Madrid: Lirismo y canto heroico

17 / 07 / 2019 - Jose María MARCO - Tiempo de lectura: 3 minutos

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Carmen Giannattasio y Michael Fabiano © Teatro Real / Javier DEL REAL
Plácido Domingo y Fernando Radó © Teatro Real / Javier DEL REAL
Plácido Domingo, Carmen Giannattasio y Michael Fabiano © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Verdi: GIOVANNA D'ARCO

Versión de concierto

Carmen Giannattasio, Michael Fabiano, Plácido Domingo, Moisés Marín, Fernando Radó. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección: James Conlon. 14 de julio de 2019.

Con Giovanna d’Arco (1845), Verdi logró una más de sus admirables obras de los “anni di galera”, esas óperas que para algunos aficionados verdianos son de lo mejor que escribió. No le falta nada: una obertura admirable, bandas militares, coros de campesinos, cortesanos e incluso ángeles y diablos, así como un lirismo pastoril y patético –en la gran aria final de Carlo– que alterna con piezas de apabullante energía.

Por eso mismo, la exigencia a los intérpretes es muy alta, empezando por la protagonista, que alterna los momentos de fuerza con un bel canto todo sutileza y finura. La soprano italiana Carmen Giannattasio estuvo mejor en los primeros, con gran despliegue de un instrumento potente, homogéneo y equilibrado, que en los segundos, que resolvió correctamente, aunque sin sutilezas ni intensidad. El tenor Michael Fabiano cantó muy bien el papel del rey doliente y enamorado, con una voz esmaltada y brillante, valiente en los ataques y las exigencias virtuosísticas. E alguna ocasión se le apreció algo técnico y frío, como en el aria citada, en la que fue igualmente muy ovacionado.

Plácido Domingo volvía a su cita anual con su ciudad natal. Lo hizo con un papel de barítono, en una obra en la que él mismo cantó –y con qué calidad– el papel del tenor. El de ahora también es un papel muy exigente en las piezas de bravura, sobre todo para el actual estado de su voz. Eso sí, de vez en cuando, como al principio del dúo con su hija-protagonista del drama, surgían destellos de fraseo y timbre de esos que llevan a otro mundo, allí donde el canto cuaja de pronto en gran arte y se entiende toda la nobleza del arte verdiano y la dignidad de su concepto del ser humano. Solo por eso valió la pena la velada. Muy bien  en sus adecuados papeles Moisés Marín y Fernando Radó.

Gran protagonista de esta ópera es, como en otras del primer Verdi, la masa coral. El Coro Titular del Teatro corroboró de nuevo su excelente momento con una fabulosa variedad de matices, equilibrio, precisión y expresividad, aunque a veces incluso sobró algo de volumen (sin fallos técnicos, en cualquier caso), convirtiéndose en una de las estrellas de la función. Por lo demás, tal y como exigió el compositor, que otorgó a los coros una responsabilidad primordial en el vuelo épico y en la expresión del conflicto de la Santa Juana. La Orquesta Titular, por su parte, estuvo magnífica, redonda y matizada, como requiere una obra que, también aquí, mezcla lo camerístico con lo popular y el despliegue marcial. Muy bien James Conlon en el podio, con una dirección cuidadosa, brillante y efectista, como tiene que ser. Así tocada, la música de Verdi suple de sobra la ausencia de puesta en escena. Un buen final para una excelente temporada.