La galaxia propia de Sondra Radvanovsky

A Coruña

04 / 09 / 2020 - José Luis JIMÉNEZ - Tiempo de lectura: 4 min

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Alejandro Roy, un solista entregado © YouTube
Sondra Radvanovsky, solista de auténtico lujo en el Teatro Colón © YouTube
Simón Orfila billó como Scarpia de 'Tosca' © YouTube
Carlos Álvarez maravilló junto a Radvanovsky © YouTube

Programación Lírica de A Coruña

Gala 'Grandes Voces para Grandes Óperas'

Presencial y en 'streaming'

Obras de Verdi, Puccini, Bellini, Giordano y J. Durán. Sondra Radvanovsky, Alejandro Roy, Carlos Álvarez, Simón Orfila. Alfredo Abbati, piano. Teatro Colón, 3 de septiembre de 2020.

Lírica en tiempo de la Covid-19, enésimo capítulo. Por si fueran pocos los condicionantes que la actividad operística tiene que soportar en el actual contexto a la hora de programar, ensayar y desarrollar un espectáculo, las autoridades sanitarias gallegas impusieron unas restricciones añadidas a la actividad en A Coruña que restringieron a 60 los espectadores de la gala de apertura de la Programación Lírica de los Amigos de la Ópera. Las razones sanitarias están ahí, y un periodista carece de los datos epidemiológicos para cuestionarlas, pero en la previa Carlos Álvarez se preguntaba en sus redes sociales qué sentido tenía que él hubiese llegado a la ciudad en un avión lleno con casi doscientas personas y, sin embargo, en el Teatro Colón no permitieran siquiera trescientas, muy por debajo de la mitad de su aforo normal. Cara factura está pagando la cultura en esta nueva normalidad.

Derivado de la limitación de aforo, los Amigos coruñeses solo permitieron el acceso a los sesenta primeros afortunados que adquirieron su entrada repartidos por el patio de butacas, palcos y anfiteatro del Colón. El resto, incluida la prensa especializada, hubo de conectarse al canal de YouTube de la asociación, lo que sin duda condiciona la percepción y el análisis de cualquier espectáculo lírico. Y visto lo visto, solo se puede sentir una sana envidia de esos sesenta asistentes, que gozaron de una de esas galas con grandes momentos para el recuerdo, como el tercer acto de Aida interpretado casi en su totalidad.

"La soprano americana, aun con un instrumento grande, exhibió un control del mismo superlativo, con unas notas en pianísimo sobrecogedoras"

Sondra Radvanovsky refulgió con luz propia y justificó sobradamente el premio a la mejor intérprete de la temporada 18/19 que Opera XXI le concedió el pasado año. La soprano americana, aun con un instrumento grande, exhibió un control del mismo superlativo, con unas notas en pianísimo sobrecogedoras, como las del final del «Oh, patria mia» de la Aida verdiana o en el «Vissi d’arte» pucciniano, pero que refulge y apabulla en el forte. Probablemente, una de las sopranos más en forma del panorama operístico. Su esclava y la Tosca fueron, de largo, los dos momentos más epidérmicos de la gala, por la sensibilidad exhibida, por el dominio de un canto lleno de colores, de detalles. Emocionante, en resumen. No se quedan atrás, ni mucho menos, su Leonora de Il Trovatore en el dúo del cuarto acto con el Conte di Luna de Carlos Álvarez: vibrante su «Vivrà! …Contende il giubulo!», su «Mamma morta» o la escena del sonambulismo de Macbeth. En la página de la Lady se vio que Radvanovsky todavía está en proceso de mimetizarse con el personaje, de dotarle de personalidad propia. Vocalmente sin dificultad (estremecedor sobreagudo final sobre un hilo de voz), le queda hacerlo suyo.

Carlos Álvarez es elegante hasta en los andares. Esencia de canto verdiano, bruñido, de la vieja escuela, el barítono malagueño desplegó su arte sobre un acento puro, un saber decir inmaculado, siempre con la intención adecuada, que acompaña con una emisión controlada en todo momento. Si su Luna estuvo a la par que la soprano, sus tres grandes hitos fueron desde luego el «Pietà, rispetto, amore» del Macbeth (¡qué lección de humanidad y patetismo!), «Urna fatale» de La forza del destino y su encarnación de Carlo Gerard en «Nemico della patria«. Lección de estilo. Un escalón por debajo el gran aria de Carlo en Ernani, «Oh de verd’anni miei«, con alguna frase que se le hizo demasiado larga, pero incluso en el Amonasro, leído directamente sobre partitura, regaló detalles de su refinamiento.

Completaron la gala el bajo-barítono Simón Orfila y el tenor Alejandro Roy. El intérprete menorquín lució un sólido Banquo en «Come dal ciel precipita«, muy bien cantado (aunque algún director artístico «no le ve» en este papel hecho a su medida), y en el «Mentre gonfiarsi l’anima» de Attila se atrevió con algunas pequeñas variaciones en la cabaletta. Su gran escena fue la del segundo acto de Tosca, «Già mi dicon venal«, vistiendo el ropaje de un Scarpia para el que tiene voz pero ante el cual falta decantar esos vericuetos que convierten un traje de fábrica en uno a medida. Con su inteligencia escénica, Orfila afilará su Barón hasta dotarlo de vida propia. En la primera de las propinas, junto a Álvarez, brindó un «Suona la tromba» con aroma a nostalgia. Hace 20 años que ambos lo cantaron en el Liceu junto a Edita Gruberová…

El canto de Alejandro Roy se refugia principalmente en el heroísmo, en una entrega muy de agradecer, pero que se deja por el camino no pocos matices interpretativos. La voz, con un timbre por momentos duro y seco, echa en falta una mayor ductilidad, que es a la larga la que le permitiría asomarse a escenas como la de Gabriele Adorno «Cielo, pietoso rendila» o la «Paterna mano» del Macduff con la sensibilidad requerida. Por el contrario, su Radamés estuvo acertado, así como su Chénier en «Vicino a te«, en la segunda de las propinas junto a Radvanovsky. Afortunado igualmente y con algún matiz su «E lucevan le stelle«, pero poco tino como Otello en «Dio mi potevi» y el dúo del segundo acto junto al magistral Iago de Carlos Álvarez, con el que finalizaba el programa oficial. El moro no está al alcance de cualquiera. Tampoco una gala de estas características, que no echó de menos una orquesta (aunque de haberla tenido habría sido una noche para enmarcar) gracias al fantástico hacer de Alfredo Abbati al piano, que no solo acompañó a los intérpretes, sino que imprimió la tensión necesaria, y regaló además dos páginas solistas obra de Juan Durán, un compositor gallego al que la pandemia le ha arrebatado el lujo de ver su ópera O Arame representada en la NYCO este diciembre.