Las voces del Holocausto continúan hablando

Múnich

12 / 03 / 2024 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

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weinberg munich La nueva producción de 'Die Passagierin' de Tobias Kratzer © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL
weinberg munich La nueva producción de 'Die Passagierin' de Tobias Kratzer © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL
weinberg munich La nueva producción de 'Die Passagierin' de Tobias Kratzer © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL

Bayerische Staatsoper

Weinberg: DIE PASSAGIERIN

Nueva producción

Sophie Koch, Charles Workman, Elena Tsallagova, Jacques Imbrailo, Larissa Diadkova. Dirección musical: Vladimir Jurowski. Dirección de escena: Tobias Kratzer. Nationaltheater, 10 de marzo de 2024.

La ópera, a diferencia del cine, la literatura u otras expresiones artísticas, ha sido más reacia a abordar una tragedia histórica de la magnitud del Holocausto. Die Passagierin (La pasajera) de Mieczysław Weinberg es, seguramente, el título más notorio al respecto, pese a que su trayectoria no fue fácil. El estreno se produjo años después de la muerte del compositor polaco, ya que, en la Unión Soviética, donde Weinberg se había refugiado huyendo del nazismo, fue imposible que viera la luz en 1968, como inicialmente estaba previsto. Mientras el Teatro Real acoge en estos días el montaje primigenio presentado en 2010 en el Festival de Bregenz (ver crítica en este enlace), la Bayerische Staatsoper presenta esta nueva producción, la primera tras el fallecimiento, casi a los 99 años, de Zofia Posmysz, la autora polaca, superviviente de Auschwitz e inspiradora del libreto de Alexander Medvedev.

El montaje de Tobias Kratzer para la Ópera de Baviera se enfrenta a dos preguntas esenciales, la primera de ellas evidente: ¿Cómo llevar a escena el horror de un campo de concentración? La segunda gana peso a cada año que pasa: ¿Qué sucederá cuándo ya no queden testigos directos que expliquen el Holocausto? ¿Se difuminará su memoria? El director alemán, en su debut en el teatro de Múnich, intenta responder estas cuestiones añadiendo un tercer nivel narrativo a los dos existentes en la ópera de Weinberg. Si en esta se alternan el final de los años 50 (el viaje en transatlántico a Brasil de Walter y su esposa Lisa, antigua integrante de las SS y guardiana en Auschwitz) y los años 40 (la experiencia en el campo, centrada en la joven Marta, a quien Lisa cree reconocer en el barco), Kratzer enmarca la acción en la actualidad, con una anciana Lisa, encarnada de forma admirable por la actriz Sibylle Maria Dordel, viajando también en barco con las cenizas de su esposo, seguramente de regreso a Europa.

A esta opción dramatúrgica, Kratzer añade otra propuesta aún más radical: no recrear ni Auschwitz ni toda la parafernalia nazi asociada. Una decisión opinable, aunque comprensible, ya que, aunque sea de forma estilizada, una representación naturalista corre el riesgo de banalizar la tragedia. Por otra parte, el aluvión de imágenes en el que vivimos, incluidas las del Holocausto, tanto en obras de ficción como documentales, ¿no está anestesiando la sensibilidad hacia hechos que tendrían que repugnar a cualquier ser humano decente? Sea como sea, Kratzer asume sin ambages las decisiones adoptadas y las traslada al escenario con un brillante oficio teatral.

La imponente escenografía del primer acto (obra, como el vestuario, de Rainer Sellmaier) consiste en tres pisos de camarotes, con movimientos laterales para mostrar el interior. En estas idas y venidas la anciana Lisa revive con espanto el momento en que creyó reconocer en una pasajera a una prisionera de Auschwitz a quien suponía muerta. Los fantasmas del pasado no reviven de forma explícita, sino que son los turistas que viajan en el barco (en un efecto de entrada desconcertante) los que asumen las partes de los años 40. Entre ellas, un grupo de mujeres vestidas de negro, como Marta, todas ellas prisioneras. Incapaz de soportar la culpa revivida por estos recuerdos traumáticos, la anciana Lisa se lanza al agua, acogida por la profundidad del océano, como muestra el impactante video que cierra el primer acto.

Nuevo golpe de efecto de Kratzer en el inicio del acto siguiente, ya que es la Lisa de los años 50 quien aparece toda mojada en escena ante un decorado inquietante: el salón de banquetes del navío, hileras inacabables de mesas y sillas que se pierden en la oscuridad, como las hileras de prisioneros que perecieron bajo el criminal régimen nazi. Único reparo: un espacio tan abierto no favorecía la proyección de las voces. Las referencias temporales contemporáneas desaparecen, pero el salto en el tiempo a los años 40 tampoco se produce y es la tripulación del navío la que se encarga de martirizar a las cautivas, con Lisa adoptando con Marta un papel mucho más cruel del que reconocía ante Walter. Rehuyendo todo recurso morboso, el director consigue escenas acongojantes, como el recuento de las prisioneras. Al oír el número que llevan tatuado, van cayendo desplomadas sobre las mesas, ocupadas después por el coro de pasajeros. Estos se giran, entre sorprendidos y acusadores, cuando oyen a Lisa explicar a Walter su pasado. Todos menos un anciano que, al final, la deja, sola, ante un monitor de televisión con imágenes del Holocausto. El telón baja para volver a mostrar, como en el inicio de la función, la infinitud del océano mientras en el epílogo Marta canta que “cuando las voces callen, pereceremos”. Quizá esta es la respuesta: a través del arte, hacer que las voces no callen.

"Los escasos paréntesis líricos, el sarcasmo y las citas distorsionadas convivieron con el recurso a melodías y ritmos más bien frívolos, que Jurowski acertó en tratar como intrusiones chirriantes en un contexto trágico"

Otras decisiones adoptadas por Kratzer en colaboración con el director musical de la producción, Vladimir Jurowski, comportaban interpretar Die Passagierin no en el ruso del libreto original, sino en la multiplicidad de lenguas (alemán, polaco, checo, jiddish, francés e inglés) propia de los personajes, excepto uno, que ha pasado por la poda (Katja, una partisana rusa). También se han recortado diversos pasajes musicales, así como se han reasignado algunas réplicas. Todas estas decisiones están justificadas por sus responsables en un programa de mano de dimensiones inauditas en tierras hispánicas (335 páginas). Más allá de estas circunstancias, el titular de la ópera bávara firmó una lectura sin concesiones, ni al efectismo ni al sentimentalismo. Su batuta, tan implacable como impecable, propulsó una música de clara raigambre shostakoviana, en especial en las desoladas peroraciones orquestales en las que la cuerda de la orquesta muniquesa brilló sobremanera. Los escasos paréntesis líricos, el sarcasmo y las citas distorsionadas (la deconstrucción de la chacona de Bach en el clímax dramático de la ópera) convivieron con el recurso a melodías y ritmos más bien frívolos, que Jurowski acertó en tratar como intrusiones chirriantes en un contexto trágico. Si la orquesta respondió con precisión milimétrica a las indicaciones de su director, el coro sonó compacto en sus hirientes lamentaciones fuera de escena.

Un reparto sin mácula aportó más que un grano de arena al éxito de la representación. Sophie Koch fue una Lisa de voz homogénea, fraseo cuidado y potente presencia escénica, haciendo visible la (re)caída en el infierno del personaje, en contraposición al Walter de Charles Workman, su canto sin alambicamientos bien ajustado a la relación oscilante, entre el amor y la repulsión, con su esposa. A nivel vocal, la interpretación más sobresaliente fue la Marta de Elena Tsallagova, cuyo timbre luminoso y línea efusiva aportaban calidez en medio de la oscuridad, a la vez que no obviaba cierto toque enigmático del personaje. Tadeusz, su compañero violinista que decide interpretar a Bach como acto de resistencia a sus torturadores, encontró en Jacques Imbrailo a un intérprete de canto noble. El resto del reparto funcionó a la perfección, como los SS, aquí sin uniforme, encarnados por Bálint Szábo, Roman Chabaranok y Gideon Poppe, destacando en especial, entre el grupo de prisioneras, la veterana Larissa Diadkova como Bronka. Cálidas ovaciones recibieron los integrantes del equipo artístico tras el estreno de esta producción de una obra tan admirable como necesaria para que la memoria no se difumine.  * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL