Lausana: Un espejo del inframundo

05 / 06 / 2019 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 2 minutos

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© Opera de Lausanne / Alan HUMEROSE
La puesta en escena del francés Aurélien Bory propuso un inteligente juego de espejos para diferenciar la tierra y el inframundo al que desciende Orfeo © Opera de Lausanne / Alan HUMEROSE

Opéra de Lausanne

Gluck: ORPHÉE ET EURYDICE

Cierre de la temporada

Philippe Talbot, Hélène Guilmet, Marie Lys. Dirección: Diego Fasolis. Dirección de escena: Aurélien Bory. 2 de junio de 2019

A Gluck se le debe mucho de la ópera que vendría después; el compositor quiso poner orden, a través de su reforma, a un género que estaba subyugado a las órdenes de los castrati y de las divas del momento, que manipulaban a su antojo arias, intervenciones y argumentos. Gluck quiso depurar lo superfluo de la composición operística, eliminando recitativos con clave, para reducirlos acompañados orquestalmente y prescindir del aria da capo y de los ritornelli. Todo ello para que la ópera ganara un mayor sentido dramático-musical en un momento en el que estaba en boga el fervor por lo clásico, y así, las nuevas obras para el teatro musical lo comenzaron a reflejar en sus argumentos.

La Ópera de Lausana ha propuesto como cierre de temporada la versión de 1774 de Orphée ed Eurydice que Gluck revisaría para la Ópera de París siguiendo los cánones y gustos del público francés, añadiendo espectaculares ballets y haciendo cambios significativos en cuanto a instrumentación y al rol protagonista, que pasó a ser un tenor.

La puesta en escena del regista francés Aurélien Bory hizo del juego de un espectacular espejo polarizado su eje visual, de gran belleza. Vagando entre la atemporalidad y cuadros de Jean-Baptiste-Camille Corot, consiguió efectos de gran impacto, como la escena del entierro de Eurydice, o el ballet de las Furias del segundo acto, así como en la fastuosa escena del enfrentamiento en la entrada del inframundo, con juego de sombras y luz estroboscópica. Quizás la metáfora de girar el gigantesco espejo para diferenciar la tierra del inframundo, si bien se entendió adecuadamente desde el punto de vista teatral, a la larga dificultaría la proyección de las voces.

Musicalmente Diego Fasolis imprimió mucha garra y energía en su dirección, a pesar de apostar en ciertos momentos de tempi algo lentos. Lo cierto es que pasó algún apuro en el primer acto en la coordinación foso-escenario, pero una vez pasada la dificilísima página «Impitoyables Dieux!», en la que el maestro del Tesino tuvo que soltar un sonoro «Calme» al tenor, todo cogió su cauce y Fasolis ofreció páginas de auténtica belleza, con el siempre maravilloso sonido de gran pureza de la Orchestre de Chambre de Lausanne. El coro, fue, asimismo, el gran triunfador de la velada, a quien se le escuchó especialmente inspirado.

© Opera de Lausanne / Alan HUMEROSE

Marie Lys fue l'Amour en la clausura del curso

Vocalmente, el extenuante rol de Orphée recayó en el tenor francés Philippe Talbot, quien gustó mucho por un timbre muy cálido y de buena proyección, pero que presentó problemas importantes de afinación con control técnico algo difuso. Por su parte, la Eurydice de Hélène Guilmet pasó sin pena ni gloria; estuvo bien cantada, pero con un timbre muy impersonal y algo estridente en el registro agudo. Sin duda, lo mejor del reparto fue el Amour de la soprano suiza Marie Lys, quien, obligada a cantar a lo circense (con acrobacias, subidas y caídas) estuvo impecable en cuanto a lo técnico y muy refinada musicalmente. Lástima que el rol sea tan corto.