Matthias Goerne y canciones para un auto sacramental

Madrid

09 / 02 / 2024 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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goerne madrid Matthias Goerne y el pianista Alexander Schmalcz en el Teatro de La Zarzuela © CNDM / Rafa MARTÍN

Centro Nacional de Difusión Musical

Recital de MATTHIAS GOERNE

XXX Ciclo de 'Lied'

Obras de Ludwig van Beethoven, Hugo Wolf, Max Reger, Franz Schubert y Johannes Brahms. Alexander Schmalcz, piano. Teatro de La Zarzuela, 5 de febrero de 2024.

Una pequeña indisposición del pianista Alexander Schmalcz impidió la preparación del programa Schubert anunciado para esta nueva sesión del XXX Ciclo de Lied del CNDM y del Teatro de La Zarzuela. No se perdió nada, porque Goerne y Schmalcz decidieron ofrecer un recital previamente trabajado, con piezas de algunas de las últimas grabaciones del barítono alemán que giran en torno a un motivo único, como es el ser humano enfrentado a su naturaleza perecedera y al sentido último de su vida. El recital arrancó con el ciclo de las Seis canciones Op. 48 de Beethoven, basadas en poemas de Christian Fürchtegott Gellert, filósofo poeta ilustrado que expresa, en tono menor, racional y moralista, su fe religiosa. El ciclo de Beethoven no tiene buena prensa y, en efecto, la fe y la sensibilidad religiosa padecen con un temperamento como el suyo, tan imperativa e imperturbablemente serio. Aun así, resulta fascinante contemplar el denuedo con el que, lejos de rendirse, Beethoven se esfuerza por alcanzar ese núcleo incandescente que presiente sin llegar nunca a alcanzarlo.

"Es posible que Goerne haya perdido algo de la densidad en el instrumento, pero lo ha compensado con una cada vez más intensa profundidad en la comprensión y la exposición"

Nadie como Matthias Goerne, con su afinadísima sensibilidad para el sentido de cada palabra, con su sutileza expresiva y con su inteligencia, para exponer estas obras menores, sin duda, pero en las que Beethoven permite vislumbrar la tragedia que se avecinaba: todo el inmenso caudal de belleza, de sensibilidad y de amor que el mundo iba a perder al olvidar la religión. Por eso tuvo sentido repetir «An die Hoffnung» («A la esperanza»), en su segunda versión, Op. 94, después de los maravillosos himnos directamente religiosos de Hugo Wolf (cuatro piezas del Cancionero español) y de Max Reger (Dos canciones espirituales). Es posible que Goerne haya perdido algo de la densidad en el instrumento, pero lo ha compensado con una cada vez más intensa profundidad en la comprensión y la exposición. Así es como su interpretación de la complicada escritura de Beethoven cambiaba lo que fue un momento de patetismo, en la primera versión de la canción, en otro de fe y alegría.

Después de esa afirmación, solo podía venir la Letanía en la Fiesta de Difuntos, de Schubert, canción de estructura estrófica de esas de las que el compositor tenía el secreto, y que pide una voz de extrema ductilidad y dulzura, con un legato infinito y un control absoluto de las dinámicas, capaz de fundirse, musical y literalmente, en una plegaria de sentimentalidad directa, casi infantil, de inocencia completa: la propia de un alma reconciliada con el Señor.

Y dado que el ser humano, tal como sugirió ese pequeño auto sacramental en que consistía el recital, no es capaz de vivir en una atmósfera tan pura y tan limpia, la angustia volvió con las Cuatro canciones serias del último Brahms, enfrentado ya al hecho irreversible del fin de la existencia. Goerne las entonó con el inexcusable rigor luterano, pero, aunque solo fuera por el recuerdo de lo que le precedía, les infundió un toque de esperanza católica, bien expresado en la leve y bien perceptible luminosidad del canto. Extraordinaria la interpretación al piano de Schmalcz, incisiva, poética y siempre atenta a los infinitos matices de la riquísima materia musical.  * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL