Gershwin en clave lírica: 'An American in Paris' conquista el GTG

Ginebra

18 / 12 / 2025 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 4 min

gershwin La producción de 'Un americano en París' de Ginebra © GTG / Gregory BATARDON
gershwin La producción de 'Un americano en París' de Ginebra © GTG / Gregory BATARDON
La producción de 'Un americano en París' de Ginebra © GTG / Gregory BATARDON

Gran Théâtre de Genève

Gerswhin: AN AMERICAN IN PARIS

Robbie Fairchild, Anna Rose O’Sullivan, Max von Essen, Rebecca Eichenberger, Etai Benson, Emily Ferranti. Dirección musical: Wayne Marshall. Dirección de escena y coreografía: Christopher Wheeldon. 14 de diciembre de 2025.

La presencia cada vez más habitual de determinados títulos de la comedia musical norteamericana en los teatros de ópera no responde únicamente a una estrategia de diversificación de públicos, sino a una constatación artística: solo una casa lírica —con orquesta sinfónica en el foso, dirección musical de perfil operístico-sinfónico y una maquinaria escénica capaz de sostener grandes transiciones— puede ofrecer a estas partituras híbridas toda su densidad. An American in Paris se inscribe plenamente en ese territorio limítrofe, y su paso por el Grand Théâtre de Genève confirma hasta qué punto el género, cuando se sirve con medios y criterios de teatro de ópera, gana relieve musical, presencia teatral y una calidad sonora que rara vez se alcanza en el circuito estrictamente comercial.

Concebido como espectáculo escénico en 2014 en el Théâtre du Châtelet de París —antes de su llegada a Broadway y de su posterior proyección internacional—, An American in Paris no se plantea como una mera traslación del célebre filme de Vincente Minnelli (1951), sino como una relectura de ambición dramática distinta. Christopher Wheeldon, responsable de la puesta en escena y la coreografía, y el libretista Craig Lucas se alejan deliberadamente del tono luminoso y optimista del Hollywood clásico para construir una comedia musical de sensibilidad marcadamente europea, atravesada por un poso agridulce y una melancolía de posguerra que impregnan el relato y lo acercan, por momentos, a la tradición de la opereta moderna.

Desde el punto de vista musical y dramatúrgico, la obra evita el modelo del jukebox musical entendido como simple sucesión de éxitos. Su estructura se articula como un continuo rapsódico en el que conviven páginas sinfónicas de gran formato —el poema An American in Paris, el Concerto in F, pasajes de la Second Rhapsody o la Cuban Overture— con canciones emblemáticas del catálogo de George e Ira Gershwin, integradas con notable inteligencia teatral. El tejido musical, adaptado y organizado por Rob Fisher, avanza por bloques expresivos que alternan expansión orquestal, lirismo íntimo e impulso rítmico, otorgando a la danza un papel estructural: no como adorno, sino como auténtico motor narrativo.

La producción se sostuvo sobre un nivel extraordinariamente alto tanto en el plano musical como en el coreográfico, con una cohesión poco frecuente entre escena, foso y movimiento. En el centro del dispositivo brilló Lise Dassin, interpretada magistralmente por Anna Rose O’Sullivan, bailarina de enorme autoridad técnica y expresiva, además de gran presencia canora, con una voz delicada, canto bien fraseado y una sensibilidad musical notable. Su trabajo con puntas, la limpieza del gesto y la intensidad dramática convirtieron cada intervención en un foco de atención natural, dando pleno sentido a la concepción coreográfica de Wheeldon, basada en la fusión fluida entre ballet clásico y lenguaje del musical. A su lado, Jerry Mulligan, encarnado por Robbie Fairchild, aportó carisma, energía física y una línea de danza capaz de dialogar constantemente con la música, consolidando una pareja de gran coherencia estilística y fuerza expresiva.

La dirección musical de Wayne Marshall se situó en un plano superlativo. Director, pianista y profundo conocedor del universo gershwiniano, Marshall extrajo de la Orchestre de la Suisse Romande un rendimiento de primer orden, combinando brillo sinfónico, flexibilidad rítmica y auténtico swing. El equilibrio entre foso y escena resultó ejemplar, hasta el punto de que la amplificación —inevitable en un espectáculo de estas características— se percibió con una naturalidad poco habitual, sin distorsionar la paleta orquestal ni comprometer la inteligibilidad vocal. En ningún momento se tuvo la sensación de estar ante un “musical amplificado”.

"Etai Benson destacó como Adam Hochberg por musicalidad, claridad de emisión y una notable capacidad expresiva, evitando el cliché del narrador funcional"

En el apartado vocal, Etai Benson destacó como Adam Hochberg por musicalidad, claridad de emisión y una notable capacidad expresiva, evitando el cliché del narrador funcional. Su intervención alcanzó uno de los puntos álgidos del espectáculo en el tramo final, compartiendo con Fairchild y Max von Essen (Henri Baurel) un «They Can’t Take That Away from Me» de gran sutileza y equilibrio estilístico. Von Essen aportó además elegancia vocal y espesor dramático, enriqueciendo un rol que en esta versión adquiere una dimensión moral más compleja que la del simple rival romántico.

Entre los personajes secundarios, Emily Ferranti dio a Milo Davenport una presencia sofisticada y ambigua, perfectamente calibrada, mientras que Rebecca Eichenberger sostuvo con solidez la figura de Madame Baurel. Todd Talbot cumplió con oficio como Mr. Z, aportando contraste y fluidez escénica, y Julia J. Nagle, en sus intervenciones como Olga y Madame Dutois, añadió vivacidad y carácter. Charlie Bishop completó el reparto como Monsieur Dutois con corrección y eficacia teatral.

El resultado global confirmó hasta qué punto An American in Paris alcanza en un teatro de ópera una dimensión artística plena. Orquesta sinfónica en estado de gracia, dirección musical con visión estructural, una coreografía de raíz académica capaz de integrar estilos sin caer en el pastiche y un reparto de altísimo nivel confluyeron en una propuesta que diluyó cualquier frontera de género. Cuando Gershwin suena con este grado de refinamiento y coherencia dramática, las canciones dejan de ser números aislados para convertirse en materia teatral orgánica: ahí residió, precisamente, el gran triunfo de esta producción ginebrina.  * Albert GARRIGA, corresponsal en Ginebra de ÓPERA ACTUAL

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