaume ESTAPÀ - Tiempo de lectura: 3 min

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Una escena del montaje de Claus Guth © Opéra National Paris / Elisa HABERER
Rigoletto Générale 20 octobre 2021 Ludovic Tézier como Rigoletto © Opéra National Paris / Elisa HABERER
Nadine Sierra (Gilda) y Dimitry Korchack (Duque de Mantua) © Opéra National Paris / Elisa HABERER

Opéra National de Paris

Verdi: RIGOLETTO

Opéra-Bastille

Dmitry Korchak, Ludovic Tézier, Nadine Sierra, Goderdzi Janelidze, Justina Gringyte, Cassandre Berthon, Bogdan Talos, Jean–Luc Ballestra, Maciej Kwaśnikowski, Florent Mbia, Isabelle Wnorowska, Lise Nougier, Pierpaolo Palloni, Henri–Bernard Guizirian. Dirección musical: Giacomo Sagripanti. Dirección de escena: Claus Guth. 29 de octubre 2021.

Mucho se esperaba de la interpretación de Ludovic Tézier como Rigoletto y el resultado –inacabables aplausos en la sala– fue más bien modesto. El espectro de la voz el barítono francés, todavía en evolución, está llegando a un tal punto de amplitud y su potencia vocal es tal que toda intervención suya, aun la más ligera, sonó como un cañonazo. Por esta pérdida de matices en los decires del actor, el personaje perdió profundidad psicológica y, más prosaicamente, desaparecieron las melodías dedicadas al barítono durante la primera parte de la noche. Más allá del célebre finale del segundo acto –el dúo con Gilda en forma de cabaletta, ensayada y re-ensayada para asegurar el aplauso–, tal vez influenciado por la suavidad de la emisión de Nadine Sierra (Gilda), el barítono pareció intentar reducir el volumen de su emisión –elegante, justa y bien timbrada sí, pero excesiva– para terminar en el dúo final con su hija un momento lírico que rozó la perfección.

Sierra cantó con éxito el papel de intermediario entre el Rigoletto propuesto por Tézier y los oídos del público. No estuvo excesivamente segura en la parte de coloratura del aria “Caro nome” y los aplausos fueron de cortesía, pero fue afirmando su canto –y su presencia en el escenario– a medida que avanzaba el drama. Su finura, su agradable presencia, su timbre angelical y su buena dicción italiana, acabaron integrándola en el personaje, vale decir consiguieron hacérnoslo creíble.

"El espectro de la voz el barítono francés, todavía en evolución, está llegando a un tal punto de amplitud y su potencia vocal es tal que toda intervención suya, aun la más ligera, sonó como un cañonazo"

Córrase un tupido velo sobre la interpretación del Duque de Mantua a cargo del tenor ruso Dmitry Korchak; su emisión nasal de timbre entre metálico, sus agudos forzados, su italiano incomprensible y su inexistente carisma escénico dieron el resultado mediocre que se podía esperar: el público aprobó con un silencio sepulcral su intervención “La dona è mobile”. Apúntese que si bien Goderdzi Janelidze defendió correctamente su papel de Sparafucile y Justina Gringyte no pudo convencer en Maddalena porque no se la oyó en ningún momento: el cuarteto final se resolvió en un terceto.

El coro –ChingLien Wu– mantuvo bien alta su reputación. La orquesta poco interesada por las indicaciones de Giacomo Sagripanti, se limitó, y ya fue mucho, a acompañar a los cantantes en el escenario.

La puesta en escena de Claus Guth –por vez tercera en la ONP– presentó el drama revisitado por el propio Rigoletto –viejo ya– a la vista de una caja de cartón que contiene un vestido del clown y otro de Gilda maculado de sangre. Pasar la historia del presente al pasado, suponía también cambiar la trama. La vejez del protagonista modificaba irremediablemente su visión de los hechos. El punto de vista propuesto no era pues compatible con la obligada invariabilidad de la historia. Independientemente de los aciertos teatrales de la puesta en escena, la idea de base de Guth no era viable.  * Jaume ESTAPÀ, corresponsal en París de ÓPERA ACTUAL