Iphigénie y la pureza de Bartoli

Zúrich

15 / 02 / 2020 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 3 min

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Cecilia Bartoli, una Iphigénia magnífica, junto a Stéphane Degout como Orestes © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS
Una escena con el coro de la Ópera de Zúrich © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS
Un momento de la elaborada puesta en escena de Andreas Homoki © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS

Opernhaus Zürich

Gluck: IPHIGÉNIE EN TAURIDE

Nueva producción

Cecilia Bartoli, Stéphane Degout, Frédéric Antoun, Jean-François Lapointe, Brigitte Christensen, Kaia Ledoux, Noelia Finocchiaro, Andres Wittmann. Dirección: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Andreas Homoki. 11 de febrero de 2020.

 

La primera nueva producción de Andreas Homoki con Cecilia Bartoli como protagonista se saldó con un auténtico triunfo artístico. Si el Intendant de la Ópera de Zúrich encontró una auténtica inspiración en la música de Gluck y el texto de Guillard, la mezzosoprano romana desplegó todo su armamento musical en las melodías y eternas frases del compositor alemán.

Gluck culminaría con Iphigénie en Tauride, su quinta ópera, la reforma llevada a cabo con esos récitatif accompagné, récitatif et arie y las escenas tipo airoso. La historia sigue la estela del drama familiar de Agamenón, en la cual Iphigénie, una de sus hijas, termina en Tauride como suma sacerdotisa de la diosa Diana.

"Bartoli fue un verdadero terremoto musical por esa intensidad y pureza que destilaba con un personaje que no deja ni un rincón a artificios. La mezzo romana fue Iphigénie en todo momento y conmovió por una musicalidad excelsa y una entrega dramática sin igual"

En la tierra primitiva de Tauris, en la visión de Homoki, el mundo es oscuro. El escenario es un embudo negro, con una perspectiva deformada, casi invisible en su negrura; su forma se hace evidente cuando se rompe en grietas afiladas, dominantes e irregulares, como si se tratase de rayos que caen en la tierra que dejan pasar una luz blanca cegadora para cerrarse de nuevo, rápidamente. Iphigénie y las otras sacerdotisas, así como los taurios, están completamente vestidos de negro, con guantes y velos, para las mujeres, mientras que los hombres tienen los ojos vendados. Homoki utiliza un escenario claustrofóbico y dinámico para explorar en la introspección de los personajes y el drama vivido mediante flashbacks de Iphigénie, y luego de Orestes. Es una interpretación psicológica: el exilio de Iphigénie se internaliza, la prisión negra está dentro de ella, en su nacimiento, en su incapacidad para escapar de la orgía de sangre que corre por su familia.

Gianluca Capuano se mostró más inspirado aquí, ante la orquesta La Scintilla, que en su breve intervención con Cenerentola. Aun así, a pesar de conseguir una lectura músico-dramática de gran efectividad, a La Scintilla y a la batuta del maestro italiano les faltó conseguir ese sonido delicado, cristalino que la partitura de Gluck demanda. Con todo, anduvo muy pendiente de la coordinación foso-escenario, y consiguió momentos de gran evocación, como las intervenciones del coro.

Bartoli fue un verdadero terremoto musical por la intensidad y la pureza que destilaba con un personaje que no deja ni un rincón a artificios. La mezzosoprano romana fue Iphigénie en todo momento y conmovió por una musicalidad excelsa y una entrega dramática sin igual. Frédéric Antoun (Pylade) estuvo también soberbio en todas sus intervenciones, destacando con una preciosa voz de haute-tenor y un elegante fraseo, amén de una exquisita musicalidad. Al Oreste de Stéphane Degout le sobró intensidad y rozó el fuera-estilo, sobre todo al inicio, mostrando síntomas de fatiga en las escenas finales. De interesante y voluptuoso timbre resultó la Diane de Birgitte Christensen, que sustituirá a Bartoli en las siguientes funciones.