Ian Bostridge y su 'Winterreise' bipolar

Barcelona

10 / 11 / 2021 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

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Ian Bostridge / operaactual.com Ian Bostridge en una actuación el Auditori de Barcelona © L'Auditori / May ZIRCUS
Ian Bostridge / operaactual.com Ian Bostridge y Thomas Adès interpretando 'Winterreise' © L'Auditori / May ZIRCUS
Ian Bostridge / operaactual.com Bostridge y Adès recibiendo la ovación tras su interpretación de 'Winterreise' © L'Auditori / May ZIRCUS

Sala Oriol Martorell

Schubert: WINTERREISE

Temporada de Cámara

Winterreise, de Franz Schubert. Ian Bostridge, tenor. Thomas Adès, piano. Sala Oriol Martorell. L’Auditori de Barcelona. 9 de noviembre.

El pasado 9 de noviembre Barcelona vivió la noche de los tres Winterreise. En una coincidencia histórica –que pone sobre el tapete la necesidad cada vez más perentoria de coordinar, dentro de lo posible, agendas entre las instituciones musicales de la ciudad– el monumental ciclo schubertiano se pudo ver y escuchar en el Gran Teatre del Liceu, el Auditori y en el Lied Festival Life Victoria. En el Liceu se ofreció en forma de ballet, mientras que en los otros dos casos, para más inri, fueron protagonistas dos de los tenores ingleses más destacados de los últimos tiempos, Mark Padmore e Ian Bostridge. En esta última versión, que es la que se reseña aquí, además de Bostridge, la propuesta del Auditori de Barcelona contaba con la presencia del compositor, pianista y director Thomas Adès como acompañante, culminando así la semana que el Auditori dedicaba a su figura.

Bostridge ha hecho de Winterreise su obra fetiche, interpretándola cientos de veces en formatos diversos, incluso en versión cinematográfica en colaboración con Julius Drake y el director escénico David Alden. Una vinculación entre intérprete y obra que culminó con la publicación de un libro monumental titulado con el nada críptico título de Viaje de invierno, de Schubert. Anatomia de una obsesión en el que el análisis lúcido de las 24 piezas que conforman la obra, así como su sentido general, se mezcla con intuiciones del intérprete, algunas más plausibles y otras sumamente heterodoxas. Algo de eso hay también en la versión musical que ofrece, al menos actualmente, el tenor londinense. Una interpretación en la que se mezclaron momentos de irritante manierismo con otros que pusieron de manifiesto la profundidad del intérprete. Y, en esta ocasión, una cara y la otra coincidieron con el primer libro en el aspecto negativo y con el segundo en el positivo.

La voz de Ian Bostridge, en la estela de la tradición tenoril ligera inglesa, nunca ha sido de gran calidad ni expansión, pero el cantante ha sabido utilizar con inteligencia sus recursos, especialmente en el juego de medias voces, mientras que la plena voz posee cierto metal, aunque este sea más bien de perfil alámbrico. La extensión es escasa, más aún a sus 58 años, con un registro agudo siempre tirante –a veces cercano al grito–, y un grave inexistente que el cantante crea de manera artificiosa. Todas estas características y limitaciones se pusieron de manifiesto en las primeras diez canciones de su Viaje de invierno combinadas con una acentuación de las frases desconcertante, que por momentos parecía aleatoria, con el único objetivo de buscar la originalidad a toda costa. Bostridge se retorcía, como es habitual en él, sobre el escenario en una aparente tormenta interior, pero esta no se trasladaba a una sala, a un público al que el cantante apenas miró.

"Así, poco a poco, ese Bostridge retorcido de la primera parte se fue inmovilizando, aumentando su conexión con el público con el simple hecho de mirarlo"

Afortunadamente, al final del primer libro, paulatinamente los tupidos nubarrones dejaron traspasar un rayo de sol. Se intuyó ya en un sentido «Frühlingstraum», pese a ciertas dinámicas desconcertantes, y se confirmó con fuerza notable en el siguiente y doliente «Einsamkeit». A partir de ahí el viaje de Bostridge creció de manera exponencial. Uno de los motivos fue que el feedback ofrecido por el piano de Thomas Adès fue ganando en empaque, tras una primera parte en la que se mantuvo en un evidente segundo plano. Adès no es un virtuoso del piano pero es un músico extraordinario y, poco a poco, su lectura fue adquiriendo profundidad a través de unos tempi lentos pero consistentes. Una lentitud que llegó a su máxima expresión en un estiradísimo y cautivador «Die Krähe».

Otro factor que favoreció el cambio de rumbo de este Winterreise fue, probablemente, la tipología de las canciones del segundo libro, más desnudas y esenciales, con menos saltos interválicos que facilitaron que el tenor puede lucir mejor su legato. Así, poco a poco, ese Bostridge retorcido de la primera parte se fue inmovilizando, aumentando su conexión con el público con el simple hecho de mirarlo. En las últimas canciones, pese a un pequeño exabrupto al final de «Der Leiermann», voz y piano rayaron a gran altura, ofreciendo extáticas e intensas versiones de «Die Wirtshaus» y «Die Nebensonnen» cerrando así, en el punto álgido, este viaje para regocijo de convencidos y alivio de escépticos.* Antoni COLOMER, crítico de ÓPERA ACTUAL