Juan Diego Flórez contra los elementos

Calella de Palafrugell

01 / 08 / 2021 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 3 min

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Juan Diego Flórez junto a Vicenzo Scalera
Juan Diego Flórez junto a Vicenzo Scalera

Festival Jardines de Cap Roig

Recital de JUAN DIEGO FLÓREZ

Obras de Verdi, Donizetti, Massenet, Lalo, Puccini y otros. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. 31 de julio, 2021.

Noche de tormenta en Calella de Palafrugell. La lírica volvió a Cap Roig acompañada de un viento amenazador que hasta puso a prueba la resistencia del escenario. La voz de su heraldo, sin embargo, magníficamente amplificada según las necesidades del escenario abierto y al aire libre, dejó en segundo plano las inclemencias meteorológicas. Juan Diego Flórez brilló en el jardín ampurdanés y supo llevar a término un recital destinado a deshacerse bajo la lluvia.

"El instrumento de Flórez es un espectáculo en sí mismo, y es por esto que se puede permitir comenzar un recital por la guinda del pastel sin riesgo de ir cuesta abajo"

La velada en Cap Roig empezó sin prisas, pero con un ansia evidente de no saber si el tiempo respetaría la duración entera del concierto. Una fracción de segundo duró el gesto de acuerdo con el pianista Vincenzo Scalera —solvente en su ardua tasca de sustituir una orquesta de ópera— antes de que sonaran las primeras notas de «Questa o quella«, la primera aria del odioso duque de Mantua en Rigoletto. Flórez no quiso dar sorpresas. La suya fue una propuesta destinada a satisfacer el paladar de todos, consciente de qué tipo de público le escuchaba en esta noche encantada ante el Mediterráneo. Siguió, muy coherentemente, «La donna è mobile», ulterior exclamación misógina del duque de Mantua y greatest hit indiscutible de la historia de la ópera. El instrumento de Flórez es un espectáculo en sí mismo, y es por esto que se puede permitir comenzar un recital por la guinda del pastel sin riesgo de ir cuesta abajo.

En efecto, ni el viento que removía las lonas en lo alto del control de sonido consiguió desviar la atención del centro de las tablas. La pareja protagonista continuó homenajeando a uno de los maestros del compositor de Rigoletto: casi sin solución de continuidad después de los fuegos artificiales verdianos, el pianista atacaba los primeros compases de «Una furtiva lagrima». El adagio más conocido de Donizetti, llevado para la ocasión a un tempo todavía más lento del habitual, sacó a relucir por un breve espacio de tiempo el suave terciopelo de la voz de Flórez. Rápidamente, empero, obedeciendo al mandato de la espectacularidad, la delicadeza sentimental de Nemorino dejó lugar al desgarro expresivo de Edgardo. «Tombe degli avi miei», el aria culminante de Lucia di Lammermoor, como el segundo plato de la sección del recital dedicada al malogrado compositor bergamasco.

Siguió, con la tormenta en los talones, uno de los momentos clave de la noche. Flórez —Premio ÓPERA ACTUAL 2011— siente debilidad por la música francesa, y en sus recitales no se olvida nunca de incluir algún aria de Jules Massenet o de Édouard Lalo. Los dos son, de hecho, compositores de recital; sus arias son conocidas principalmente porque personajes de la talla de Juan Diego Flórez las incluyen en su repertorio, pero las óperas de las que forman parte, tristemente, se escenifican muy poco. Tanto Massenet como Lalo estuvieron presentes en la velada, y especialmente emocionante fue la referencia al segundo, con el número «Vainement, ma bien-aimée». En la frontera entre la chanson francesa y el aria, este delicioso momento musical sacado de la ópera Le roi d’Ys puso a prueba el cantante con su sencillez melódica. Flórez supo contener su portentosa voz y lidió a la perfección tanto con ella como con el más expansivo «Porquoi me réveiller, ô souffle du printemps?» del Werther de Massenet.

La larga experiencia de Juan Diego Flórez le permite hacer gala de una impresionante capacidad camaleónica. Al margen del repertorio, que podría haber sido más sorprendente, su propuesta destacó por la cantidad de matices vocales que ofreció. En un escenario despojado de cualquier tipo de attrezzo, Flórez supo saltar de personaje en personaje sin temblar en ningún momento, también cuando, iluminado ya por los primeros relámpagos que perfilaban los jardines de Cap Roig, pasó a las canciones napolitanas y latinoamericanas. Flórez fue el mejor anfitrión de Sorrento ante una platea que iba vaciándose lentamente por la amenaza de lluvia torrencial, y se mantuvo firme en su papel de maestro de ceremonias hasta que la dirección del festival lo exhortó a ir terminando. Concluyó, para unos pocos fieles armados con chubasqueros y paraguas, con su guitarra y el clásico Cucurrucucú, paloma. Algo entre romántico y entrañablemente íntimo tiñó el despido precipitado de la estrella de estos jardines de Calella.  * Lluc SOLÉS, colaborador de ÓPERA ACTUAL