'Lied', fantasías y danza en el coliseo bávaro

Múnich

28 / 05 / 2020 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 4 min

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Golda Schultz brilló junto al pianista Francesco Sergio Fundarò © Staatsoper.tv
Paolo Taballione interpretó fantasías sobre temas de ópera © Staatsoper.tv
Los solistas del Bayerisches Staatsballet clausuraron el concierto © Staatsoper.tv

Bayerische Staatsoper

Recital de GOLDA SCHULTZ

En 'streaming'

Obras de Sarasate, Taballione, Auer, Waxman, Shubert, Jachaturián, Chaikovsky y Carter. Golda Schultz, soprano. Francesco Sergio Fundarò, piano. Paolo Taballione, flauta. Fabio Cerroni, piano. Solistas del Bayerisches Staatsballet. 25 de mayo de 2020.

La música no deja de sonar en la Bayerische Staatsoper, que ya cuenta ocho ediciones de sus Montagskonzerte (conciertos del lunes), con los cuales el teatro quiere fomentar el apoyo económico a los artistas de la escena independiente. En cuanto a la elección de repertorio, las veladas semanales en la Ópera de Baviera ofrecen sorpresa tras sorpresa. La crisis del coronavirus, que a parte de eliminar la presencia de público también ha hecho imposible la reunión de orquestas y coros en el escenario, está obligando al mundo de la música clásica a reconsiderar sus fundamentos. Esto da pie a propuestas que, desde el universo ahora inevitable del ámbito camerístico, invitan al descubrimiento de nuevos horizontes a través de una perspectiva más íntima, aun teniendo que descartar el calor del directo.

La octava edición de los Montagskonzerte no fue una excepción. El recorrido de la velada, concebida en tres partes diferenciadas, arrancó con Franz Schubert y John Carter de la mano de Golda Schultz, con el acompañamiento de Francesco Sergio Fundarò al piano. La soprano sudafricana residente en Baviera y antiguo miembro del elenco del Opernstudio muniqués, propuso para empezar un Schubert poco frecuente, centrado en la contundente Blumenballade Viola, D 786. Esta larga Balada de las flores ofrece de forma concentrada las más diversas facetas del compositor austriaco, desde una sencillez melódica casi kitsch al más elocuente discurso armónico, y pone a prueba constantemente la solidez de la voz con su insistencia en el registro medio-agudo. El timbre brillante, mozartiano, de Schultz superó la prueba con nota, aunque estuvo más bien recogida en la maravillosa y más clásica canción Die Mutter Erde, que cerró la excursión schubertiana.

"Golda Schultz supo aprovecar la ocasión para destacarse, más amplia, tanto por lo que hace al instrumento como a la gestualidad, ante el teatro vacío"

En la segunda parte de su intervención la cantante mostró una faceta mucho más libre, si cabe. Schultz y Fundarò presentaron la exuberante Cantata de John Carter, clarinetista y compositor afroamericano anclado en el jazz. Compuesta en Los Angeles en 1964, la obra explora, quizás a la manera de Berio y sus Folksongs, la productiva confluencia entre la música tradicional y la música de arte occidental. La reelaboración del espiritual negro que acomete Carter (el papel de la soprano recuerda bastante al de un predicador evangélico) fue tanto atrevida como apoteósica: así la voz como el piano, en el que brilló un Fundarò más desinhibido, se exhiben virtuosos y sinceros, salvajes. Golda Schultz supo aprovechar la ocasión para destacarse, más amplia, tanto por lo que hace al instrumento como a la gestualidad, ante el teatro vacío.

Siguió a la voz la flauta de Paolo Taballione, cuya larga y galardonada carrera lo condujo a su actual puesto de solista de la Bayerischer Staatsorchester en 2008. El flautista romano quiso homenajear a la tan añorada ópera con una selección de fantasías para instrumento solista y piano, basadas en algunos de los títulos más conocidos del repertorio. Este formato, que a priori puede aparecer simplemente como goloso recuerdo de algo que no puede estar ahí en su plenitud, remite de hecho a una forma de hacer música muy frecuente durante la segunda mitad del siglo XIX. Popularizada por Liszt, la fantasía sobre temas operísticos permitía trasladar la pomposidad del género a lo reducido del salón burgués. Tan solo había que disponer de —y saber manejar, claro— un piano y un instrumento solista, normalmente de cuerda. En efecto, Taballione recicló y reinterpretó para la ocasión una serie de partituras compuestas por famosos virtuosos del violín. Entre ellos sobresale Pablo de Sarasate (1844-1908), destacado violinista español autor de una fantasía sobre Die Zauberflöte declaradamente paganiniana. Taballione, acompañado por un sobrio Fabio Cerroni al piano, asumió con convicción los excesivos fuegos artificiales de esta pieza y se atrevió, a continuación, con una fantasía sobre La Traviata compuesta por él mismo.

Su intervención, quizás demasiado dilatada, continuó con una transcripción del aria de Lensky de Evgeni Onegin, mucho más sobria y, aunque también concebida originalmente para violín, puede que más idiomática para flauta (gracias, es de justicia decirlo, al archifamoso Emmanuel Pahud, quien popularizó la versión flautística del aria). Para acabar su aparatoso viaje por este curioso género, Taballione se enzarzó con éxito en la fantasía sobre Carmen de Franz Waxman, grandioso homenaje a la fuerza dramatúrgica de la música de Bizet, que además de desplegar una coda de infarto fue la obra más interesante.

La tarde todavía palpitaba. Faltaba, para terminar, la esperada intervención de los solistas del Bayerisches Staatsballet, que también se han visto privados de actuar delante de su público. No es la primera vez que los bailarines del ballet bávaro salen al escenario en los conciertos del lunes, aunque no son habituales. Yuri Grigorovich, Jeanett Kakareka, Dimitrii Vyskubenko y Osiel Gouneo interpretaron individualmente pequeños números escogidos de algunos de los ballets más exitosos de la temporada (Spartacus, Jewels, Dornröschen o Borderlands). El streaming permitió ver a los bailarines desde todos los puntos del teatro, y descubría la perspectiva privilegiada del backstage, que ofrece una amplitud y profundidad de escenario mucho mayores. La calidad exacta de los solistas brilló implacable en las cuatro intervenciones sobre grabaciones en directo de la Bayerische Staatsorchester (lo que resultó un poco extraño, ya que se oían hasta las toses de un público fantasma). A destacar, quizás, el solo de Osiel Gouneo sobre coreografía de Wayne McGregor, cuya plasticidad contemporánea fue un alivio después de la clásica rigidez de los tres anteriores. Cuatro pequeños sorbos de danza, para concluir una larga y atractiva velada de protagonismos dispares.