Kulchynska y D’Angelo, una 'stendhaliana' invasión de los sentidos

Oviedo

03 / 06 / 2022 - Pablo GALLEGO - Tiempo de lectura: 4 min

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emilydangelo-operaactual-oviedo Olga Kulchynska (soprano) y Emily D’Angelo (mezzosoprano) en un momento del recital © Oviedo Filarmonía

Auditorio de Oviedo Príncipe Felipe

Gala Lírica

Obras de Rossini, Monteverdi, Mozart, Dvorák, Chapí, Bellini y otros. Olga Kulchynska, soprano. Emily D’Angelo, mezzosoprano. Oviedo Filarmonía. Dirección: Vincenzo Milletarì. 28 de mayo de 2022.

Para establecer un punto de partida claro, la gala lírica con la que Oviedo despidió la temporada de Conciertos del Auditorio –un ciclo en el que, además, se conmemoró el 30º aniversario de las Jornadas de Piano Luis G. Iberni– fue un acontecimiento musical de primer nivel, con un resultado a la altura de cualquiera de las grandes casas internacionales de ópera. Todo merced a dos solistas de primera clase, la soprano Olga Kulchynska y la mezzo Emily D’Angelo, que juntas y por separado ofrecieron una lección magistral de canto pleno de emoción, junto a una enérgica y flexible Oviedo Filarmonía guiada por el joven maestro italiano Vincenzo Milletarì. Una stendhaliana invasión de los sentidos.

El programa, dedicado en su parte medular al bel canto romántico, con guiños al barroco, Mozart y los grandes repertorios eslavo, francés y español, fue de absoluto disfrute para el público. Como señal de los tiempos, tampoco se libró de las cancelaciones que, por causa de enfermedad, jalonan las temporadas. Milletarì cubrió la baja de última hora de la directora china Yue Bao contagiando a la orquesta de una desenfadada impronta juvenil en la obertura de La gazza ladra; para evolucionar después a una elegante aproximación a la Polonesa de Evgeni Onegin, en los apartados puramente sinfónicos. En el exigente programa vocal, Milletarì –con solo dos días de ensayo– puso su empeño en lograr un satisfactorio balance entre la masa sinfónica y la línea de canto, arropando a las solistas y cediéndoles (casi) todo el protagonismo, sin dejar de lado un intenso trabajo de detalles particulares en la trama orquestal que dio sus frutos.

Una de las cuestiones llamativas desde el mismo inicio, con el dúo “Pur ti miro” de la monteverdiana L’incoronazione di Poppea, fue la intensa complicidad, sororidad incluso, demostrada entre ambas intérpretes, que durante toda la gala vibraron en la misma intensidad de onda. Un bello preámbulo antes del impacto de Kulchynska en la célebre “Come scoglio”, exhibiendo toda la intención y el registro que exige la parte, homogéneo en color aunque con un lógico brillo extra en el tercio agudo. «Prenderò quel brunettino», también de Così fan tutte, reunió de nuevo en el contraste a las solistas. No hizo falta escenografía alguna para ver en ellas a Fiordiligi y Dorabella. Como tampoco para encontrar a Romeo y Julieta en el segmento medular de la segunda parte de la gala, con dos arias y un dúo de I Capuleti e i Montecchi de categoría. La intensidad y constancia de los aplausos hizo que ambas intérpretes tuviesen que salir de nuevo a saludar prácticamente tras cada una de sus intervenciones.

"La intensidad y constancia de los aplausos hizo que ambas intérpretes tuviesen que salir de nuevo a saludar prácticamente tras cada una de sus intervenciones a lo largo de la gala"

D’Angelo domina a placer su instrumento y es perfectamente consciente del efecto que produce. Un juego de dureza y suavidad que se extiende a su imagen, con botas de estética militar bajo un vestido de tul. Todo forma parte de su impactante presencia, en la que parece que todo surge de forma natural, orgánica. Como si no hubiese detrás años de estudio, sacrificio y plena dedicación. Cómplice con el juego orquestal al abordar como aria «Mon coeur s’ouvre a ta voix», jugando con volúmenes y dinámicas, maneja a voluntad un material vocal de incontestable calidad. Como si nada costase a la hora de comandar páginas de tanta dificultad como las escritas por Bellini sobre el drama de los amantes de Shakespeare.

En una de las entrevistas recogidas en el documental Caballé, más allá de la música, la Superba hablaba sobre la preparación necesaria para lograr que, en cada obra, la voz pareciese “que estaba hecha para eso”, ya fuese Puccini, Verdi o Strauss. Esa fue la sensación que Olga Kulchynska transmitió en el aria de las joyas de Faust, en la famosa Canción a la luna de Rusalka, y en “Eccomi… oh! Quante volte”: filados, medias voces, reguladores… Con la palabra siempre como vehículo y plataforma del canto. Sin artificio ni impostura.

Que la zarzuela, con la romanza de El barquillero de Chapí como cierre del programa, forme parte del repertorio de D’Angelo –ganadora de esta categoría, junto con el primer premio, en el concurso Operalia– y Kulchynska –galardonada también de este certamen– ha de subrayarse. Porque también ellas son embajadoras de un género que no ha de conocer fronteras. Tras la Barcarola de Los cuentos de Hoffmann, compartieron como propina las Carceleras de Chapí, hasta hacer que el público se levantase de sus butacas, como por resorte. Ellas apretaron ese botón.

De haberse celebrado en una ciudad de mayor peso, una cita musical de este calibre seguramente hubiese concitado mucha más atención. Quizá la capital del Principado, acostumbrada a una elevadísima programación de música patrimonial que toca prácticamente todos los palos, considere que lo normal es contar con un concierto como este. Lo cierto es que no lo es en absoluto. Señal de hasta qué punto es este un ciclo esforzado en la excelencia e imbricado en el tejido cultural, pero también un peligro. Puede, también, que la prácticamente inexistente publicidad institucional haya hecho su tarea. Un olvido extensivo al ámbito de la representación, del aprecio y, por qué no, del orgullo por lo que se es capaz de hacer desde una esquina del mapa, con un palco municipal tristemente vacío de cualquier rango de autoridad.  * Pablo GALLEGO, corresponsal en Oviedo de ÓPERA ACTUAL