La pirotecnia vocal de Porpora

Bayreuth

07 / 09 / 2020 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 3 min

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Max Emanuel Cencic, director de escena y solista en el papel de Lottario © Bayreuth Baroque / Falk von TRAUBENBERG
Julia Lezhneva y Franco Fagioli, magnífica pareja en Bayreuth © Bayreuth Baroque / Falk von TRAUBENBERG
Una escena de la familiar producción de Max Emanuel Cencic © Bayreuth Baroque / Falk von TRAUBENBERG

Festival de Ópera Barroca

Porpora: CARLO IL CALVO

Nueva producción

Max Emanuel Cencic, Franco Fagioli, Suzanne Jerosme, Nian Wang, Julia Lezhneva, Bruno de Sá, Petr Nekoranec. Dirección: George Petrou. Dirección de escena: Max Emanuel Cencic. Teatro de Ópera de la Margravina, 5 de septiembre de 2020.

Bayreuth ha tenido finalmente su festival, pero no el dedicado a Wagner, una de las múltiples bajas causadas por la Covid-19. Los vaivenes de la pandemia también han hecho peligrar la primera edición de su Festival de Ópera Barroca, pero pese a las severas restricciones marcadas por las autoridades bávaras (solo 200 espectadores, un 40 por cien del aforo), el certamen ha podido levantar el vuelo en un espacio incomparable, el Teatro de Ópera de la Margravina, con una joya de mediados del siglo XVIII cuya recargada decoración ha sido el marco ideal para la primera producción escénica, Carlo il Calvo de Porpora.

Estrenada en Roma en 1738 (por tanto, como marcaban las normas en la capital papal, por un reparto solo compuesto por hombres), la obra es una buena muestra del talento del que fuera profesor de Farinelli y rival puntual de Händel en Londres. Una opera seria de argumento rocambolesco (luchas dinásticas entre descendientes de Carlomagno) al servicio del más puro hedonismo vocal, una exhibición deslumbrante de pirotecnia sólo apta para cantantes con técnica aguerrida. Cierto es que en contadas ocasiones alcanza Porpora los niveles de densidad emocional del mejor Händel, pero la partitura ofrece un derroche de inventiva tal que las cinco horas de representación (incluidas dos pausas) pasaron volando. Parte de la responsabilidad también recae en el excelente reparto reunido por el director artístico del festival, Max Emanuel Cencic, uno de los protagonistas de la representación y, además, director de escena del montaje.

El Teatro que hizo construir la Magrevina Guillermina de Prusia de Bayreuth entre 1745 y 1750 a cargo del arquitecto teatral Giuseppe Galli Bibiena

"Caracterizado como un anciano, el Max Emanuel Cencic ha desplegado una voz sedosa y unas agilidades fluidas que permitían expresar las aviesas intenciones del monarca sin exageraciones gratuitas"

Cencic se reservó el papel de Lottario, el intrigante emperador que quiere desposeer de sus derechos a su medio hermano Carlo (solo un niño, pese a dar título a la obra). Caracterizado como un anciano, el contratenor croata desplegó una voz sedosa y unas agilidades fluidas que permitían expresar las aviesas intenciones del monarca sin exageraciones gratuitas. Uno de los momentos más intensos de la función fue, en el acto segundo, el aria “Quando s’oscura”, un pasaje de gran fuerza elegíaca que el Cencic director de escena convirtió en una inquietante escena de seducción con el joven Asprando, un personaje aún más retorcido que el emperador. El tenor Petr Nekoranec lo interpretó con voz fresca y cálida, destacando más tarde en el soberbio recitativo acompañado y aria “Piena di sdegno in fronte”, en la que Asprando muestra un atisbo de arrepentimiento.

Dos contratenores de voces contrastadas acompañaron a Cencic. Con un timbre más brillante e incisivo, así como un canto de agilidad exuberante, Franco Fagioli fue uno de los grandes triunfadores de la velada. Curiosamente, pese a que su personaje, Adalgiso, hijo de Lottario, tiene un carácter enamoradizo, a él corresponden algunas de las arias más alambicadas de la ópera, como las que cierran los dos primeros actos, auténticos tours de force en los que el virtuosismo del contratenor argentino quitaba el aliento. Pero Fagioli también brilló en el único dúo, un pasaje de serena belleza en el que se compenetró a la perfección con Julia Lezhneva. La soprano rusa encarnaba a Gildippe, la amada de Adalgiso, y pese a que cierta dureza en el registro agudo fue más evidente en las arias más agitadas, en el gran lamento del acto primero desplegó un canto de una dulzura inasible.

Tercer contratenor en liza, Bruno de Sá fue un Berardo de instrumento más claro que sus congéneres, incluyendo un registro agudo sorprendente. Suzanne Jerosme aportó la dignidad requerida a Giuditta, rival de Lottario y madre de Carlo, así como de Gildippe y Eduige, el papel más gris de la obra interpretado con parecida discreción por Nian Wang.

George Petrou ha convertido su conjunto Armonia Atenea en una de las referencias en la interpretación de la ópera barroca. Este Porpora lo confirma, con una dirección en la que los extensos recitativos, repletos de información, respiraban sin apresuramientos y cada aria fue tratada sin distorsiones ni extremismos en la elección de tempos, subrayando a la vez la opulencia de una paleta orquestal que incluía oboes, trompetas y trompas.

Dos comidas familiares con sendos fallecimientos abren y cierran el montaje de Max Emanuel Cencic. En medio, conspiraciones en un ambiente mafioso de los años veinte bien recreado en el hábil decorado de Giorgina Germanou y el vestuario de Maria Zorba. Como director de escena Cencic debe tener horror vacui, porque al reparto previsto añade una veintena de extras que permiten desarrollar acciones paralelas durante las dilatadas arias. En la mayoría de casos, estas acciones no distraen en demasía, pero a medida que avanza la obra la visión de sicarios blandiendo armas se hace repetitiva y los bienvenidos toques de humor derivan en una coreografía final al límite de la vergüenza ajena. Defectos menores que no afectaron el éxito de un arranque auspicioso de un nuevo festival.

Delphine Galou brilla en su recital

El flamante Festival de Ópera Barroca de Bayreuth presenta en el programa de su primera edición, junto a la producción escénica de Carlo il Calvo de Porpora, diversos conciertos, la mayoría vocales, como el protagonizado por Delphine Galou. Bajo el título sugerente de La Porta del Paradiso, la contralto francesa reúne una panorámica de música religiosa italiana de los siglos XVII y XVIII, de Monteverdi a Jommelli, pasando por Stradella, Vivaldi o Porpora. Un repertorio que permite comprobar las fronteras porosas entre el el repertorio sacro y el profano, sobre todo cuando los compositores, como la mayoría de los interpretados, frecuentan los dos campos. Con una voz de volumen modesto y timbre homogéneo, Galou defendió cada pieza con un canto siempre atento a su contenido emocional, por ejemplo, en la austeridad doliente de Et egressus est, lamentación para el Miércoles Santo de Stradella. Uno de los protagonistas del festival, Porpora, demuestra el mismo sentido de la espectacularidad vocal en su obra para la escena como en el motete In procella sine stella, que puso al límite la agilidad y la capacidad para los saltos de registro de Galou. Prueba superada con nota, como en los no menos vistosos fragmentos del oratorio Juditha triumphans de Vivaldi. La contralto es una asidua colaboradora de la Accademia Bizantina, esta vez no dirigida por su marido, Ottavio Dantone, sino por el violinista Alessandro Tampieri. La compenetración fue intachable y el reducido grupo instrumental también pudo lucirse en páginas de Corelli, Castello o Vivaldi.