La Opernhaus reabre con abucheos a Gürbaca

Zúrich

23 / 06 / 2021 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 4 min

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lucia zurich / operaactual.com Piotr Beczala e Irina Lungu en la producción de Tatjana Gürbaca © Opernhaus Zürich / Herwig PRAMMER
lucia zurich / operaactual.com Piotr Beczala e Irina Lungu en la producción de Tatjana Gürbaca © Opernhaus Zürich / Herwig PRAMMER
lucia zurich / operaactual.com Irina Lungu y Andrew Owens en la escena de la locura © Opernhaus Zürich / Herwig PRAMMER

Opernhaus Zürich

Donizetti: LUCIA DI LAMMERMOOR

Nueva producción

Irina Lungu, Piotr Beczala, Massimo Cavalletti, Andrew Owens, Oleg Tsibulko, Roswitha Christina Müller, Ian Milne. Dirección musical: Speranza Scappucci. Dirección de escena: Tatjana Gürbaca. 20 de junio de 2021.

Se esperaba con mucha expectación esta nueva producción de la Lucia donizettiana por ser la primera, desde octubre, ante público en directo –aunque solo hayan podido ser cien espectadores por función– y por tener en el cartellone a Lisette Oropesa –quien cayó pocas semanas antes– y a Piotr Beczala. La valentía del director artístico, Andreas Homoki –quien, por cierto, ha anunciado que deja el cargo en 2025–, es notoria, porque lo cómodo aquí hubiera sido mantener el teatro cerrado y centrarse solo en la función en streaming.

Sin embargo, la cosa no ha lucido como se esperaría. La errática dirección de escena de la alemana Tatjana Gürbaca se saldó con una sonora bronca tanto cuando cayó el telón como cuando salió a saludar, y eso que el público se reducía a un centenar de asistentes. Lo cierto es que Gürbaca presentó algunas buenas ideas, como acentuar que las familias Ashton y Rawenswood se conocían de antes e, incluso, los protagonistas jugaban juntos de niños. Del relato de Normanno –el ataque de un toro escocés a Lucia frustrado por Edgardo–, la regista desgrana que en realidad el toro era un agresor que pretendía abusar de Lucia de niña y que Edgardo mata. De ahí su amor incondicional y de ahí también el trauma infantil que desembocará en la personalidad tortuosa y alterada de la protagonista. Pero el Regietheater de Gürbaca hizo aguas por todas partes, básicamente por ser pretenciosamente dramática y, al final, por quedarse en una superficialidad anodina buscando golpes de efecto como la bacanal en el brindis o el asesinato en escena de Arturo. Nada nuevo, ni tampoco emotivo.

"Piotr Beczala es un cantante de reconocida elegancia, pero su Edgardo hoy está más cerca de Manrico, que debutará en este teatro en octubre. Con todo, fue lo mejor del estreno"

Esta vez el despliegue de la virguería tecnológica con la retransmisión de la orquesta –a un quilómetro de distancia– que simulaba su presencia en el teatro le pasó factura a la dirección de Speranza Scapucci. La directora italiana marco tempi contrastados buscando el impacto dramático-musical que gustaron mucho, o ese sexteto culminado en un bello pianísimo. Pero no consiguió cuadrar bien foso y orquesta, con claros y repetidos desajustes, no así con el coro, que estaba en la misma sala con la orquesta. Y es que se echa de menos la presencia de los conjuntos estables en el teatro.

Irina Lungu (Lucia) es una notable cantante, con recursos musicales y un convincente estilo belcantista. Sin embargo, una coloratura algo irregular –mejor que evite los trinos–, problemas de afinación y agudos tendiendo a abrirse demasiado, afearían una prestación que fue de más a menos: llegó con claros síntomas de cansancio a la cabaletta de la locura. Piotr Beczala ha evolucionado y su voz se ha decantado hacia otro repertorio. El tenor polaco es un cantante de reconocida elegancia, pero su Edgardo hoy está más cerca de Manrico, que por cierto debutará en este teatro en octubre. Con todo, fue lo mejor del estreno, y el público se lo premió. Massimo Cavalletti como Enrico quiso recalcar, quizá demasiado, que éste es un rol pre-verdiano; dotado de un timbre homogéneo, estuvo sobrado de proyección, aunque su registro agudo sonara algo oscilante. De los comprimarios cabe destacar a Roswitha Christina Müller que resultó todo un lujo como Alisa y al eficiente Arturo de Andrew Owens. El Normanno de Ian Milne pasó sin pena ni gloria y muy triste el Raimondo del bajo ruso Oleg Tsibulko, tan deficiente como olvidable.