Más Anduaga, por favor

A Coruña

21 / 10 / 2020 - José Luis JIMÉNEZ - Tiempo de lectura: 4 min

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El joven tenor Xabier Anduaga demostró unas virtudes excepcionales © Amigos de la Ópera de A Coruña
Jessica Pratt se reafirmó como una de las voces femeninas más destacadas del mundo © Amigos de la Ópera de A Coruña
Anduaga y Pratt, magníficamente acompañados por la OSG con Pérez-Sierra a la batuta © Amigos de la Ópera de A Coruña

Programación Lírica

Concierto VIVA EL BEL CANTO

Obras de Rossini, Donizetti, Bellini, Verdi, Vives, Bernstein y Sorozábal. Jessica Pratt, soprano. Xabier Anduaga, tenor. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dirección: José Miguel Pérez-Sierra. Teatro Colón, 16 de octubre de 2020.

De cuando en cuando, en el universo lírico irrumpen con desmedida fuerza artistas llamados a marcar una época. Echan la puerta abajo sin llamar, aunque previamente tuvieran que convencer a muchos para tener una primera oportunidad. Todo apunta a que el tenor donostiarra Xabier Anduaga está recorriendo ese sendero hacia el éxito, y en A Coruña dejó una inmejorable carta de presentación: la de un intérprete en progresión geométrica que ya deslumbra por sus muchísimas virtudes, que fascina ante el desarrollo que se le intuye conforme vaya puliendo las aristas que se perciben en su canto, pero que sobre todo apabulla cuando se contemplan sus 25 años. Hay una relación especial además entre el jovencísimo tenor y esta ciudad gallega. Fue aquí donde realizó una audición y empezó a trabajar con Alberto Zedda, durante sus años de enseñanzas en su curso de perfeccionamiento vocal, hasta el punto de que el maestro se lo llevó a Pésaro para darle su primera oportunidad con apenas 21 años. Anduaga se considera «un hijo de Zedda», artísticamente hablando. Venir a su ciudad a cantar ya como artista y no estudiante era una suerte de homenaje.

"En Anduaga llaman la atención poderosamente sus virtudes: una línea de canto homogénea en toda su extensión, un timbre seductor y carnoso, de presencia más que notable en la sala y un sobreagudo que lejos de empequeñecerse gana en poderío"

En Anduaga llaman la atención poderosamente sus virtudes. La primera, una línea de canto homogénea en toda su extensión, un timbre seductor y carnoso, de presencia más que notable en la sala y un sobreagudo que lejos de empequeñecerse gana en poderío. A eso se suma una media voz pura, esto es, nada afalsetada, sino construida sobre una emisión mixta que la dota de redondez y color, y que es la técnica que emplea además para los pianissimi. Es, en resumen, un lírico-ligero con hechuras de lírico pleno que sorprende una y otra vez al espectador cuando recuerda que al intérprete solo le adornan 25 años. Se intuye mucho trabajo junto a su profesora de canto y pareja, Elena Barbé, para cuidar y pulir el instrumento. Y por aquello de que el halago debilita, vayan un par de tachas para fortalecer: las agilidades son correctas, sin más, para abordar algunos roles rossinianos, la dicción merece un repaso en algunas consonantes (sobre todo las fricativas al comienzo de frase), y por momentos se intuye algo de muscularidad en la respiración.

Anduaga abrió fuego con un «Cessa di più resistire» en el que lució el grueso de sus virtudes, y alguno de los elementos por pulir. Seguramente, desde su cielo rossiniano, Zedda aplaudió un Almaviva lleno de colores y matices, como el pianísimo en «non fuggite». Porque al intérprete, además, le sobra elegancia en la interpretación. Siguió con «Ah, mes amis» y los nueve Do4, emitidos con una facilidad y robustez ofensivas. El público que llenaba un Teatro Colón a mitad de aforo por las restricciones de la Covid-19 ya se entregó al cantante. Luego vendrían la «Furtiva» (una de sus piezas fetiche, y con la que ganó Operalia en su última edición); una deliciosa «Por el humo se sabe dónde está el fuego», cantada con ardor e intensidad; y por último el primer dueto de Lucia di Lammermoor, «Sulla tomba che rinserra». Aún regaló el «No puede ser» como propina y el brindis de La Traviata junto a su compañera de gala, la soprano Jessica Pratt, pero todo estaba de más: A Coruña ya se había enamorado de Anduaga.

Es injusto no valorar a una intérprete como Pratt, una de las sopranos más relevantes del panorama actual, experta en el canto de coloratura, como demostró en el recital. No obstante, sus dos primeras piezas sonaron frías, casi impersonales, aunque materializadas con el buen hacer de la australiana. «Qui la voce» de I Puritani tuvo momentos de interés, como los pianissimi en «rendetemi la speme» o el sobreagudo al que Pratt acude sin vértigo ni dudas. Suena brillante y con una presencia impactante. Extraña fue la incorporación de la escena de Violetta «Ah, fors’è lui» en una gala que, en teoría, estaba llamada a glorificar el bel canto romántico como estilo. Se echó en falta algo de imaginación, como proponer alguna reina donizettiana, o incluso heroínas rossinianas que la soprano ya tiene en repertorio. Su Violetta quedó un pelín huérfana de drama. Todo lo contrario que su Amina de La Sonnambula, con una excepcional escena «Ah non credea», en uno de los grandes momentos de la gala. Coloratura de manual, sobreagudos vibrantes, unido a una leve afectación que hace al personaje de carne y hueso.

Como dorado colofón, toda la escena de la locura de Lucia di Lammermoor, uno de las creaciones más logradas de Pratt en su carrera. Pura emoción. Mención especial aquí para la flautista de la OSG María José Ortuño, en su acompañamiento en «Ardon gli incensi». Aun tuvo un «Glitter and be gay» en los bises para compartir con Anduaga el corazón del público.

Siempre es un lujo disponer de la Sinfónica de Galicia como orquesta acompañante. La profundidad de su sonido, sus secciones de viento y cuerdas, la versatilidad para hacerse rossiniana en la sinfonía inicial de Matilde di Shabran o llenar la partitura verdiana de La Traviata… Desconocida era la Obertura de Zampa, de Ferdinand Haröld, y la OSG supo dotarla de ese aire juguetón, divertido. Es una orquesta de una ductilidad absoluta; respondió muy bien en manos de José Miguel Pérez-Sierra, quien se movió entre la comodidad de un director curtido y un cierto tic por acentuar los tempi ágiles cuando se habría agradecido algo más de pausa en algunos momentos por aquello de jugar con los contrastes.

La gala se celebró en recuerdo de Miguel Ángel Fernández, fotógrafo de la ciudad fallecido recientemente y por cuya cámara pasaron durante años artistas grandes y pequeños, conciertos y ensayos, abrazos y aplausos en camerinos. Uno más en la familia de los Amigos de la Ópera que, junto a Zedda y el crítico local Julio Andrade, contempla la música ahora desde las alturas.