La tragedia empresarial de Jorge Fernández Guerra

Madrid

16 / 12 / 2023 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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fernández guerra madrid El estreno de 'La muerte y el industrial' en la Fundación Juan March de Madrid © Fundación Juan March / Dolores IGLESIAS
fernández guerra madrid El estreno de 'La muerte y el industrial' en la Fundación Juan March de Madrid © Fundación Juan March / Dolores IGLESIAS
fernández guerra madrid El estreno de 'La muerte y el industrial' en la Fundación Juan March de Madrid © Fundación Juan March / Dolores IGLESIAS

Fundación Juan March

Jorge Fernández Guerra: LA MUERTE Y EL INDUSTRIAL

Estreno absoluto

Javier Agudo, Manon Chauvin, Lola Bosom, Nicolás Calderón. Mónica Campillo, clarinete. Luis Gallego Cruz, violín. Dirección musical: Fran Fernández Benito. Coordinación escénica: Jorge Fernández Guerra. 13 de diciembre de 2023.

Jorge Fernández Guerra tiene la merecida fama de ser uno de los mejores compositores operísticos del país. Lo avalan títulos como Un tiempo enorme (ver crítica en este enlace) o Sin demonio no hay fortuna, entre otras. Ahora presentó La muerte y el industrial en la Fundación Juan March, gracias al esfuerzo de esta institución para promocionar y dar a conocer la ópera de cámara y, a partir de ahora, para patrocinar la creación operística. Esta obra de Fernández Guerra, la primera del siglo XXI que estrena la Fundación, vendrá seguida de otras, integradas en un esfuerzo por dar a conocer el vocabulario musical de nuestro tiempo e intentar así salvar la distancia que media entre la ópera de hoy en día y el público. Es de desear que le acompañe el acierto y la suerte.

"La partitura se basa en unas células rítmicas y melódicas en perpetua variación que sostienen un canto silábico comprensible y fácil de seguir por el público"

Fernández Guerra compuso la obra en 2022 y en un tiempo breve, recuperando así una gran tradición operística, que daba más importancia a la inmediatez que a la disquisición intelectual y/o ideológica, más propia de otros ámbitos. Se inspira en un sepulcro del cementerio de Montjuic, en Barcelona. Presenta a un esqueleto enfundado en un lienzo que abraza a un industrial difunto, en actitud de profunda meditación delante de un paisaje de chimeneas humeantes. A partir de ahí, el compositor, autor también del libreto, imagina una acción algo menos kitsch: la de un empresario que, preocupado por su legado, opta por inmortalizarse en un robot, al que transferirá sus recuerdos con la ayuda de un grupo de técnicos. Así transcurre el primer acto, que termina con la muerte del protagonista. El segundo muestra el desarrollo del experimento, que parece marchar bien pero descarrila pronto. La moraleja es que al industrial le movía la pasión del poder y que las pasiones resultan incompatibles con el mundo de la biotecnología. Queda la duda si los algoritmos no se llevan bien con las pasiones o con el poder mismo.

Par narrar esta escueta historia Fernández Guerra construye un libreto sobre la base de citas, como recuerdos intratextuales de otras memorias, y los distribuye entre cuatro cantantes. El industrial, que cantó con empaque y convicción el barítono Javier Agudo, y otros tres que se reparten varios personajes, encarnados por la soprano Manon Chauvin, la contralto Lola Bosom y el tenor Nicolás Calderón. Sin grandes dificultades, como no sea lo expuestas que quedan las voces ante la parquedad del apoyo instrumental, reducido a un violín y a un clarinete, todos cumplieron correctamente.

Sin grandes dificultades, como no sea lo expuestas que quedan las voces ante la parquedad del apoyo instrumental, reducido a dos instrumentos, todos cumplieron correctamente. Mónica Campillo al clarinete y Luis Gallego Cruz al violín estuvieron espléndidos y lograron dar a la obra intensidad, dramatismo y color.

En cuanto a la partitura, se basa en unas células rítmicas y melódicas en perpetua variación que sostienen un canto silábico comprensible y fácil de seguir por el público. Algo monótono, a veces, ante la falta de contraste y tensión dramática —una chispa de humor no habría venido mal—, que el director hizo lo posible por suplir con una paleta variada de acentos y dinámicas. La puesta en escena, también del compositor, presentaba la acción en un escenario abstracto, con proyecciones del famoso sepulcro, en el primer acto, y más psicodélicas en el segundo. El estreno tenía su pizca de picante. ¿Qué pensaría del retrato de su colega don Juan March, el gran empresario a cuyo legado se debe la puesta en escena de una obra como esta? La sala, llena, recibió el estreno con un nutrido aplauso. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL