Madrid: Gerhaher-Huber, un dúo maravilloso

07 / 10 / 2019 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 min

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Un momento del recital de Christian Gerhaher y Gerold Huber © Teatro de La Zarzuela / Elvira MEGÍAS
Un momento del recital de Christian Gerhaher y Gerold Huber © Teatro de La Zarzuela / Elvira MEGÍAS
Un momento del recital de Christian Gerhaher y Gerold Huber © Teatro de La Zarzuela / Elvira MEGÍAS

Teatro de La Zarzuela-CNDM

Recital CHRISTIAN GERHAHER

Obras de Gustav Mahler. Gerold Huber, piano. XXVI Ciclo de Lied. Teatro de La Zarzuela, 30 de septiembre de 2019.

De partida, es injusto que Gerhaher encabece esta crítica. O, para ser precisos, es injusto que la encabece en distinta medida que Gerold Huber, un pianista al que el término acompañante se le queda mínimo, y para quien la madurez y la curiosidad han traído un pincel musical capaz de siluetear paisajes tan inverosímiles como pertinentes.

"Todo el dolor mahleriano se derrama en sus 'Lieder' sin el despliegue orquestal que en tantas ocasiones delata la voz neurótica inevitable de la Europa 'fin de siècle'"

Una de las visitas más esperadas de cada año en el Teatro de La Zarzuela abría en esta ocasión el XXVI Ciclo de Lied –aunque tendremos una segunda entrega en enero, con un programa hermano–. El dúo volvía con Mahler, como hace periódicamente cada cinco años (2014, 2009), lo que permite entender la evolución de estos dos artistas excepcionales y el espíritu mutable de la música vocal de Mahler. Con la muerte siempre presente, percibida a veces con abismo y en ocasiones con rabia, todo el dolor mahleriano se derrama en los Lieder sin el despliegue orquestal que en tantas ocasiones delata la voz neurótica inevitable de la Europa fin de siècle. Recrear este mundo, que mira desde un lugar más oscuro a la propia oscuridad romántica, es difícil sin caer en el exceso histriónico o en la vacuidad gritona. Los personajes que retratan los versos son sofisticaciones o regresiones del Pasenow de Hermann Broch, del Ulrich de Robert Musil o del Kömives de Sándor Márai. Mucha muerte, en fin, y toda la rebelión a ella que la música se puede permitir.

El programa estaba confeccionado como una especie de camino de madurez, un viaje del héroe que arrancaba con las Canciones del compañero errante (menos comprometidas en lo emocional), para visitar por partida doble el sarcasmo de El cuerno mágico del muchacho y recalar finalmente en las marchitas Canciones de los niños muertos. Un aprendizaje del dolor, en suma, bien desplegado gracias a la coherencia interna que el dúo busca tanto en todas sus sesiones. Gerhaher se mostró impecable en la prosodia de los poemas, aprovechando ese recurso cada vez más presente que es empujar las sílabas desde el propio canto para dirigir la frase musical a buen fin. Convocó intimidad y canto enérgico en su retorno a las Ítacas final («¡Amor y dolor! ¡Y mundo y sueño!»), y dramatizó apoyándose en su buena proyección y capacidad para el contraste si preparar. Por su parte, Gerold Huber firmó posiblemente su participación más completa, con una visión más pictórica de lo acostumbrado, dedicando mucho tiempo a construir la atmósfera sonora antes que la visión armónica. «Oft denk’ ich» sintetizó todo lo que puede un piano con visión narrativa puede aportar.

El bis es, en realidad, el único posible: «Urlicht2, el que fuera cuarto movimiento de la Segunda Sinfonía en versión voz y piano. Una luz primordial, una especie de calima que cae sobre todo el público, a medio camino entre la absolución y la nostalgia. Arranque inmejorable.