La evocación del Romanticismo de Gerhaher

Madrid

31 / 01 / 2024 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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gerhaher lied Chrstian Gerhaher y Gerold Huber en el Teatro de La Zarzuela © CNDM / Rafa MARTÍN

Centro Nacional de Difusión Musical

Recital de CHRISTIAN GERHAHER

XXX Ciclo de 'Lied'

Obras de Gabriel Fauré, Piotr Ilich Chaikovsky, Frédéric Chopin, Pavel Haas, Hector Berlioz. Gerold Huber, piano. Teatro de La Zarzuela, 29 de enero de 2024.

Para su nuevo recital en el Ciclo de Lied del Teatro de La Zarzuela, Christian Gerhaher y su pianista habitual, Gerold Huber, descartaron cualquier canción alemana. Algún purista andaba protestando antes del concierto, aunque es de suponer que cambió de opinión a la salida. Y es que el Liederabend (velada de canciones), esta vez sin Lieder, de Gerhaher fue, como mínimo, tan espléndido como sus numerosos conciertos anteriores (ver crítica en este enlace).

Mélodies francesas para empezar y para terminar y, en medio, canciones poco frecuentadas de Chaikovsky y Pavel Haas, con algún Chopin intercalado. Los motivos de la elección quedaron claros a medida que se desarrollaba la primera parte. Las siete canciones de Fauré situaron el público en un universo bien conocido de evocaciones, sutilezas y matices evanescentes, que el barítono alemán domina como nadie, con un instrumento de centro perfecto, fluido y medias voces asombrosamente expresivas. Le aporta una elegancia muy particular, que le permite abordar lo que en estas piezas hay, más aún que de evocación, de movimiento puro, inasible e indefinible como un perfume. La emoción se revela así como un brillo muy tenue, difuminado tras una belleza que solo lo es si se esfuma de inmediato en lo inefable.

"Las siete canciones de Fauré situaron el público en un universo bien conocido de evocaciones, sutilezas y matices evanescentes, que el barítono alemán domina como nadie"

Maravillosa versión, la de las tres canciones sobre poemas de Verlaine, ligera como una sonrisa la del poema de Víctor Hugo y extraordinariamente emocionante el Sully-Prudhomme, del que Gerhaher extrajo toda la sentimentalidad desde un artificio que desaparece en el mismo momento en que se hace presente. Con las canciones de Chaikovsky el barítono y su compañero continuaron por esta vía: la de una vuelta a las emociones románticas desde la pura musicalidad de la música hecha danza. El dramatismo fue en aumento desde la primera “De nuevo, como antes, solo”, hasta “Sobre ardientes cenizas” y “Ni una palabra, amigo mío”, pero nunca el cantante perdió la raíz de la emoción estética, tan conmovedora en la aparentemente sencilla “Canción de cuna” y en el muy breve, ¡pero de qué intensidad!, “Mi genio, mi ángel, mi amigo”.

Tres mazurcas de Chopin, expuestas con vigor extrovertido, dieron el perfecto contraste para esta vuelta al Romanticismo desde un mundo que ha dejado de serlo, para siempre.

Y si en la primera parte reinó el movimiento, en la segunda llegó la hora de la luz y los colores, con una preciosa interpretación de las Cuatro canciones sobre poesía china, compuestas por Pavel Haas en el campo de concentración de Terezin, poco antes de ser gaseado en Auschwitz, con un marcado —y vital, y a veces humorístico: menuda lección…— juego de contrastes rítmicos y dinámicos: como si estuvieran escritos para el magnífico control de reguladores y la elegantísima expresividad de Gerhaher.

Tras una versión un poco borrosa de la Balada N.º 4 de Chopin, que se oía en Varsovia durante la invasión nazi, llegó el milagro de Las noches de estío, que, como es bien sabido, se suelen escuchar en voces femeninas y con acompañamiento de orquesta. Pues bien, Gerhaher se hizo cargo de toda la suntuosa paleta de colores que contiene la obra de Berlioz: desde la villanesca inicial, en la que la voz pareció desvanecerse en el aire, más allá de unos pianísimos cantados sin el menor esfuerzo, hasta la muy ligera ironía, tan juvenil, como la de un romance castellano, de “La isla desconocida” que devolvía el público a la atmósfera de la primera parte, pasando por el erotismo inaprensible de “El espectro de la rosa”. Una vez más, Christian Gerhaher demuestra por qué es uno de los grandes artistas de la actualidad.  * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL