Heras-Casado dirige la boda vienesa de Orfeo y Eurídice

Viena

15 / 06 / 2022 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 4 min

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lorfeo-operaactual-wienerstaatsoper Georg Nigl (Orfeo) y Kate Lindsey (Euridice) © Wiener Staatsoper / Michael PÖHN

Wiener Staatsoper

Monteverdi: L'ORFEO

Nueva producción

Kate Lindsey, Georg Nigl, Slávka Zámečníková, Christina Bock, Andrea Mastroni, Iurii Iushkevich, Narumi Hashioka. Dirección musical: Pablo Heras-Casado. Dirección de escena: Tom Morris. 11 de junio de 2022.

Convertir el teatro de ópera en un salón de dimensiones colosales. Esto es lo que propone la Wiener Staatsoper con su última producción, L’Orfeo de Claudio Monteverdi, de la mano experta de Tom Morrison al lado de un celebradísimo director español Pablo Heras-Casado. Sobre el escenario se prepara un banquete; el público va entrando en la sala y, tal y como lo hace, se encuentra no en un palco o en una platea, sino efectivamente en un salón, donde va a celebrarse la malograda boda de Orfeo y Eurídice.

Esa curiosa cancelación de la cuarta pared funciona perfectamente con la (casi) primera ópera de la historia. El gesto es tan sorprendente como acertado desde un punto de vista historicista: cabe imaginar el estreno del Orfeo monteverdiano, en ocasión de los carnavales de Mantua de 1607, más como una fiesta cortesana que como un espectáculo operístico al uso moderno. La famosa Toccata inicial, emblema de los duques de Mantua, sirvió para llamar al orden e ir reconstituyendo así los límites acostumbrados. Antes de devolver definitivamente el decoro al teatro, empero, Heras-Casado se dio el gusto de caminar hacia su escaño acompañado de un timbalero, emulando el gesto megalómano de Jordi Savall en el Gran Teatre del Liceu barcelonés.

A continuación sucedió algo un tanto extraño: la soprano Kate Lindsey, que había cantado una Donna Elvira excelente la noche anterior, atacó sus primeros versos como La Musica no en italiano, sino en una mezcla bizarra de inglés y alemán. Está claro que la idea era continuar con la integración del público en el espectáculo, aprovechando que este personaje metafórico lo interpela directamente al inicio de la ópera. El resultado, en cualquier caso, rayó lo kitsch. La música clásica en Viena es a la vez alta cultura y souvenir, y ambos tienen que convivir también sobre el escenario.

La velada, después de esta curiosa entrée, se desarrolló sin embargo con normalidad. La puesta de escena de Morrison satisfizo al público vienés con su vistosidad y su esmerada gestión de los afectos, muy acordes con la idea de cultura barroca establecida. El cambio de cuadro escénico que implica la bajada a los infiernos de Orfeo, por ejemplo, es especialmente impactante; el suelo se levanta, literalmente, arrancando árboles y raíces con sonido post-producido, para dejar al descubierto el inframundo de Proserpina y Plutón. El timbre a la vez suave y concentrado de Lindsey produjo una emocionante “Lasciate ogni speranza”, esa cita de la Commedia de Dante que convierte su personaje en una especie de Virgilio traidor. La famosa súplica de Orfeo, “Possente spirto”, fue menos convincente, quizás debido a un relativo mecanicismo en los fragmentos improvisados.

"El Orfeo del tenor Georg Nigl, de timbre amplio y despojado, convenció el público de la Staatsoper, pero no fue ni mucho menos lo mejor de la tarde a nivel vocal"

El Orfeo del tenor Georg Nigl, de timbre amplio y despojado, convenció al público de la Staatsoper, pero no fue ni mucho menos lo mejor de la tarde a nivel vocal. Su protagonismo se vio eclipsado por la interpretación de Iurii Iushkevich y Narumi Hashioka, a cargo de los dos pastores que puntúan la desafortunada historia de Orfeo y Eurídice con diversos números a solo y a dúo. Fueron ellos los estandartes de la seconda prattica en este nuevo Orfeo vienés: su lamento por la muerte de Eurídice al final del segundo acto trajo el tan esperado eco del madrigal monteverdiano, un género imprescindible para comprender la totalidad de su obra. Lo hizo, sin embargo, sin afectar la organicidad del conjunto, bien trabado a nivel dramatúrgico por parte de Morrison y conducido brillantemente por la batuta de Heras-Casado. Su Orfeo empieza en palacio y acaba en el teatro, convertido, como quizás lo pretendió Monteverdi, de fiesta cortesana en semilla de una nueva forma de espectáculo.  * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL