CRÍTICAS
NACIONAL
Gerald Finley en el Teatro Real, lección de ópera
Madrid
Teatro Real
Concierto de GERALD FINLEY
Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Gioachino Rossini, John Adams, Giuseppe Verdi y Richard Wagner. Orquesta Titular del Teatro Real. Dirección: Leo Hussain. 18 de abril de 2026.
El bajo-barítono Gerald Finley se prodiga poco en el escenario del Teatro Real y de ahí la expectación que había suscitado su velada con orquesta en el ciclo de Grandes Voces. Mas que un concierto, fue, condensado en apenas dos horas, todo un despliegue operístico con momentos sacados del amplio repertorio del artista, desde Mozart hasta casi ahora mismo, con el Doctor Atomic de John Adams.
El carácter teatral de la velada vino subrayado desde el primer momento, con Finley encarnando dos papeles distintos de dos óperas de Mozart: el de Fígaro y el del Conde, de Las bodas, y el de Leporello y el del libertino de Don Giovanni. Se partía de una de las grandes voces actuales, poderosa, de afinación perfecta, soltura para recorrer sin dificultades un registro amplio –algo raro hoy en día– y una musicalidad natural que consigue que todo fluya sin obstáculos, como si el canto y la palabra se fundieran en un mismo impulso. A partir de ahí, viene la expresividad, a la que todo esto está subordinado, y esta se manifiesta en una extraordinaria capacidad para adaptar los recursos vocales a cada personaje y a cada matiz de lo que este expresa en cada momento: por mucho que el instrumento fuera el mismo, nada tenía que ver –ni en caudal, ni en acentos, ni siquiera en proyección– el Finley del Leporello del catálogo (“Madamina…”) con el que recrea y despliega el vértigo del puro movimiento (“Finch’an del vino”). Más aún, como evocando el carácter esencialmente teatral de Don Juan, Finley cantó como si de dos personajes distintos se tratara, el brindis y la serenata “Deh, Vieni”, sin que se supiera cuál de las dos interpretaciones era más diabólica, de tan justas y finas como fueron. Los cambios de vestuario en escena, aunque entretenidos y obligados para un público al que se considera necesario entretener, como en una función infantil, no aportaron mucho. Al contrario, y eso a pesar de las evidentes y sobradas tablas del cantante.
Vino luego lo mejor de la velada, con la romanza “Sois immobile” del Guillermo Tell de Rossini, uno de los grandes papeles de Finley, en el que ofreció, concentrada en unos instantes, toda una lección de canto legato, elegancia en el fraseo y emoción contenida, a flor de piel. Siguió la plegaria del Doctor Atomic Adams (“Batter my Heart”) con esa ampulosidad cinematográfica que le es propia y a la que Finley supo dar el tono conveniente de una balada pseudorreligiosa. Tras un merecido descanso, llegó Yago, con su famoso “Vanne!”, del que el cantante apuró todos los matices de ansiedad y de nihilismo hasta dónde llega la imaginación musical de Verdi, reducida en este campo, como es natural en un compositor tan quintaesencialmente italiano. Claro que esto –el llevar un arte hasta el límite mismo de lo que puede expresar– fue el Leitmotiv del recital y Finley resultó muy convincente en su retrato. Más emocionante y menos intelectual resultó el “Pietà, rispetto, amore” de Macbeth, del que el cantante subrayó la dignidad humana, con un canto de gran nobleza. Terminó el recital con el monólogo de Hans Sachs (“Wahn! Wahn! Überall Wahn!”), entonado con una naturalidad pasmosa. Finley sabe que la esencia de la ópera es el hablar cantando, o la palabra en música, y se atiene a ese gran principio que ha convertido en su fuente de inspiración.
La dirección de Leo Hussain mostró algunos desajustes en la obertura de Las bodas, que abrió la velada, pero luego la Orquesta Titular del Real logró imponerse, y el maestro retomó el control, con una muy limpia Obertura de Guillermo Tell y un magnífico Bailable de las brujas de Macbeth. Muy merecidamente, Finley elogió, al final del concierto, a la gran orquesta que le acompañó en las funciones de Los maestros cantores de 2023. Después de tanta densidad las propinas indicaron el final de la función con motivos más ligeros, como los de South Pacific y un precioso “Edelweiss” de Sonrisas y lágrimas, de Richard Rodgers. El público, entregado, habría agradecido al artista que le invitara a cantar con él. * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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