Händel en Londres, la belleza como unidad mínima de expresión

Madrid

07 / 02 / 2024 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 min

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händel cndm 'Rinaldo' en versión de concierto en Madrid © CNDM / Elvira MEGÍAS

Universo Barroco - CNDM

Händel: RINALDO

En versión de concierto

Carlo Vistoli, Emöke Baráth, Lucile Richardot, Chiara Skerath, Anthea Pichanick y Victor Sicard. Les Accents. Dirección: Thibaut Noally. Auditorio Nacional, 4 de febrero de 2024.

Las primeras óperas de Händel para Inglaterra tienen la ventaja de contar con todo el hedonismo sonoro de su época italiana al que suma ese fino instinto para los negocios que caracterizó al sajón. Händel sabía a dónde iba y qué tipo de público le esperaba, con lo que ofreció en su primera ópera londinense en 1711 un espectáculo de primera: sortilegios, batallas, amoríos, engaños y desengaños. El libreto de Rinaldo no era gran cosa, pero estaba pensado para lucir maquinaria escénica en el Queen’s Theatre y melodismo italiano para convocar el sol mediterráneo en la nublada ciudad del Támesis. Tardó dos semanas en componerla (una menos que su velocidad de crucero habitual), entre otras cosas porque tomó un buen número de auto-préstamos de La Resurrezione, Aci, Galatea e Polifemo e Il trionfo del Tempo e del Disinganno, que incluían la versión modernizada de la zarabanda “Lascia la spina”. Fue un éxito en su día y lo ha sido ahora.

"Emöke Baráth (Armida) presumió de presencia escénica e incontables recursos en un papel germinal de lo que acabará siendo la hechicera"

La esencia de Rinaldo (ver previa en este enlace) está en una orquestación voluptuosa que pone en circulación un buen número de arias con instrumentos obligados (con solos oboe, trompeta, flauta o clave) y una importante dosis de virtuosismo entendido como discurso sonoro: la belleza como unidad mínima de expresión. Les Accents hizo suya la máxima y rindió a un nivel sobresaliente, con pulcritud de sonido y balance cuidado en sus múltiples intervenciones orquestales en forma de oberturas, marchas, sinfonías o batallas. La retórica musical —como los trinos de los pájaros en “Augelletti, che cantate”— se trabajó con cierto sentido escénico, de tal manera que la ópera no fuera una sucesión de cantantes turnándose en desplegar el plumaje de sus partituras por los atriles en cada intervención.

El reparto tenía algunas muy buenas voces que fueron un tanto ensombrecidas por el éxito sobresaliente de Carlos Vistoli. Hubo una gran diferencia entre cómo cantó el contratenor italiano en el Giulio Cesare in Egitto de hace dos temporadas y lo que hizo ahora en Rinaldo, con una llamativa facilidad a la hora de mantener potencia y cuerpo durante la coloratura, volumen importante y sentido del drama; su “Cara sposa” fue un ejemplo de cómo abordar lo íntimo sin dejar de lado el guiño al público (como en su fingida rivalidad con la trompeta de Serge Tizacsu en “Or la tromba in suon festante”). Emöke Baráth (Armida) presumió de presencia escénica e incontables recursos en un papel germinal de lo que acabará siendo la hechicera Alcina 25 años más tarde: una vieja maga enamorada carcomida por el mal uso de su poder, como demuestra en su furibunda entrada (“Furie terribili”). Victor Sicard aprovechó la belleza de su timbre para explicar la nobleza de Argante, mientras la soprano suiza Chiara Skerath, actoralmente muy centrada, sabía sacar provecho al greatest hit por antonomasia, cantando un comedido “Lascia ch’io pianga”. El resto del reparto se movió a buena altura.

Nueva sesión de baño y masaje en el CNDM, con el público ovacionando en pie después de más de tres horas de conjuros händelianos. ¿Quién se resiste?  * Mario MUÑOZ, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL