Michael Nagy, técnica y estilo

Barcelona

25 / 11 / 2019 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

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Life Un momento del recital de Michael Nagy en el Festival Life Victoria © LIFE Victoria / Elisenda CANALS
Life Nagy, acompañado por Susanna Klovsky © LIFE Victoria / Elisenda CANALS

Festival Life Victoria

Recital de MICHAEL NAGY

Obras de Schubert, Fauré y Brahms. Susanna Klovsky, piano. Sant Pau Recinte Modernista, 22 de noviembre de 2019.

Una de las virtudes de festivales como el Life Victoria es que ofrecen la oportunidad de escuchar en directo a intérpretes que están desarrollando carreras destacables en importantes teatros europeos pero que, por motivos indescifrables, aparecen poco o nada por los escenarios operísticos locales. Un ejemplo paradigmático es el del barítono Michael Nagy, habitual de casas de ópera del prestigio de Berlín, Viena o Múnich, que ha cantado bajo la dirección de las batutas más importantes de la actualidad y que, además, ha participado en diversas ediciones del Festival de Bayreuth interpretando a Wolfram, en Tannhäuser.

No ha sido la única incursión wagneriana de Nagy, quien también ha interpretado Kurwenal, en Tristan, y ha destacado en los grandes roles mozartianos de su cuerda.

"Nagy lució un instrumento de gran calidad, de tintes líricos pero con un centro bello, pulposo y rotundo en cuanto a volumen, a lo que hay que añadir una capacidad para el registro grave espectacular"

Este bagaje operístico se percibe de manera evidente en la voz y la proyección de Nagy. Un instrumento de gran calidad, de tintes líricos y con un centro bello, pulposo y rotundo en cuanto a volumen, a lo que hay que añadir una capacidad para el registro grave espectacular, como demostró en el final de «Der Tod und das Mädchen», la concisa y escalofriante canción de Schubert y Goethe. Además, destaca en Nagy una emisión natural, de una ortodoxia técnica indiscutible. El impecable posicionamiento de la voz en los resonadores de la máscara aumenta la calidez, belleza y expansión del timbre en todos los registros.

Pero, en contrapartida, en el momento de recoger la voz, de buscar la expresión íntima, de atacar el piano y el pianísimo, el mecanismo técnico no funciona con la misma naturalidad y perfección y la emisión se resiente, quedando en tierra de nadie y provocando que, en determinadas zonas, tienda a sonar con cierta rudeza.

Un déficit técnico que se convierte en este caso en estilístico pues el Lied, y no decir la mélodie, requiere de este recurso y de las medias voces más que de ningún otro. Sin dominar a la perfección esa técnica es imposible dominar ese estilo y esta limitación lastró la propuesta de Nagy y su acompañante, la pianista Susanna Klovsky, que plantearon un programa en tres bloques.

Si en el primero, dedicado a Schubert, hubo cal y arena –lo mejor, la parte dedicada al tema de la muerte: «Verklärung», «Der Tod und das Mädchen» y «Abendröte»–, el segundo se centró en Gabriel Fauré. A pesar de una correcta pronunciación francesa, la sensación fue que el universo de la mélodie es ajeno a este cantante de origen húngaro que, además, dejó entrever, pegado al atril, no dominar en profundidad estas canciones, con errores puntuales de texto.

Klovsky, por su parte, alternó detalles refinados en el fraseo y el sonido con cierta falta de impulso, así como de compenetración e implicación dramática, lo que tampoco favoreció un mejor resultado final.

El recital acabó con Lieder de Brahms, mucho más adecuados a la vocalidad de Nagy. Pero a esas alturas el feedback entre intérprete y público, que tan a menudo surge en la pequeña sala de Sant Pau, se había cortocircuitado. Para rematar la velada, cantante y pianista ofrecieron como propina un Lied de Korngold, Ständchen, pleno de teatralidad y de una naturalidad que se había echado en falta anteriormente. Todo ello conduce a pensar que, a pesar de la irregularidad del recital, sería estupendo escuchar a Michael Nagy en una ópera, su medio natural, y en el Liceu. La presencia de representantes de dicho teatro entre el público aportaba esperanzas en ese sentido.

El habitual recital previo del Life Victoria presentó a una cantante muy joven, pero con personalidad, Montserrat Seró, quien, con una voz cristalina y un fraseo exquisito, interpretó canciones de Toldrà y Vives. Seró no posee un instrumento de gran volumen y se hace difícil valorar su proyección y extensión en una sala como la del Recinte Modernista y en un repertorio como el que interpretó, pero no hay duda de que Seró destila una luz especial en escena y atesora cualidades interpretativas evidentes. La acompañó, y muy bien, Alberto Palacios al piano.