Londres: Bodas fallidas

20 / 07 / 2019 - Eduardo BENARROCH - Tiempo de lectura: 3 minutos

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Ni Simon Kennlyside ni Joélle Harvey lograron brillar en unas 'Nozze' demasiado planas © The Royal Opera / Mark DOUET
Ni Simon Kennlyside ni Joélle Harvey lograron brillar en unas 'Nozze' demasiado planas © The Royal Opera / Mark DOUET

The Royal Opera House

Mozart: LE NOZZE DI FIGARO

Christian Gerhaher, Joélle Harvey, Simon Keenlyside, Julia Kleiter, Kangmin Justin Kim, Maurizio Muraro, Jeremy White, Diana Montague. Dirección: John Eliot Gardiner. Dirección de escena: Thomas Guthrie. 12 de julio de 2019.

Ni siquiera una ópera perfecta servida en una producción original de David McVicar se salvó de una muy imperfecta reposición a cargo de Thomas Guthrie, que la convirtió en un espectáculo casi hilarante por las exageraciones de todo tipo. A ello se sumó un elenco con grandes nombres pero que no acabó de estar a la altura de la fantástica partitura.

Christian Gerhaher es un muy un buen recitalista, pero en este escenario le faltó la chispa y el ingenio necesarios para representar a esa figura rebelde que es Figaro; el suyo resultó más bien introvertido. En cambio Joélle Harvey presentó una Susanna dúctil, muy bien cantada y actuada, con unos movimientos clásicos estudiados al milímetro que resultaron una verdadera delicia. Simon Keenlyside, un excelente cantante/actor, estuvo a medio gas sobre el escenario de la ROH, su Conde, el único personaje noble de toda la obra, falló justamente en eso, en una carencia de nobleza que Keenlyside confundió con autoridad, algo que mostró a raudales, pero en forma caricaturesca y a veces hasta ofensiva. ¿A quién se le ocurre caminar a propósito sobre el velo de Susanna?  A Donald Trump quizás, pero no al Conde.

Julia Kleiter es una cantante correcta, de buena presencia, a quien el “Porgi amor” le resultó demasiado difícil, pero que entonó “Dove sono” con sentido de ocasión. Hubo una novedad en este Cherubino cantado por un contratenor de Corea del Sur. Kangmin Justin Kim lo presentó como un ser lleno de testosterona que descubre que tiene pechos durante la escena en la habitación de la Condesa del primer acto, ¿quizás para reforzar el hecho que no es una mujer? En todo caso, Kim cantó con una voz atractiva, pero tirando a calar con frecuencia.

Si los papeles principales resultaron desequilibrados, los secundarios estuvieron impecables, en especial el excelente Bartolo de Maurizio Muraro, de voz rica, típica de los bajo bufo, junto al siempre eficaz Jeremy White como un perfecto Antonio, una maravilla de bufonería bien medida. Diana Montague fue una atractiva Marcellina, Jean-Paul Fouchécourt un superexagerado Basilio y Yaritza Véliz una Barbarina muy pilla.

Esta ópera siempre se vende bien con el público londinense, que colmó el teatro, pero precisamente porque la obra es indestructible al espectáculo le faltó la tensión que necesita entre nobleza y servitud.  John Eliot Gardiner dirigió con su acostumbrada atención al fraseo, pero con frecuencia hubo falta de sincronización entre el foso y sus solistas.