Madrid: Pelly saca a pasear los monstruos cotidianos

26 / 04 / 2019 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 minutos

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Pelly firmó un montaje en el que supo sacarle partido a la teatralidad de la ópera de Verdi en el que el Falstaff de Roberto de Candia resultó correcto y acertado © Teatro Real / Javier DEL REAL
Pelly firmó un montaje en el que supo sacarle partido a la teatralidad de la ópera de Verdi en el que el Falstaff de Roberto de Candia resultó correcto y acertado © Teatro Real / Javier DEL REAL
Pelly firmó un montaje en el que supo sacarle partido a la teatralidad de la ópera de Verdi en el que el Falstaff de Roberto de Candia resultó correcto y acertado © Teatro Real / Javier DEL REAL
Pelly firmó un montaje en el que supo sacarle partido a la teatralidad de la ópera de Verdi en el que el Falstaff de Roberto de Candia resultó correcto y acertado © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Verdi: FALSTAFF

Nueva producción

Roberto De Candia, Rebecca Evans, Joel Prieto, Maite Beaumont, Simone Piazzola, Ruth Iniesta, Daniela Barcellona, Christophe Mortagne, Mikeldi Atxalandabaso y Valeriano Lanchas. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección: Daniele Rustioni. Dirección de escena: Laurent Pelly. 23 de abril de 2019.

La burguesía aburrida, deshecha de convenciones, la misma que describe con rutinaria orfebrería Albert Cohen en Bella del Señor, o la que disecciona con rudeza en su jaula de cristal Buñuel en El ángel exterminador, es el verdadero objeto de burla de la última ópera de Verdi. Pero para poder retratarla en toda su grisura hace falta el extremo de un Falstaff protagonista que, como él mismo afirma, haga al resto astutos y desencadene las argucias. La diferencia es que aquí no se cuenta, como en el cine, con una cláusula surrealista para disfrazar el relato, sino la siempre ancha capa de lo satírico para convertir en comedia un retrato de clase.

Y la sátira de Verdi (y Boito) contiene, como sus dramas, un brindis al sadismo. El personaje de Falstaff evoluciona en la retina del espectador desde el rechazo hasta la ternura, para acabar imponiendo su innoble sabiduría, la misma que coloca al oyente en un lugar incómodo. Para todo ello confeccionó Verdi una partitura pletórica, sin concesiones a las arias, oberturas o cabalette, y primando un texto que obliga a lo teatral como única salida del laberinto.

Laurent Pelly propuso en su nuevo montaje para el Teatro Real su solución al rompecabezas: un despliegue escénico a ratos sencillo, a ratos minucioso, con la funcionalidad que los personajes inquietos de Shakespeare suelen requerir. Coloreó su costumbrismo con múltiples referencias a la cultura popular, desde las escaleras invertidas de Escher hasta el vestuario de Bardolfo, emulando a Paulie de Los Soprano.

© Teatro Real / Javier DEL REAL

Roberto de Candia se metió en la piel de un Falstaff petulante que vocalmente no resultó sobresaliente

Pero el punto fuerte del montaje, por encima de la calidad neta de los cantantes, fue la interpretación actoral. Roberto de Candia, ascendido al primer reparto, triunfó con un Falstaff hedonista y petulante en primera instancia, pero destruido por dentro a poco que se le mantenga la mirada. Vocalmente no sobresalió –sacó poco picante a su monólogo– pero transmitió la fragilidad precisa. Rebecca Evans construyó una Alice robusta y Simone Piazzola un Ford que fue creciendo hasta el último acto, momento en el cual la fatiga hizo acto de presencia y la voz se estranguló un tanto. Convincente en su Nannetta de pretendida voluptuosidad Ruth Iniesta, y más discreto el resto del reparto donde los experimentados Maite Beaumont, Joel Prieto y Daniela Barcelona defendieron sus papeles sin grandes estridencias.

La dirección de Daniele Rustioni tuvo algunos fogonazos de genio, pero a la larga adoleció de falta de color y contraste en una partitura en la que la tímbrica y el balance son puentes necesarios entre el compositor y el espectador.

En definitiva, volvió Falstaff a Madrid con su reflexión sobre los riesgos de lo acomodaticio gracias a un montaje honesto que, sin apabullar, sacó a pasear los monstruos cotidianos que tanto asustan, como ese espejo mostrado en el último instante de la obra que hace al público partícipe y corresponsable de las miserias vistas en escena