Gerhaher, el hombre que susurraba canciones

Barcelona

13 / 01 / 2020 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 4 min

Print Friendly, PDF & Email
Un momento del recital de Christian Gerhaher y Gerold Huber en Madrid, donde interpretó un repertorio similar al de su recital en Barcelona © Teatro de La Zarzuela / Elvira MEGÍAS

Palau de la Música Catalana

Recital CHRISTIAN GERHAHER

Ciclo Grans Veus

Obras de Mahler. Gerold Huber, piano. 12 de enero de 2020.

El esperado reencuentro de Barcelona con el barítono alemán Christian Gerhaher tuvo lugar, por fin, en el Palau de la Música Catalana. Fue – ¿dónde si no? – en el ciclo Grandes Voces y en colaboración con la Asociación Franz Schubert, que, como en tantas ocasiones, fue la primera en traer a España al, en aquel momento, joven y prometedor cantante. Actualmente, Gerhaher es uno de los referentes en el campo liederístico a nivel internacional además de un intérprete de rara sensibilidad y marcada personalidad.

A Barcelona ha vuelto a lo grande, presentando uno de los programas liederísticos más ambiciosos y exigentes dedicado íntegramente a la obra vocal de Gustav Mahler. Un recital en el que, obra maestra tras obra maestra, Gerhaher y Gerold Huber al piano, destilaron arte, talento y emoción. Ahí es nada: dos movimientos de La canción de la tierra, «Der Einsame in der Herbst» para arrancar y el monumental «Der Abschied» al final, enmarcaron el ciclo dedicado a Rückert, además de las visionarias «Revelge» y «Der Tambourgs’sell» y la arrebatadora «Wo die schönen Trompeten blasen», pertencientes a Des Knaben Wundenhorn.

"Más allá de la calidad técnica de Gerhaher –que le permite modular el sonido con máxima precisión y jugar con una gran paleta de colores– y de una voz de evidentes tintes líricos, sana y aterciopelada, lo que más destaca del barítono alemán es su particular enfoque interpretativo"

Más allá de la calidad técnica de Gerhaher –que le permite modular el sonido con máxima precisión y jugar con una gran paleta de colores– y de una voz de evidentes tintes líricos, sana y aterciopelada, lo que más destaca del barítono alemán es su particular enfoque interpretativo. A diferencia de otros de sus colegas, más proactivos en sus planteamientos, el cantante alemán parece, en cada canción, sumergirse en una especie de batalla interior que asume con actitud zen. Por momentos, da la sensación que Gerhaher se abstrae y canta para sí mismo, susurra las palabras y las frases llevando los pianissimi a tal extremo que el sonido parece desvanecerse para, finalmente, remontar y rematar la frase con maestría. Cada palabra tiene el peso y la trascendencia adecuada y a partir de ahí la emoción surge espontáneamente.

Muestra de ello fue un «Ich bin der Welt abhanden gekommen» inolvidable, planteado con un tempo sorprendentemente ágil, evitando caer, desde la primera frase, en la trascendencia mística a la que arrastra inevitablemente esta obra maestra. Al contrario, Gerhaher inició la canción con máxima naturalidad, evitando siempre cualquier manierismo, para acumular, palabra a palabra, silencio a silencio, emoción hasta un clímax (“Und ruh’ in einem stillen Gebiet”) que retumbó en las paredes de la sala modernista. Inolvidables también las fantasmagóricas canciones “militares”, en las que Gerhaher pareció luchar contra sus propios fantasmas, así como el arrebatado lirismo de «Wo die schönen Trompeten blasen».

Para los fragmentos de Das Lied von de Erde se utilizó, como no podía ser de otro modo, la versión para piano del propio Mahler. Todo un reto para el pianista, que debe lidiar con una partitura que cualquier aficionado asocia con una riqueza tímbrica y una textura orquestal difícilmente olvidables. No en vano, el propio Mahler hablaba de esta obra como de una «Sinfonía para tenor y contralto» (o barítono). Gerold Huber superó el reto con cum laude, demostrando una vez más que forma parte del olimpo de los grandes pianistas acompañantes de Lied. Tuvo la inteligencia de no caer en la tentación de buscar texturas orquestales sino de tratar la obra desde una perspectiva estrictamente camerística. Estuvo soberbio durante toda la velada, pero fue aún más trascendente en «Der Abschied», llevando el peso absoluto de este estremecedor movimiento final de forma magistral.