Goerne y la esencia del Romanticismo

Madrid

09 / 02 / 2022 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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cndm-goerne-operaactual-zarzuela Matthias Goerne y el pianista Markus Hinterhäuser © CNDM / Rafa MARTÍN
cndm-goerne-operaactual-zarzuela Matthias Goerne y el pianista Markus Hinterhäuser © CNDM / Rafa MARTÍN

Centro Nacional de Difusión Musical

Recital de MATTHIAS GOERNE

XXVIII Ciclo de 'Lied'

Obras de Schumann. Markus Hinterhäuser, piano. Teatro de La Zarzuela, 7 de febrero de 2022.

Volvía Matthias Goerne al Ciclo de Lied del Teatro de La Zarzuela, esta vez con una antología de canciones de Schumann, un compositor para el que siempre ha sentido una particular inclinación, aunque ahora, con la voz más oscura y más densa, parece haber conseguido una completa afinidad. Arrancó la velada con el bien conocido ciclo Sechs Gedichte und Requiem (Seis poemas y Réquiem, Op. 90), de un Schumann en el que empiezan a entreverse sus desequilibrios finales, impregnando todo de melancolía –como en el maravilloso nocturno “Meine Rose” (“Mi rosa”), que abre la obra–, hasta llegar al extraordinario “Requiem”, una cumbre desorbitada del género, cargado de solemnidad y, al final, de calma.

Ya en estos primeros momentos del recital se comprendió que Goerne se disponía a introducir al público en un mundo en apariencia replegado sobre sí mismo, de intimidad inaccesible, pero sensible a un tiempo a la más mínima variación emocional, como si esa irremediable inadecuación entre el sujeto y el mundo, la misma que conforma el alma romántica, fuese expresada no ya en cada canción, sino en cada acorde, y cada nota, y en cada inflexión, en su totalidad: la exposición de “Der schwere Abend” (“La tarde opresiva”), resultó ejemplar y en algún momento agobiante con sus resonancias de gravedad desesperada. Una conmovedora canción de adiós –el “Der Einsiedler” (“El ermitaño”), del Op. 83, sirvió de transición para dar un salto atrás con el Liederkreis, Op. 39, de 1840. Aquí Goerne puso su extraordinario legato, el sonido denso y riquísimo de su voz, los fabulosos claroscuros y su capacidad expresiva al servicio del primer gran ciclo de Schumann y de una de las obras maestras de la literatura liederística.

"Fabuloso Goerne, precisando, sin sobreactuar nunca, el sentido de cada suspiro, que encarnó con otra de sus grandes bazas, que es su innato sentido de la verdad en la representación teatral"

Expresar el Romanticismo absoluto de ese modo requiere no solo unos medios técnicos extraordinarios (que alguna dificultad para los agudos hace aún más atractivos), sino también una comprensión exacta de lo que puede ser el romanticismo desde la mentalidad actual, como si se revisitara y se reviviera la angustia de la gran ruptura desde la desolación homogénea y ruidosa del universo postmoderno. Pocas veces como con Goerne se llega a tales cotas de profundidad, sin el menor aspaviento ni el menor sentimentalismo. Vinieron después tres poemas del ciclo dedicado a las canciones del Wilhelm Meister, de madurez absoluta. De los Drei Gesänge (Tres canciones, Op. 31), Goerne eligió a continuación la tremenda “Die Löwenbraut” (“La novia del león”), de corte autobiográfico, como si el compositor protagonizara una tragedia de Kleist: sublime la precisión con la que Goerne iluminó esta escena de brutalidad y deseos desatados. Llegaron por fin los Gedichte der Königin Maria Stuart (Poemas de la Reina María Estuardo, Op. 135), de 1852, el último ciclo de Lieder de Schumann y del que María del Ser, en las notas al programa, resalta con acierto el minimalismo –también en la escritura pianística– que requiere un máximo de expresividad con un mínimo de recursos, entre la grandeza del drama de la protagonista y su conciencia de ser un pelele insignificante en manos del destino. Fabuloso de nuevo estuvo Goerne, precisando, sin sobreactuar nunca, el sentido de cada suspiro de la desdichada reina que encarnó con otra de sus grandes bazas, que es su innato sentido de la verdad en la representación teatral.

Fantástico Markus Hinterhäuser al piano, que en más de una ocasión alcanza el mismo protagonismo que la voz. El recital fue interpretado sin descanso ni pausas entre canciones, lo que sumergió al teatro en un estado de ánimo muy particular, rara vez logrado con tal intensidad.  * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL