Gloria peruana en el Liceu

Barcelona

23 / 10 / 2020 - Marcelo CERVELLÓ - Tiempo de lectura: 2 min

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Juan Diego Flórez, acompañado por la pianista Cécile Restier © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
Flórez, ovacionado por el público © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
El tenor interpretó 'Lieder', canciones populares y arias de ópera © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL

Gran Teatre del Liceu

Recital JUAN DIEGO FLÓREZ

Obras de Bethoven, R. Strauss, Bellini, Verdi, Lalo, Gounod y Puccini. Cécile Restier, piano. 21 de octubre de 2020.

Sorteando cambios de fechas y de acompañamiento respecto de lo anunciado a principios de temporada –la incidencia de la Covid-19 tiene esas cosas– tuvo finalmente acceso a la accidentada temporada del Liceu Juan Diego Flórez con el pulcro y atento apoyo del piano de Cécile Restier, que también pudo lucirse con piezas de circunstancias de Beethoven, Donizetti, Massenet y Respighi, en el caso de este último con el insólito intermezzo de la ópera cómica Re Enzo (Bolonia, 1905) para acabar de sazonar el guiso.

"El espectacular tenor peruano, una de las voces más excepcionales del magro panorama actual, ofrecería un repertorio novedoso, desde ejemplos de un 'Lied' alemán hasta páginas operísticas"

El espectacular tenor peruano, una de las voces más excepcionales del magro panorama actual, ofrecería un repertorio novedoso, desde ejemplos de un Lied alemán muy bien concebido hasta unas páginas operísticas poco esperadas en un cantante de sus características, que él interpretaría con arrojo y con plena conciencia de sus probabilidades. Flórez jugó siempre con las armas a su disposición, sin forzar sus medios para reforzar el espesor vocal en busca de unas resonancias o una grinta que no le son consubstanciales. Pudo medirse así con un Pollione, un Jacopo  Foscari o –ya en el capítulo de propina–  con un Calaf que no son suyos y que quizá nunca lo sean, pero que resultó muy interesante escuchar, aun dando la impresión de cierta falta de apoyo en el registro grave.

Con su dicción impoluta de siempre y su brillantez paradigmática en el agudo bordó el aria de Romeo y la bella Aubade de Le roi d’Ys –esta sin recurrir a los efectos de voz mixta de sus colegas franceses– en dos interpretaciones antológicas. El por muchos esperado –y por algunos soportado– medley de temas populares, con el divo a la guitarra, aderezaría el espectáculo, que tuvo el ya casi inevitable colofón de un «Pour mon âme» con todos los Do en su sitio y el público en la gloria. Otra velada feliz.