Kosky hipnotiza con la inquietante fábula de Janáček

Múnich

31 / 01 / 2022 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 4 min

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bayerische-strauss-mujersilenciosa (3) Una escena del montaje de 'La zorrita astuta' de Barrie Kosky © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL
bayerische-strauss-mujersilenciosa (2) Angela Brower y Elena Tsallagova como los dos zorros © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL
bayerische-strauss-mujersilenciosa (1) Wolfgang Koch como Förster © Bayerische Staatsoper / Wilfried HÖSL

Bayerische Staatsoper

Janáček: LA ZORRITA ASTUTA

Nueva producción

Wolfgang Koch, Lindsay Ammann, Jonas Hacker, Martin Snell, Elena Tsallagova, Angela Brower. Dirección musical: Mirga Gražinytė-Tyla. Dirección de escena: Barrie Kosky. 30 de enero de 2022.

De la comedia a la fábula. Barrie Kosky no es un director de tragedias ni de dramas, y su doble paso por la Bayerische Staatsoper el último fin de semana de enero así lo demuestra. Después de celebrar una descafeinada vuelta a la normalidad con la reposición de La mujer silenciosa, (ver crítica en este enlace), al día siguiente llegaba al mismo escenario su nueva producción de La zorrita astuta, la fábula operística de Leos Janáček. Lo primero que hay que poner en valor es la propia elección de la pieza, uno de los títulos menos programados de Janáček —igual que La mujer silenciosa no se cuenta entre los imprescindibles de Strauss—; se trata, de hecho, de una obra que suele programarse pensando en público infantil, cuando la lectura profunda de la obra tiene poco de cuento de hadas. De menos de dos horas de duración, la obra está a caballo entre la fábula propia de Esopo y el naturalismo de Chejov. Al lado de la directora lituana Mirga GražinytėTyla, Kosky se acercaba a ella claramente escorado hacia el lado más luminoso de la historia, en una interpretación sin intermedio que resultó un tanto larga.

"Si una cosa pide esta ópera es decisión dramatúrgica; hay que optar entre incorporar elementos del mundo animal en escena, o dejarlo todo en manos de la imaginación"

Y es que el libreto original del propio compositor no tiene la calidad del texto de Zweig que había entusiasmado al público de Múnich la noche anterior. Su amalgama de atmosferas dramáticas puede resultar un poco extraña. La dirección de Kosky, sin embargo, convenció por su apuesta firme por un lenguaje teatral determinado. Si una cosa pide esta ópera es decisión dramatúrgica; hay que optar entre incorporar elementos del mundo animal en escena o dejarlo todo en manos de la imaginación. Kosky se acoge a la segunda opción, eliminando cualquier referencia al mundo animal (con la excepción de las hilarantes gallinas, víctimas propiciatorias de la zorrita, y convertidas para la ocasión en prostitutas reaccionarias sometidas a un gallo proxeneta). La renuncia llega hasta los propios figurines, de colores pastel y de una sobriedad inaudita en el universo koskyano.

Esto no quiere decir, sin embargo, que Kosky renuncie al poder de lo visual. Con el diseño escénico de Michael Levine, el director británico confía todo el poder del merveilleux a un solo elemento: la gravedad. El confeti y las cortinas, en mil formas, tamaños, colores y texturas, no dejan de caer y de darse paso los unos a los otros, en dirección vertical, como en un gran homenaje a la farándula y a su símbolo por excelencia. Pero la lluvia constante de papel picado quedó algo neutralizada por la sobriedad en la presentación de los personajes protagonistas, que cantan por momentos de forma hierática, sin interpelarse demasiado. Ante tal decisión dramatúrgica, la responsabilidad recae casi completamente en la calidad de las voces. Y el reparto, en la tarde del domingo, estuvo a la altura.

En este apartado hay que hacer referencia a dos mundos planteados por separado, el de los animales y el de los humanos. En el de estos últimos sobresalió un Wolfgang Koch imponente a cargo del papel de Förster, brillando especialmente en los diálogos con el también inspirado Jonas Hacker, el Maestro, así como en las escenas de conjunto en la taberna que más recuerdan a Tío Vania. En el mundo de los animales hay que destacar el impresionante equipo que formaron Elena Tsallagova y Angela Brower como los dos zorros protagonistas, quizás los papeles más líricos de la ópera, sobresalientes allí donde el lenguaje compositivo de Janáček se acerca más al sinfonismo post-romántico alemán. En este sentido hay que alabar el trabajo de la Bayerische Staatsorchester, que nunca desmerece en precisión, ni tan solo ante el complejo y característico entramado tímbrico del compositor de Katia Kabanova. Mención especial, para terminar, al coro de niños de la Bayerische Staatsoper, pieza imprescindible en la rendición de esta fábula que, como ya se ha dicho, no tiene nada de infantil. * Lluc SOLÉS, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL