La simbiosis entre poesía y música de Strauss

Viena

29 / 06 / 2022 - Verónica MAYNÉS - Tiempo de lectura: 3 min

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capriccio-operaactual-viena Una escena de la producción de 'Capriccio' de Marco Arturo Marelli en Viena © Wiener Staatsoper

Weiener Staatsoper

Strauss: CAPRICCIO

Maria Bengtsson, Morten Frank Larsen, Daniel Behle, Andrè Schuen, Christof Fischesser, Michaela Schuster. Dirección musical: Philippe Jordan. Dirección de escena: Marco Arturo Marelli. 27 de junio de 2022.

La Staatsoper de Viena vivió una jornada memorable protagonizada por la última ópera de Richard Strauss, Capriccio. La eterna dialéctica sobre la primacía entre verbo y sonido inspiró la representación de la obra en su conjunto, con cantantes que cuidaron al detalle su actuación teatral y bellísimos cambios escénicos que se desarrollaron perfectamente integrados en el texto, la música y la iluminación. La simbiosis entre poesía y música alcanzada por Strauss en esta obra maestra del eclecticismo sonoro, inspiró también el vestuario y la escenografía de Marco Arturo Marelli, una inteligente revisión de la estética dieciochesca con toques actuales y atemporales.

El regista dio vida al libreto en tres tiempos diferentes: finales del XVIII, época real de la trama; la década de 1940, cuando Strauss concibe la ópera –contextualización que abre y cierra la acción, con el poeta y el músico escribiendo la historia–, y la actualidad. Varias torres triangulares giratorias con espejos producían reflejos cambiantes que acusaban los destinos individuales y los distintos planos de la narración, rompiendo barreras entre espacio, tiempo y acción. Los personajes se trasladaban de una época a otra resaltándose así la atemporalidad de la historia y anticipándose el final de la misma: verbo y sonido fueron, van e irán de la mano en simbiótica unión.

"La batuta de Philippe Jordan sorteó los endiablados vericuetos de la partitura con pasmosa facilidad y capacidad para decir algo nuevo en cada compás"

Christof Fischesser lució excelentes dotes teatrales como La Roche y un registro equilibrado de profundas resonancias que adornó sus intervenciones con una ejecución segura y técnicamente irreprochable. El Olivier de Andrè Schuen sorprendió por su convincente pulso dramático y el dominio de su instrumento, tanto en los extremos de la tesitura como en la zona media. La apasionada declaración amorosa de Flamand puso de relieve la hermosa capacidad de Daniel Behle para las dinámicas, con pianissimi de conmovedora expresión y un arco de fraseo cautivador. Michaela Schuster fue una Clairon equilibrada en lo vocal y teatral, aunque con cierta tendencia a la rigidez. La Condesa de Maria Bengtsson se llevó todos los aplausos mostrando su magnífico control del fiato y su dominio de la zona aguda, a pesar de que en la grave la proyección del sonido se vio un tanto disminuido. Aun así, ello no empañó una actuación que convenció en lo musical y lo poético.

La batuta de Philippe Jordan sorteó los endiablados vericuetos de la partitura con pasmosa facilidad y capacidad para decir algo nuevo en cada compás. Jordan dictó ordenes desde el podio a los Filarmónicos con pulso firme, deteniendo el metrónomo allá donde la imaginación lo requería, destacando el vuelo poético de los momentos sinfónicos que enlazan escenas y los contrastados estilos musicales que conviven en una obra de gran complejidad. El delicioso sexteto de cuerdas que abre la ópera y el trío de violín, violonchelo y clavicémbalo, fueron también momentos para el recuerdo.  * Verónica MAYNÉS, crítica de ÓPERA ACTUAL