'Lied' al desnudo con Katharina Konradi y Daniel Heide

Vilabertran

18 / 08 / 2021 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 4 min

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katherina konradi schubertíada / operaactual.com Katherina Konradi y Daniel Heide © Schubertíada / David BORRAT
katherina konradi schubertíada / operaactual.com Katherina Konradi en un momento del recital © Schubertíada / David BORRAT
katherina konradi schubertíada / operaactual.com Katherina Konradi y Daniel Heide © Schubertíada / David BORRAT

Schubertíada

Recital de KATHERINA KONRADI

Lieder de Fauré, Strauss, Mozart y Schubert. Daniel Heide, piano. 17 de agosto de 2021.

Noche reposada de Lied en Vilabertran. La aventura del Winterreise dejó pasó al formato estrella del festival, el recital, esta vez en la voz y las manos de la soprano kirguiza Katharina Konradi y el pianista Daniel Heide. Con las distancias adecuadas, en petit comité por las restricciones de aforo, la Canònica de Santa Maria volvía a su dinámica acostumbrada después del acalorado inicio con Matthias Goerne y André Schuen. Con el permiso de la alarma de la sacristía, que se disparó un par de veces durante el concierto, el público pudo disfrutar finalmente de una velada de Lied al uso.

El ritual reconquistaba la capilla con naturalidad. Konradi puso todas las cartas sobre la mesa para recrear la intimidad preservada del salón burgués, espacio para el que se pensaron la mayoría de las piezas que cantó. El recital de Lied es de todo menos natural: su espectacularidad reside en lo artificioso de poner sobre el escenario una escena de la vida cotidiana. Solo décadas de tradición han podido convertir el recital de Lied en un elemento más del escaparate genérico de la música clásica. Los intérpretes tienen que enfrentarse al reto de convertir un gesto eminentemente privado, donde la desnudez se da por sentada y no es problemática, en el centro de todas las miradas.

"En Vilabertran, Konradi demostró, especialmente durante la primera parte, una voz cristalina que no se recrea solo con Schubert y Mozart, sino que se atreve de primeras con partituras más contemporáneas"

Konradi y Heide salieron del paso con nota, ofreciendo un programa muy inteligente que deambuló por todo lo ancho del universo Lied. El neoclasicismo superficial de Fauré sirvió a la joven soprano para introducirse, presentando los matices menos comprometidos. Fauré fue un grandísimo melodista, quizás de la talla de Brahms, y sus chansons, repertorio predilecto del parisino Faubourg Saint-Germain durante el fin-de-siècle, dan testimonio de ello. En este sentido brilló especialmente Les berceaux, cuya hipnotizadora modalidad dio paso a un bloque dedicado a Richard Strauss. La contribución del compositor bávaro al mundo del Lied va más allá de sus claudicantes Vier letzte Lieder; Heide y Konradi seleccionaron cinco perlas líricas representantes de las diversas facetas compositivas de Strauss. La espectacularidad de Heimliche Aufforderung, tanto vocal como instrumental, remite directamente a Der Rosenkavalier, y el uso inteligente, pero sobrio, de la escala de tonos enteros en Glückes genug dice mucho sobre la problemática relación del compositor de Salomé y Elektra con la vanguardia musical.

Con Strauss quedó definitivamente sellada la calidad de los dos intérpretes. Konradi, quien de hecho viene del mundo de la ópera, es una soprano ligera con muchos recursos. En Vilabertran destacó, especialmente durante la primera parte, su afirmación de una voz cristalina —claramente influenciada por timbres como el de Barbara Bonney— que no se recrea solo con Schubert y Mozart, sino que se atreve de primeras con partituras más contemporáneas. El orden de los factores sí alteró el producto en este caso: la segunda parte, dedicada precisamente a los dos ilustres compositores austríacos, sirvió un alivio envenenado al público excitado por los vaivenes de la música de Strauss. La alarma de la sacristía sonó, como despertada por los excesos líricos de Konradi, exactamente en la última nota del último Lied de la primera parte. Cuando la organización, después de una espera considerable, consiguió apagarla, algo había cambiado: el archiconocido Abendempfindung de Mozart abrió una segunda parte más adecuada al espacio y las expectativas del público de Vilabertran, pero evidentemente menos arriesgada. Inesperadamente, la alarma volvió a sonar justo acabado el concierto, cuando los Lieder de Schubert ya habían impuesto su inquietante calma. Al límite de sus fuerzas, pero todavía con una robusteza impecable, Konradi bordó el último bis, Nacht und Träume. El accidente había sido remendado; la velada concluía, sobria, a salvo de la contingencia.  * Lluc SOLÉS, crítico nacional de ÓPERA ACTUAL