La Scala celebra a Puccini con una nueva ‘Rondine’

Milán

10 / 04 / 2024 - Andrea MERLI - Tiempo de lectura: 3 min

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puccini milán 'La Rondine' en MIlán, en el centenario de la muerte Puccini © Teatro alla Scala / BRESCIA & AMISANO
puccini milán 'La Rondine' en MIlán, en el centenario de la muerte Puccini © Teatro alla Scala / BRESCIA & AMISANO
puccini milán 'La Rondine' en MIlán, en el centenario de la muerte Puccini © Teatro alla Scala / BRESCIA & AMISANO

Teatro alla Scala

Puccini: LA RONDINE

Nueva producción

Mariangela Sicilia, Matteo Lippi, Rosalía Cid, Giovanni Sala. Dirección musical: Riccardo Chailly. Dirección de escena: Irina Brook. 7 de abril de 2024.

La conmemoración del centenario de la muerte de Puccini se abre en el Teatro alla Scala con su golondrina, La rondine, ópera que en pleno conflicto mundial se estrenó en Montecarlo el 27 de marzo de 1917. Única del catálogo pucciniano publicada por Sonzogno (ya que sucediendo a su editor, Giulio Ricordi, su hijo Tito no tuvo buena relación con el compositor llegando a declarar que no le interesaba un “falso Lehár”). Sin entrar en detalle en la génesis atormentada de esta obra, Puccini tenía bien claro que no iba a escribir una opereta, si bien el encargo le había llegado en 1913 desde Viena, con una oferta económica muy generosa.

El prejuicio sobre esta peculiar obra y refinada partitura, donde Puccini pudo ensayar ritmos de todo tipo, entre los más en boga de su tiempo, como el tango y el foxtrot entre otros, perduró durante mucho tiempo: en la Scala se estrenó en 1940 y se había repuesto tan solo una vez, en febrero de 1994. Ahora por fin La rondine está volando en los mayores escenarios, empezando por el Metropolitan de Nueva York y habiendo encontrado su nido tanto en el Teatro Regio de Turín como en el Teatro Filarmonico de Verona (ver crítica en este enlace) antes de aterrizar en el coliseo milanés en un nuevo montaje.

En esta ocasión se estrenaba también una nueva edición crítica realizada a partir del manuscrito que se pensaba perdido, encontrado en Torre del Lago. Preparada por Ditlev Rindom, la renovada edición no cambia mucho lo que ya se conocía, siendo el mayor hallazgo una estrofa de más en la presentación de “Il bel sogno di Doretta”, el aria más célebre de la ópera, en boca de Prunier. Lo que nada añade, más bien quita como spoiler, a lo que luego canta la protagonista. Puccini, por otro lado, tenía una personalidad inquieta –lo demuestran las cinco versiones de Madama Butterfly– y nunca se podrá saber a ciencia cierta cuál hubiese sido la forma definitiva de esta Golondrina, eso sí, ahora despojada del aria para el tenor “Parigi è la città dei desideri”.

Riccardo Chailly siempre que se enfrenta a una partitura de Puccini busca algo novedoso y no iba a ser esta una excepción; la Orquesta de La Scala equivale a un coche fuera de serie, y para conducirlo hay que tener gran profesionalidad y buen oficio. Es lo que Chailly garantiza siempre. No hace falta buscarle tres pies al gato: la brillantez de la comedia, el desenfado y la alegría, los ritmos desencadenados… Los mejores momentos Chailly los impone en los vuelos líricos, que no dramáticos, del último acto. Siempre altísimo el nivel del coro y admirable la labor de Alberto Malazzi.

"Mariangela Sicilia, Magda, que ya cantó el mismo papel en Verona hace pocas semanas, borda su 'particella' con gusto exquisito y con elegancia encantadora"

El reparto tuvo su mayor atractivo en la pareja de enamorados: Mariangela Sicilia, Magda, que ya cantó el mismo papel en Verona hace pocas semanas, borda su particella con gusto exquisito y con elegancia encantadora. Le responde perfectamente con voz gallarda, bien timbrada, segura y una actuación perfecta el tenor de Génova Matteo Lippi. Muy simpática y brillante la Lisette de la soprano de Santiago de Compostela Rosalía Cid, que demostró calidad vocal y dotes de actriz; a su lado estuvo el Prunier muy bien cantado por el tenor Giovanni Sala, perfecto como pareja cómica. El extenso reparto comprende elementos de la Accademia della Scala y otros sacados del coro, todos muy musicales y bien integrados en la comedia.

Sin embargo, en esta propuesta volvió a fallar la puesta en escena: Irina Brook cayó en la trampa de hacer de esta comedia musical una pieza metateatral; pese a lo que pensaba Tito Ricordi, La rondine abrió el paso a la silver operette de Lehár, por ejemplo, con El país de las sonrisas, donde el final es también la renuncia al amor. La regista juega con el teatro dentro del teatro e impone una figura extra (la de una directora de escena que finalmente se identifica en la protagonista) complicando un enredo que requiere solo una sencilla y clara exposición: no se trata ni de Ariadne Auf Naxos ni de Le convenienze de inconvenienze teatrali. Amen de un vestuario ordinario, de la coreografía que no supera el nivel mínimo y rayando el mal gusto. La función, sin embargo, acabó con éxito para todos.  * Andrea MERLI, corresponsal en Milán de ÓPERA ACTUAL