Madrid: García, sin una sola arruga

14 / 05 / 2019 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 2 minutos

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La recién recuperada obra de Manuel García aúna la diversión de la trama con la técnica belcantista © Fundación Juan March
La recién recuperada obra de Manuel García aúna la diversión de la trama con la técnica belcantista © Fundación Juan March
La recién recuperada obra de Manuel García aúna la diversión de la trama con la técnica belcantista © Fundación Juan March

Fundación Juan March

Manuel García: IL FINTO SORDO

Estreno en época moderna

Cristina Toledo, Francisco Fernández-Rueda, Damián del Castillo, César San Martín, Carol García, Gerardo Bullón. Piano y dirección: Rubén Fernández Aguirre. Dirección de escena: Paco Azorín. 8 de mayo de 2019.

La Fundación Juan March y el Teatro de La Zarzuela prosiguen la recuperación de las óperas de salón del gran Manuel García (1775-1832), en este caso con la colaboración de ABAO Bilbao Opera. El compositor, cantante y pedagogo español las escribió en París, hacia el final de su carrera y estaban destinadas al entretenimiento social –una sofisticación inconcebible hoy en día– pero también, porque García no daba puntada sin hilo, a la exhibición de los alumnos del maestro.

Se funden así, de forma muy rossiniana, dos propósitos: la diversión, es decir el mandato inviolable de no aburrir al personal –concepto quizá algo olvidado en los pedantes teatros de ópera actual– y el dominio absoluto de la técnica belcantista. Il finto sordo, la última de las obras de este género que compuso García, reúne las dos características; es una ópera bufa, con un argumento trillado pero ingenioso y eficaz: el de una joven enamorada de un joven militar y obligada por su padre a casarse con un viejo rico.

También constituye todo un reto para los actores cantantes, de los que exige un dominio perfecto de la respiración, canto legato, emisión, agilidades, conjunción e incluso –otra costumbre perdida, salvo en los especialistas– improvisación y creatividad, algo a lo que el García pedagogo daba una importancia primordial.

El reparto vocal, encabezado por Cristina Toledo, cumplió de sobra con las altas exigencias de una obra aparentemente menor

Por eso una obra aparentemente menor exige cantantes de primera fila. Así se cumplió en el rescate de esta obra maestra, con un reparto en estado de gracia. Cristina Toledo fue una maravillosa enamorada –y cantó divinamente la famosa canción Floris, también de García, añadida a modo de regalo–, los tres barítonos, algo excepcional, Damián del Castillo, César San Martín y Gerardo Bullón estuvieron pletóricos de medios y de teatralidad.

El tenor Francisco Fernández-Rueda brilló en su papel de joven capitán y la mezzo Carol García derrochó finura vocal y teatral en su papel de criada y confidente. Muy bien el joven actor –mudo, esta vez– Riccardo Benfatto, que amenizó las transiciones con mucha gracia. Al piano y a la dirección estuvo Rubén Fernández Aguirre, que ejerció de adaptador brindando una lección de sabiduría desde la larga obertura, mimando siempre a los cantantes sin perder el ritmo y la alegría.

Paco Azorín modernizó la escena. A veces demasiado, como el final discotequero y el tono rockero de la actuación de Cristina Toledo en Floris, pieza demasiado delicada para ello, un detalle que no empañó una puesta en escena eficaz, ágil, llena de efectos de buena ley y muy divertida. Un gran éxito de una obra presentada sin una sola arruga. No puede quedar sin mención el espléndido y erudito programa de mano.