Milán: Un 'Elisir' desoladamente rutinario

13 / 09 / 2019 - Andrea MERLI - Tiempo de lectura: 2 min

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'L'Elisir d'amore' en la puesta en escena de Grisha Assagarof © Teatro alla Scala / Marco BRESCIA & Rudy AMISANO
René Barbera como Nemorino y Rosa Feola como Adina © Teatro alla Scala / Marco BRESCIA & Rudy AMISANO
Los dos protagonistas junto con Massimo Cavalleti © Teatro alla Scala / Marco BRESCIA & Rudy AMISANO
Ambrogio Maestri completa el cuarteto protagonista © Teatro alla Scala / Marco BRESCIA & Rudy AMISANO

Teatro alla Scala

Donizetti: L’ELISIR D’AMORE

Rosa Feola, René Barbera, Massimo Cavalletti, Ambrogio Maestri. Dirección: Michele Gamba. Dirección de escena: Grisha Asagaroff. 10 de septiembre de 2019

 

La reposición de este Elisir, que subió por primera vez a las tablas hace 21 años aunque con otra dirección escénica, se integra en la programación milanesa de fines de verano a guisa de guarnición junto con el Rigoletto de los alumnos de la Academia orientados por Leo Nucci, en espera de los más atractivos Giulio Cesare de Händel y la straussiana Elena egipcíaca que cerrarán definitivamente la temporada en otoño.

"Una dirección musical con escaso sentido del fraseo, ausencia de paleta de colores y falta de indicaciones precisas a los solistas hacían que se perdiese el sentido de la palabra cantada"

Se trata de un espectáculo un tanto avejentado que tiene su mejor atractivo en el inconfundible diseño escenográfico de Tullio Pericoli pero que tanto la regia de Grisha Asagaroff como la dirección musical de Michel Gamba hunden en una desoladora rutina. Desprovisto el primero de una idea auténticamente original, parecía predispuesto a admitir las aportaciones personales de los intérpretes, operación en la que estos se entregaban con entusiasmo. En el caso del segundo, los ritmos precipitados se alternaban con relajamientos excesivos, beneficiando al volumen –lo que llegaba a hacer en este sentido la banda en escena al principio del segundo acto era increíble– en perjuicio de las voces, que dejaba desamparadas, especialmente cuando debían cantar desde el fondo de la escena. Escaso sentido del fraseo, ausencia de paleta de colores y falta de indicaciones precisas a los solistas, hacían que se perdiese el sentido de la palabra cantada. La orquesta y el coro, confiado como siempre a Bruno Casoni, hicieron lo que pudieron.

Dicho esto, hay que añadir que todos los artistas fueron acogidos con grandes aclamaciones por parte del público, no muy numeroso en esta primera representación pero muy dispuesto a aplaudir a scena aperta, especialmente al tenor, René Barbera, que dio vida a un robusto Nemorino, cantado con generosidad y espíritu suficiente, y a la también válida Rosa Feola, una vivaz Adina de bonito color y generoso cuerpo vocal. Ambrogio Maestri triunfa con un Dulcamara de gran personalidad y amplitud vocal, aunque hubiera podido ahorrarse la verborrea que añadía al texto cantado que, aun divirtiendo al público, poco añade al texto ya preestablecido por Felice Romani. Massimo Cavalletti (Belcore) parecía un tanto atemorizado para dar el tipo del miles gloriosus bergamasco: la voz corre y es de buena calidad, lo que le es suficiente para triunfar. Queda por enjuiciar la Giannetta de Francesca Pia Vitale, que se salvó del corte del cuarteto en el segundo acto –el único en toda la función fue el del dúo entre Adina y Nemoriono en el primero–  y se desempeñó diestramente en toda su participación.