Madrid: Goerne, 20 años más

13 / 10 / 2019 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 4 min

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Un momento del recital de Matthias Goerne © CNDM / Rafa MARTÍN
Mahias Goerne y Alexander Schmalcz recibiendo los aplausos del público © CNDM / Rafa MARTÍN

Ciclo de 'Lied' del CNDM

Recital MATTHIAS GOERNE

Obras de F. Martin, D. Shostakóvich, H. Pfitzner y R. Strauss. Piano: Alexander Schmalcz. XXVI Ciclo de ‘Lied’, Teatro de La Zarzuela, 7 de octubre de 2019.

Merece aplauso el espíritu inquieto, lejos de lo acomodaticio, de Matthias Goerne. Se cumplen ahora veinte años de su primera aparición en el Ciclo de Lied madrileño (como bien consigna y agradece el CNDM en el programa) y sus propuestas han destacado en muchas ocasiones por llevar faro a terra incognita, por dejar atrás la molicie de un repertorio muy asentado para abrir las ventanas a paisajes menos agradecidos pero igualmente necesarios. Veinte actuaciones en veinte años, en ocasiones con programas dobles o triples en una misma temporada, para hilvanar un telar inmejorable de literatura liederística.

"Goerne propuso un recorrido entre el brezal y el arrebol de los textos románticos para reflexionar sobre la muerte y la soledad, con algún atisbo aislado de esperanza y calor de invierno al llegar a las piezas finales de cada bloque"

En esta ocasión Goerne no se perdió en celebraciones, autocomplacencia y grandes éxitos, proponiendo un recorrido entre el brezal y el arrebol de los textos románticos para reflexionar sobre la muerte y la soledad, con algún atisbo aislado de esperanza y calor de invierno al llegar a las piezas finales de cada bloque. En realidad, y de manera completamente casual, el concierto se imbricaba magníficamente bien con el de la semana anterior de Gerhaher: ambos miran al mismo río inevitable desde dos orillas distintas y pertinentes.

La primera parte arrancaba con los Seis monólogos de «Jedermann», una música que se sustenta en la poética a ratos hermética, a ratos expansiva de Hugo von Hofmannsthal, un escritor que tiene mucho más que sus fantásticos libretos para la media docena de óperas de Richard Strauss y su pantomima. La aridez de la partitura, que lindaba con lo mortecino, contrastaba con la oscuridad de la construcción vocal y dramática que mostró Goerne, con afinación exacta y un torrente de emisión que no lastra el patetismo del repertorio. En la misma línea (y sin aplausos entre bloques) pero desde una óptica más íntima se construyó la soledad de Shostakóvich bajo textos de Miguel Ángel. Aquí la atmósfera generada por el piano de Schmalcz facilitó el control de las dinámicas de Goerne y sus sucesivos (y buscados) cambios de color.

Para la segunda parte quedaron Pfitzner y Strauss. El primero tuvo un acompañamiento algo fosco en las primeras piezas, recuperando el tono en An die Mark, Op. 15, Nº 3, un conmovedor autorretrato donde lo importante no es lo que se dice (muy bello) sino lo que se sugiere (muy turbio). La madurez de Goerne y su estudiado desaliño vocal en el sobreagudo hicieron el resto. Las mucho más transitadas obras de Strauss (entre ellas dos de las Cuatro canciones, Op. 27) pusieron fin al recital, con una lectura repleta de dulzura de estas piezas y que alcanzó su punto álgido –como no podía ser de otra manera– en Morgen!. A partir de ahí todo sobraba, todo estaba dicho. Goerne, acompañado con pericia desde el piano por Alexander Schmalcz, tuvo el buen gusto de no romper su perfecto final («Qué cansados estamos de andar: ¿será esto, acaso, la muerte?») con una propina. Otros veinte años más, por favor.