La primera ópera de Berlioz despide al intendente de la Semperoper

Dresde

01 / 07 / 2024 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

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berlioz dresden La nueva producción de Barbora Horáková de 'Benvenuto Cellini' © Semperoper Dresden / Ludwig OLAH
berlioz dresden La nueva producción de Barbora Horáková de 'Benvenuto Cellini' © Semperoper Dresden / Ludwig OLAH
berlioz dresden La nueva producción de Barbora Horáková de 'Benvenuto Cellini' © Semperoper Dresden / Ludwig OLAH

Semperoper Dresden

Berlioz: BENVENUTO CELLINI

Nueva producción

Anton Rositskiy, Ante Jerkunica, Jérôme Boutillier, Tuuli Takala, Štěpánka Pučálková. Dirección musical: Giampaolo Bisanti. Dirección de escena: Barbora Horáková. 29 de junio de 2024.

Tras el director musical, el intendente. Si hace unos meses, con Die Frau ohne Schatten Christian Thielemann se despedía de la Semperoper como titular de la Staatskapelle de Dresden (ver crítica en este enlace), esta nueva producción de Benvenuto Cellini suponía el punto final de la etapa de Peter Theiler como intendente del teatro sajón, un periplo que arrancó en 2018 con un montaje de Moses und Aron de Schoenberg firmado por el español Calixto Bieito. La elección para esta despedida de la primera ópera de Berlioz se enmarca en una de las líneas que han definido la gestión del director suizo, la ampliación del repertorio del teatro, sin que ello implique olvidar una tradición fuertemente arraigada en las obras de Wagner y Strauss.

Theiler ha confiado la producción a una directora presente en temporadas anteriores de su mandato, Barbora Horáková, a quien no se le puede negar que ha firmado un espectáculo vistoso, eso sí, recibido con división de opiniones. Trasladar las peripecias del artista florentino a la actualidad no supone, sobre el papel, un problema excesivo, ya que Horáková mantiene la contraposición entre el creador visionario, avanzado a su tiempo, y una concepción del arte más acomodaticia y convencional, representada por Fieramosca. Cellini se convierte, así, en un genio egocéntrico y narcisista que utiliza la tecnología más avanzada para sus creaciones (Elon Musk no está lejos).

Redes sociales, realidad virtual, bitcoins, inteligencia artificial: el montaje no rehúye los tópicos que envuelven un presente evocado tanto por el vestuario de Eva Butzkies como por el decorado de Aída Leonor Guardia, basado en dos estructuras móviles que configuran un rostro robótico tras el cual se sitúa el taller altamente tecnificado de Cellini. El problema del montaje, no sobre el papel, sino en el escenario, es una hiperactividad emparentada con el horror vacui (las constantes evoluciones de un grupo de bailarines, las proyecciones continuas en un ciclorama al fondo del escenario) y que está bañada por un humor de trazo grueso y una caracterización sumaria. Así, Cellini y Teresa actúan como dos adolescentes con las hormonas descontroladas, mientras que convertir a Ascanio en un androide no es nada nuevo (ya lo hizo hace años Philipp Stölzl en Salzburgo).

"Anton Rositskiy fue un Benvenuto Cellini de timbre claro y emisión alta, de una petulancia bienvenida en el contexto del montaje, complementada por una acrisolada musicalidad en sus dos arias"

En el haber de Horáková se puede incluir la habilidad para mover los conjuntos (la escena del carnaval, siempre peligrosa), así como la capacidad para dar una respuesta plausible a la dramaturgia descoyuntada de la ópera (compensada con creces por una partitura exuberante), en especial en su tramo final. Mejor olvidar la aparición risible de Clemente VII y sus guardias amanerados, complementada por imágenes del papa Francisco besándose con diferentes líderes mundiales (la inteligencia artificial como fuente de mentiras), para centrarse en la conversión de Cellini en una figura autodivinizada hasta la culminación in extremis de su gran obra, no una estatua, ¡sino un sistema de inteligencia artificial que convierte en robots al resto de los personajes! Horáková añade una última vuelta de tuerca con la aparición de un niño con traje y corbata y gafas oscuras que desconecta a todo el mundo con un solo botón.

Dresde optó por la versión de Weimar de la obra, incitada por Franz Liszt en 1852 para dar un nuevo impulso a una ópera que fracasó dolorosamente en su estreno en París en 1838, una opción más concentrada en el tercer acto (el segundo en el original) aunque la Semperoper prefirió la primera versión del aria de Teresa. Giampaolo Bisanti supo captar la rica escritura orquestal de Berlioz, llena de detalles cautivadores admirablemente recreados por una orquesta de nivel estratosférico como es la Staatskapelle, así como su chisporroteante vitalidad. Pero sea por la poca familiaridad general con el estilo, sea por la tensión habitual en un estreno, los desajustes entre foso y escena (tanto con el coro, por otro lado, más que notable, como con los solistas) no fueron pocos, y Bisanti tuvo que emplearse a fondo para demostrar su habilidad concertadora. Unos incidentes que no afectaron el impacto global de la lectura y que sin duda desaparecerán en funciones posteriores.

Anton Rositskiy fue un Benvenuto Cellini de timbre claro y emisión alta, de una petulancia bienvenida en el contexto del montaje, complementada por una acrisolada musicalidad en sus dos arias y una destacable resistencia física. Mayor experiencia en un personaje que debutaba le permitirá profundizar más en su vertiente poética y modular un brillante registro agudo que no necesita ser tan percutante. Tuuli Takala fue una vivaz Teresa imponiendo du un timbre mate, bien compenetrada con el Ascanio de voz jugosa de Štěpánka Pučálková en su dúo del tercer acto. Si Ante Jerkunica fue todo un lujo como un fatuo Balducci, Jérôme Boutillier fue un Fieramosca pletórico tanto a nivel vocal como en su dominio de la comedia física. Tilmann Rönnebeck como un papa Clemente VII no exento de ironía y unos bien ajustados Aaron Pegram y Vladislav Buialskiy como Francesco y Bernardino, secuaces de Cellini, fueron otros elementos destacables del reparto. Al finalizar el estreno, la ministra sajona de Cultura y Turismo agasajó a Peter Theiler.  * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL