Madrid: Un gran homenaje a Montserrat Caballé

08 / 09 / 2019 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 4 min

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El director del Teatro, Daniel Blanco, recuerda a Caballé ante la mirada de la familia de la artista © Teatro de La Zarzuela
El tenor José Bros, que compartió escenario varias veces con Caballé, durante su intervención © Teatro de La Zarzuela
Yolanda Auyanet durante su actuación © Teatro de La Zarzuela
Carlos Chausson, otro de los protagonistas del homenaje © Teatro de La Zarzuela
Ainhoa Arteta también estuvo presente en la gala © Teatro de La Zarzuela
El tenor Ismael Jordi durante su intervención © Teatro de La Zarzuela
Nancy Fabiola Herrera cantó en el coro de La Zarzuela junto a la Caballé © Teatro de La Zarzuela
Foto de familia de los participantes en el homenaje © Teatro de La Zarzuela

Teatro de La Zarzuela

Gala de Lírica Española

Homenaje a Montserrat Caballé

Ainhoa Arteta, María Bayo, Maite Beaumont, Nancy Fabiola Herrera, Sabina Puértolas, Rubén Amoretti, Mariola Cantarero, Carlos Chausson, Ismael Jordi, José Luis Sola, José Bros, Marina Monzó, Yolanda Auyanet, Gabriel Bermúndez, Celso Albelo, Andeka Gorrotxategui, Airam Hernández, Virginia Tola, David Menéndez y Pilar Jurado. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección: Oliver Díaz. 7 de septiembre de 2019.

En un ambiente pleno de emotividad el Teatro de La Zarzuela celebraba anoche su particular homenaje a Montserrat Caballé, arranque triste, necesario y a la vez inmejorable de la temporada de conciertos madrileña cuando se cumple casi un año de la desaparición de la cantante barcelonesa. Se trató de una ocasión en realidad complicada, porque el recuerdo y la emoción de los participantes se mezclaba con las ganas de agradar, las anécdotas con el dolor de la pérdida, y todo (lo bello y lo triste) se aplacaba un tanto con la música que Caballé tanto amó.

"En el palco 8 (que llevará desde hoy el nombre de Montserrat Caballé, como ya otros llevan el de Berganza o Domingo), la familia de la diva catalana acogía con agradecimiento y emoción las muestras de afecto de público y cantantes"

El principal reto en un homenaje de esta entidad es que la calidad brille pero que lo urgente (el cantante que actúa en el escenario) no opaque lo importante (Caballé). En ese sentido la gala fue modélica, con una butaca vacía situada a la derecha del escenario, siempre iluminada, donde cada artista que intervenía depositaba una rosa blanca. No se necesitaba un mayor despliegue simbólico ni efusiones tecnólogicas. En el palco 8 (que llevará desde hoy su nombre, como ya otros llevan el de Berganza o Domingo), la familia de la diva catalana acogía con agradecimiento y emoción las muestras de afecto de público y cantantes. Tras un arranque sencillo por parte de Daniel Bianco, director del coliseo madrileño, abrió fuego la Orquesta de la Comunidad de Madrid dirigida con detalle por un Óliver Díaz muy entregado a un programa plenamente zarzuelístico, embridado más cerca de la sonrisa cómplice que de la pulsión lacrimógena.

Diecinueve cantantes se sucedieron sobre el escenario, en distintos momentos vocales y con planteamientos muy dispares, tocándole el difícil inicio a Marina Monzó, que supo resolver con solvencia la florida coloratura de «Me llaman la primorosa». Airam Hernández tampoco lo tuvo mucho más fácil al enfrentarse a una de las romanzas más interpretadas de todo el repertorio, «¡No puede ser!»; consiguió destacar en lo dramático  pero con alguna dificultad en el registro agudo. Virginia Tola aportó la chispa y el candor que necesita la entrada de Paloma del Barberillo de Lavapiés. Mariola Cantarero recibió una de las mayores ovaciones de la noche luciendo tablas, filados y buena proyección, a pesar de ese inevitable vibrato que parece ir creciendo año a año. Una de las piezas más exigentes de la gala venía de la mano de Guridi y su Mirentxu, toda una papeleta para Andeka Gorrotxategi (o para casi cualquier tenor) que pasó por inevitables apreturas en los sobreagudos. Con humor, ritmo y volumen encarnó María Bayo a Cecilia Valdés, mientras Celso Albelo se movía al extremo contrario con su romanza «Mujer de los negros ojos», primando la línea de canto y el lirismo de la partitura de Guerrero. Sabina Puértolas confirmó las buenas sensaciones de sus últimas apariciones en el coliseo madrileño con una conmovedora romanza de Mirentxu. El cierre de la primera parte fue por todo lo alto, con el eterno Caballero de Gracia de Carlos Chausson en espléndido estado de forma. Se echó de menos el coro que da la contrarréplica a la finura comme il faut.

El carrusel de cantantes siguió durante la segunda parte, encomendando el inicio a David Menéndez y «Luché la fe por el triunfo» de Luisa Fernanda, cantado con un timbre muy atractivo y agudos algo abiertos. Por su parte Maite Beaumont jugó como quiso y con gusto con la Tarántula de La Tempranica, para ceder todo el dramatismo a «Por el humo se sabe», donde José Luis Sola puso en pie a un Fernando Soler modélico en todos los aspectos. El vals de Château Margaux fue para Pilar Jurado, con algunas dificultades de proyección en el sector grave de su registro. José Bros, con la romanza «De este apacible rincón de Madrid» de Luisa Fernada, recibió merecidas ovaciones a su canto directo y dicción precisa.

Por su parte, Nancy Fabiola Herrera tenía unas de las canciones más complejas de sostener de todo el programa, por cuanto la música de Giménez crea una atmósfera muy particular; la mezzosoprano aportó color y entrega a «Sierras de Granada» y su trabalenguas silábico, algo que el público agradeció largamente. Fantástica la recreación de Rubén Amoretti de la romanza de María del Pilar, tal vez el momento más netamente escénico de toda la gala, con una tímbrica mórbida por parte de la orquesta y una respuesta vocal de altura, confirmando hasta qué punto es reivindicable esta partitura de aires verdianos. Yolanda Auyanet mantuvo el nivel con su cuidada musicalidad en El carro del Sol. Con todo, fue el tenor Ismael Jordi y sus fronterizas granadinas de Los emigrantes quienes despertaron los mayores entusiasmos de la noche, con despliegue técnico y no pocas dosis de desparpajo vocal; si a eso se le suma una partitura excelentemente escrita en su sentido más evocador como la de Tomás Barrera, el éxito estaba asegurado. Ainhoa Arteta ponía el broche final a la parte vocal de la gala con una versión anclada en la alegría y en cierta manera reivindicativa de «De España vengo». Un breve y sentido discurso de Núria Espert, sumado a la habanera de Don Gil de Alcalá con todos los artistas en el escenario, pusieron fin a la noche.

Buen detalle el amplio libreto entregado conjuntamente con el programa, con artículos de homenaje de primeras plumas y un despliegue fotográfico muy bien planificado. Entre aplausos y sonrisas, sin excesos emotivos que no aportarían nada al caso, acabó una noche pensada para –usando el verbo de Terenci Moix que bien recordó Espert– «mitigar» los fantasmas de cada uno. Caballé merece (y llegarán) más homenajes con tanto cariño como este del Teatro de La Zarzuela que puede verse en el vídeo de más abajo (a partir del minuto 22).