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Las dos Iphigénies de Gluck según Tcherniakov y Haïm
Aix-en-Provence
Festival de Aix-en-Provence
Gluck: IPHIGÉNIE EN AULIDE / IPHIGÉNIE EN TAURIDE
Nueva producción
Corinne Winters, Russel Braun, Véronique Gens, Alasdair Kent, Nicolas Cavallier, Soula Parassidis, Lukás Zeman, Tomasz Kumiega, Corinne Winters, Florian Sempey, Stanislas de Barbeyrac, Alexandre Duhamel, Laura Jarell. Dirección musical: Emmanuelle Haïm. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov. Grand Théâtre de Provence, 16 de julio de 2024.
El Festival de Aix-en-Provence presentó para esta edición el ambicioso proyecto de ofrecer en una sola velada las dos óperas de Christoph Willibald Gluck, Iphigénie en Aulide (1774) e Iphigénie en Tauride (1779). Con un sólido reparto bajo la dirección escénica de Dmitri Tcherniakov y la musical de Emmanuelle Haïm, la experiencia fue tan fascinante como desigual, mostrando altos y bajos. El regista, conocido por su enfoque radical y su tendencia a reinterpretar los libretos de manera audaz, optó esta vez por una puesta en escena minimalista cargada de simbolismo dramático. Se decidió por un diseño escénico que no terminó de despegar, con un decorado único que no logró transmitir la profundidad emocional ni la tensión inherentes a las obras. Tras la decepción de su Così fan tutte del año pasado (ver crítica en este enlace), el director ruso optó por un enfoque más contenido, utilizando como única escenografía una villa italiana que se transformaba de luminosa y festiva en Iphigénie en Aulide a oscura y desolada en Iphigénie en Tauride.
En el primer título, Tcherniakov presentó la escena de la boda de Iphigénie y Achille como una celebración superficial y frívola en un entorno familiar de clase alta, ajeno al sacrificio inminente. Los personajes, vestidos con atuendos modernos y opulentos, se movían en la villa decorada de manera elegante y minimal reflejando una vida de lujo y despreocupación. La atmósfera marcada por danzas y brindis, pero también con movimientos de índole militar, contrastó violentamente con el subtexto de tragedia que se cernía sobre Iphigénie. La escenografía incluía un oculus frontal que evocaba la arquitectura clásica y un mobiliario que representaba tanto la intimidad familiar como el desmoronamiento de los valores morales.
Al finalizar el primer título, el telón cayó y se iluminó con la palabra «Guerre«, un presagio de los horrores que estaban por venir. Esta intervención de Tcherniakov sirvió como un recordatorio visual y emocional de la devastación que la guerra trae consigo, conectando ambas óperas con un hilo temático sobre las consecuencias del conflicto y la violencia, haciendo de puente entre la frivolidad de la primera parte y la sombría realidad de la segunda.
En Iphigénie en Tauride, el escenario se transformó en un espacio desolado, casi apocalíptico. La villa que antes era un símbolo de riqueza ahora era un lugar devastado, iluminado solo por luces de neón que resaltaban una estructura en ruinas. Los personajes, marcados por la guerra, vestían ropas desgastadas, reflejando el trauma y la desesperanza. Tcherniakov subrayó la psique destrozada de los sobrevivientes, con Oreste y Pylade atrapados en una espiral de dolor y locura, mientras Iphigénie, convertida en una figura trágica y envejecida, luchaba con su papel de sacerdotisa y victimaria involuntaria.
A través de esta evolución escénica, Tcherniakov logró crear un contraste dramático entre las dos obras y, aunque su enfoque dramático fue claro y su ejecución técnica competente, la puesta en escena no alcanzó el nivel de innovación y emotividad que se esperaba.
Musicalmente, Emmanuelle Haïm brilló al frente de su Concert d’Astrée, aportando una energía revitalizante que compensó en gran medida las carencias escénicas. Con un dominio absoluto de las partituras y una interpretación enérgica y matizada, logró extraer de la orquesta y el coro una variedad de colores y una profundidad emocional que la convirtió en el eje principal de la maratoniana sesión.
Corinne Winters asumió el doble papel titular con valentía y resistencia notables; interpretar a ambas Iphigénies en una sola noche es una hazaña, y Winters lo consiguió con una presencia escénica magnética y una voz que, aunque hermosa, no siempre se ajustó a las exigencias del papel, especialmente en Tauride. Su registro grave, crucial para los momentos más dramáticos, careció de la profundidad necesaria. Véronique Gens, como Clytemnestre, ofreció una interpretación matizada y emotiva, aunque su proyección en el registro central no siempre fue suficiente para llenar el teatro. Russell Braun, Agamemnon, se mostró vocalmente competente pero no del todo convincente, careciendo a veces del peso dramático necesario para el personaje. Alasdair Kent, como Achille, destacó más por su habilidad escénica que por su desempeño vocal, con un timbre nasal y agudos tensos.
En Iphigénie en Tauride, las actuaciones de Florian Sempey como Oreste y Stanislas de Barbeyrac como Pylade fueron los puntos álgidos de la noche; el segundo, con desafíos en el registro agudo, mantuvo una interpretación sólida y emocionalmente rica. Alexandre Duhamel, Thoas, ofreció una actuación convincente, reflejando la desesperación de su personaje con autenticidad desgarradora. A destacar especialmente la soprano greco-canadiense Soula Parassidis (Diana) quizás más adecuada para el rol protagonista de Tauride que la propia Winters. * Albert GARRIGA, crítico de ÓPERA ACTUAL
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