‘La pasajera’, entre el recuerdo y la complacencia

Madrid

03 / 03 / 2024 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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pasajera madrid El estreno en España de ‘La pasajera’, de Weinberg © Teatro Real / Javier DEL REAL
pasajera madrid El estreno en España de ‘La pasajera’, de Weinberg © Teatro Real / Javier DEL REAL
pasajera madrid El estreno en España de ‘La pasajera’, de Weinberg © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Mieczyslaw Weinberg: La Pasajera

Estreno nacional

Amanda Majeski, Daveda Karanas, Gyula Orendt, Anna Gorbachyova-Ogilvie, Lidia Vinyes-Curtis, Liuba Sokolova, Nicolai Schukoff, Olivia Doray, Helen Field. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Mirga Grazinyte-Tyla. Dirección de escena: David Pountney. 1 de marzo de 2024.

Poner en escena lo ocurrido en el campo de exterminio de Auschwitz, incluso con toda la buena intención del mundo, es misión arriesgada. Lo sabe el director de escena David Pountney, gran paladín de esta ópera que él mismo montó para el Festival de Bregenz en 2010. La misma versión llega ahora al Teatro Real, sin perder nada de su efectividad teatral. La pasajera (ver previa en este enlace), efectivamente, simultanea dos tiempos: el presente de Liese, antigua funcionaria de Auschwitz que viaja en barco de Alemania a Brasil junto con su marido, y el del campo de exterminio, donde Liese se empeñó en maltratar a Marta, una interna polaca, que ahora cree reconocer entre los pasajeros con los que está cruzando el Atlántico.

El barco, blanco, luminoso y gélido, ocupa la parte superior del escenario, mientras las escenas del campo de exterminio se desarrollan debajo, con la adecuada oscuridad como contraste (excelente iluminación) y una apuesta algo trivial por un despliegue de realismo imposible. Un coro comenta de vez en cuando la acción, como si fuera la voz general, abstracta, de la conciencia. Pountney, con su muy elegante dirección de escena, evita casi por completo la complacencia y rinde el debido recuerdo a las víctimas de la atrocidad nazi. No logra, sin embargo, que su montaje provoque en el espectador algo más que una condena convencional, en el fondo gratificante. Queda sin responder la pregunta clave: ¿cómo es posible disfrutar de una velada de ópera con Auschwitz como espectáculo? Claro que parte de la dificultad está en la música, compuesta por Mieczyslaw Weinberg, compositor polaco y judío que la escribió en la Unión Soviética, adonde había ido a parar después de la Guerra. Mantenida oculta durante largo tiempo, de difusión imposible bajo el comunismo, está inspirada en la experiencia de una superviviente de Auschwitz. Comparada con lo que se hacía en los años 60, en plena furia de dogmatismo antitonal, es una partitura fácil de escuchar, agradable, con evocaciones de música popular —muy en la tradición de la ópera polaca y la rusa—, momentos de intenso lirismo y de gran delicadeza en la expresión de las emociones de los personajes, huyendo del exceso retórico. En contraste, hay algunos momentos de extroversión, menos convincentes y más convencionales, a cargo, en buena media, de una percusión bien nutrida.

"Daveda Karenas, con una voz límpida y luminosa, compuso una atormentada y cruda Liese"

El siglo XX se obsesionó por expresar en música lo indecible, la quiebra de la civilización occidental, algo de lo que esa misma obsesión es síntoma y efecto. Siempre fracasó, y en parte vuelve a hacerlo aquí, aunque en este caso —de ahí el interés de la obra— no por exceso, sino por pudor. Los cantantes, en cualquier caso, brillaron a gran altura. Daveda Karenas, con una voz límpida y luminosa, compuso una atormentada y cruda Liese. La también soprano Amanda Majeski consiguió dotar a Marta de toda la dignidad que le corresponde. Estupendo y conmovedor el Tadeusz (novio de Marta) del barítono Gyula Orendt, de muy hermosa entonación. Memorable la Bronka de la mezzo Liuba Sokolova, con su oración —poco cristiana— del primer acto. Y muy convincente Nicolai Schukoff en el ingrato personaje de Walter, el marido de la supervisora del campo de exterminio. Excelente el violinista Stephen Waarts que con su interpretación de una célebre chacona de Bach tiene a su cargo el momento más reivindicativo y presuntamente emotivo de la obra. Magnífica, transparente y precisa, la Orquesta (también el Coro) bajo la dirección nada ampulosa, pero intensa de Mirga Grazinyte-Tyla.  * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUA L