Mágico debut del Liceu en la Opéra parisina

París

11 / 06 / 2023 - Jaume ESTAPÀ - Tiempo de lectura: 2 min

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Liceu en París Iréne Theorin con la Simfónica del Liceu en París © ONP / Elisa HABERER
Liceu París Bryn Terfel e Iréne Theorin con la Simfónica del Liceu en París © ONP / Elisa HABERER
Liceu París Bryn Terfel y Josep Pons, con la Simfónica del Liceu en París © ONP / Elisa HABERER

Opéra national de Paris

Bartók: EL CASTILLO DE BARBA AZUL

Gira del Liceu. En versión de concierto

Iréne Theorin, Bryn Terfel. Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Dirección: Josep Pons. Opéra-Bastille, 10 de junio 2023.

 

En el debut de la compañía del Liceu de Barcelona en la Opéra, no se acordó un título fácil, aunque sí tenía que ser con pocos solistas, sin coro y que sacara partido a la orquesta. ¿Qué mejor piedra de toque que la obra maestra de Bartók? Josep Pons, desde el podio, brindó a los cantantes espacio suficiente y obtuvo de la Simfònica liceísta mil colores y otras tantas sonoridades, sombrías o brillantes a rabiar por momentos, con las que ilustró la tenebrosa historia de Perrault. Bajo su mandato la orquesta se convirtió en el tercer personaje de la historia, aquel que iba apoyando a los dos personajes, o bien introducía en sus intenciones, sus pensamientos, a menudo en contradicción con sus palabras.

"La Simfònica del Gran Teatre del Liceu y su director dejaron de su paso por La Bastille –llena a rebosar– el recuerdo de un momento musical inolvidable"

Pons ni abusó de los omnipresentes registros graves, portadores de truculencia, ni se entretuvo en subrayar –pero tampoco los desestimó– los momentos líricos que traducían muy en partículas las alucinaciones de Judith. El director creó el ambiente complejo y cambiante –angustia, esperanza, plenitud, maldad, sadismo, ansiedad– pedido por el libretista y plasmado en el pentagrama por el compositor. En suma, la Simfònica del Gran Teatre del Liceu y su director dejaron de su paso por La Bastille –llena a rebosar– el recuerdo de un momento musical inolvidable.

En el escenario brillaron con luz propia los dos solistas. Iréne Theorin (Judith) y Bryn Terfel (Barba Azul) se libraron a un mano a mano de primera calidad durante una hora de gran intensidad. No fue el suyo un trabajo orientado hacia el lucimiento personal, sino hacia la coherencia y la eficacia del relato. Su canto, encantado y encantador, suplió con creces la falta de la escenografía y de la dramatización (tantas veces fuera de lugar en esta obra) para apoyar y aun aumentar el misterio en el que envolvían música y trama. El tono grave, cavernoso, pletórico del barítono, el de un ogro en algún instante, contrastó con la emisión a menudo dulce y la expresión sumisa, incisiva y altiva también, de la soprano. La mezcla de tonalidades, de timbres, de intensidades y de actitudes de ambos artistas, creó un ambiente claroscuro, ácido y viscoso, malsano, difícil de describir, que se extendió por la sala como un fluido inquietante.

La interpretación de la obra de Bartók, considerada hoy como una pieza indispensable de la lírica, aun con medios dramáticos y escenográficos limitados, fue justa y cabal. Nada tuvieron que envidiar esta vez la orquesta del Liceu y los solistas a la célebre versión dada en el Châtelet de París en las mismas condiciones de precariedad ambiental en junio del 2006, con Pierre Boulez en el podio y Jessye Norman en el escenario, ambos entonces en la cumbre de una bien merecida fama. * Jaume ESTAPÀ, corresponsal en París de ÓPERA ACTUAL