Gran éxito de Vanessa Goikoetxea en ‘Rusalka’

Niza

29 / 01 / 2024 - Jaume ESTAPÀ - Tiempo de lectura: 3 min

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rusalka niza Vanessa Goikoetxea en su debut como Rusalka en Niza © Opéra de Nice / Dominique JAUSSEIN
rusalka niza La nueva producción de 'Rusalka' de Jean-Philippe Clarac y Olivier Deloeuil © Opéra de Nice / Dominique JAUSSEIN
rusalka niza La nueva producción de 'Rusalka' de Jean-Philippe Clarac y Olivier Deloeuil © Opéra de Nice / Dominique JAUSSEIN

Opéra de Nice

Dvorák: RUSALKA

Nueva producción

Vanessa Goikoetxea, Amadi Lagha, Vazgen Gazaryan, Eugénie Joneau, Camille Schnoor, Clara Guillon, Mathilde Lemaire, Marie Karall, Coline Dutilleul, Fabrice Alibert. Dirección musical: Elena Schwarz. Dirección de escena: Jean-Philippe Clarac y Olivier Deloeuil. 26 de enero de 2024.

La noche comenzó con tres malas noticias en la Opéra de Nice. La soprano Vanessa Goikoetxea (Rusalka) se hallaba considerablemente disminuida a causa de un pasajero pero doloroso problema de salud. El tenor Amadi Lagha, (el Príncipe) acababa de contraer una gripe. A pesar de ello, ambos artistas habían decidido mantener su presencia en el escenario. Pero el caso es que la soprano española interpretó su aria inicial, soberbia evocación a la luna, con firmeza y con soltura, oscureciendo algo la voz para dar mayor relieve a su canto. Vanessa Goikoetxea (ver entrevista en este enlace) mostró luego un gran dominio de su papel —que interpretaba por primera vez— propinando soberbios agudos, con voz firme, sin variaciones de timbre ni trémolos de ninguna clase. Matizó pasajes musicales con gran sentido lírico y dio siempre la sensación de poseer autoridad y un gran sentido dramático. Lagha, por su parte, aunque inseguro en los primeros momentos, no tardó en alcanzar un nivel vocal aceptable que siguió progresando en la segunda parte de la velada para alcanzar un valor comparable al de su pareja en el diálogo final, momento crucial de la obra.

Vazgen Gazaryan —Vodnik—, de voz firme, emisión viril, gesto mandón, evolucionó en el escenario sin dudas ni temores, bien secundado por la impresionante actuación de Eugénie Joneau, Jezibaba de lujo. También la Princesa extranjera de Camille Schnoor se mostró a la altura de las circunstancias; su voz, sin mácula, y su una espléndida silueta añadieron credibilidad al personaje. Coline Dutilleul —Cocinero— y Fabrice Alibert —Cazador y Guarda forestal— relajaron la tensión, con ciencia y arte en momentos señalados. Clara Guillon, Mathilde Lemaire y Marie Karall, transformadas en nadadoras artísticas o sincronizadas, fueron las tres ninfas compañeras de Rusalka. Subráyese el trío vocal maravillosamente interpretado por ellas poco antes del diálogo final.

"Vanessa Goikoetxea mostró un gran dominio de su papel —que interpretaba por primera vez— propinando soberbios agudos, con voz firme, sin variaciones de timbre, ni trémolos de ninguna clase"

La tercera mala noticia de la noche apareció al levantarse el telón. El oscuro, misterioso reino acuático de Rusalka apareció ante los espectadores, atónitos, transformado en una piscina (en todo caso, en una escenografía de gran clase). Fue voluntad expresa y declarada de Jean-Philippe Clarac y de Olivier Deloeuil alejarse por completo de las profundidades oscuras en las que vivía Rusalka y transformarlas en el espacio banal del Olimpismo actual, y muy en particular la del ballet acuático. Mantuvieron la opción los registas a lo largo dela representación –escenografía y vestuario firmados también por ellos—, si bien, la música acabó por imponerse.

Fue, pues, la orquesta de la casa al mando de Elena Schwarz quien, no sin dificultad, acabó imponiendo el espíritu de la obra gracias a un trabajo paciente y de buena escuela. Fiel a la partitura, apoyando siempre a los cantantes, brillante por momentos, misteriosa, como entre dos aguas, muy a menudo, la música salida del foso consiguió ganar espacio en las mentes de los presentes. Amparado por ella, el público fue olvidándose de la piscina, las toallas y las bailarinas acuáticas y acabó por reconstruir el sutil ambiente de la amarga historia del Príncipe y la ninfa, viendo pues no lo que estaba ante sus ojos, sino el espacio onírico que creaban las voces y la orquesta: viendo en suma la obra de Antonín Dvořák.  * Jaume ESTAPÀ, corresponsal en Francia de ÓPERA ACTUAL